El alpinista Carlos Soria, fotografiado en Moralzarzal. / Oscar Chamorro

«A mucha gente le gusta dárselas de héroe por subir montañas»

«Nunca he estado asustado en una ascensión. Hay aventura y existe un riesgo, pero no es tan peligroso como se dice», asegura este alpinista de 83 años al que solo le faltan dos de los catorce 'ochomiles'

César Coca
CÉSAR COCA

El día anterior a esta entrevista, Carlos Soria se levantó a las siete de la mañana y entrenó durante dos horas y media, incluyendo un desnivel de 1.000 metros. Luego acudió a una comida con amigos, lo que hizo que se quedara sin su siesta habitual, porque nada más terminar tuvo que encaminarse a firmar libros a una editorial. Así que a la mañana siguiente solo pudo hacer ejercicio en la bici, en rodillo. Algo que lamenta por lo que supone de romper la rutina de su preparación. Una rutina que ha permitido a este alpinista de 83 años seguir subiendo a las montañas más altas y difíciles del planeta, planteándose retos que parecerían imposibles para deportistas mucho más jóvenes. Sus logros son extraordinarios incluso sin tener en cuenta su edad. Pero si se mira el DNI se convierten casi en inverosímiles. Basten tres datos: es la persona de más edad que ha subido doce 'ochomiles', la única en el mundo que ha subido diez de esas montañas con 60 o más años y la única también que ha culminado el reto de subir a la cumbre más alta de cada uno de los siete continentes finalizando con 70 años. Ahora tiene ante sí el reto de hollar las cimas de los dos 'ochomiles' que faltan en su expediente: el Shisha Pangma y el Dhaulagiri. Y este último se le resiste.

- Esta primavera ha vuelto a intentar, por décimotercera vez, subir al Dhaulagiri. Parece que se le resiste. ¿Le afectó mucho no conseguirlo?

- Ya se me ha pasado, pero volví tocado. No creo en los gafes sino en las circunstancias de cada caso. El intento de este año ha sido durísimo, pasamos una noche terrible, pero siempre me voy contento con lo hecho. Quiero llegar, he estado muy cerca de lograrlo, a poco más de 100 metros.

- ¿No le desmoraliza no haberlo logrado en tantos intentos?

- He ido a montañas complicadas y las he subido a la primera ya con bastante edad... El Dhaulagiri tiene dos cosas muy especiales: el día de la cumbre es bastante largo y se hace con una travesía en diagonal que es peligrosa. Yo he ido en grupos en los que ha muerto gente al subir o al bajar. Y es una montaña en la que suele nevar mucho.

- ¿Qué es para usted la montaña?

- Casi una manera de vivir, aunque yo estrictamente no he sido nunca un profesional, puesto que tenía mi trabajo. Subí por primera vez una montaña a los 14 años y ya desde entonces me llamaban la atención los espacios abiertos. Tuve una niñez y juventud muy difíciles porque mi familia era muy pobre. De los 11 a los 14 años trabajé en una empresa en Madrid y recorría una distancia muy larga a la hora de comer para acercarme hasta el Manzanares y disfrutar de ese espacio. Luego he hecho mucho deporte, no solo escalar. He practicado esquí también, y hasta que me pusieron una prótesis en la rodilla solía hacer con frecuencia una pared de La Pedriza.

Riesgo

- La montaña tiene un riesgo elevado, no hay más que ver el número de accidentes que se producen. ¿Si no hay riesgo no hay aventura?

- La montaña es aventura y tiene riesgo, pero no tanto como se dice. De ser así no me habría ido a escalar con mis hijas. No es algo peligroso, pero hay que saber a dónde vas e ir preparado. El riesgo está en las avalanchas. El problema es que hay gente que solo piensa en llegar a la cumbre, y hay que pensar también en regresar.

- Antes hablaba de su trabajo. Usted fue encuadernador y tapicero. ¿Cómo sacaba tiempo para ir a la montaña?

- En realidad empecé en serio con la montaña siendo ya tapicero, y al principio le dedicaba las vacaciones de cada año. Puse un taller con mi padre y descubrí que, queriendo, siempre encuentras tiempo libre. Soy riguroso en los horarios, madrugo... Como tapicero tenía un prestigio e hice trabajos fuera de España. Si le hubiese dedicado más tiempo seguramente habría puesto en marcha un negocio más importante.

- La mayor parte de su trayectoria como alpinista ha sido tras su jubilación. ¿Imaginó alguna vez que sería así?

- Me he adaptado a lo que podría hacer en cada momento. Los viajes largos los he hecho ya a partir de los 60 años. Es una maravilla haber conocido casi todo el mundo y a tanta gente interesante gracias a la montaña.

- «Yo no puedo estar quieto», ha dicho muchas veces. ¿Esa es la causa de que, a su edad, con una prótesis en la rodilla y problemas para hacer fuerza con las manos, siga en la montaña?

- Claro, y procuro mejorar mis condiciones. Por eso entreno cada día.

- Y su organismo es objeto de estudio. ¿Se siente un conejillo de indias?

- No, soy una persona con suerte. En la última expedición vino conmigo el médico que me operó la rodilla. Me veía moverme entre las rocas y me decía que eso no lo hacía nadie con una prótesis. He ido venciendo mis limitaciones. Ya sé que lo ideal para ir a montañas con nieve no es tener una prótesis, pero me defiendo.

UNA MANERA DE VIVIR

«Yo estrictamente nunca he sido un profesional de la montaña»

LOS DRAMAS

«Hay gente que solo piensa en llegar a la cumbre, y hay que pensar también en regresar»

- El director de cine Billy Wilder rodó su última película con 75 años porque a partir de esa edad, aunque estaba muy bien, los productores temían que pudiera morir en el rodaje y perdieran su inversión. ¿Tiene la impresión de que le pasa lo mismo? ¿Que no encuentra patrocinadores porque miran su DNI y no su estado de forma?

- Todo el mundo que habla de mi vida la encuentra estupenda... pero antes tenía empresas que me patrocinaban y ahora solo hay alguna persona que me apoya y tengo que financiarme los viajes. Es lo que hay, y no sé por qué. No será porque no tengo visibilidad en todo el mundo. He tenido buenos patrocinacinadores en otras épocas, cierto, y ahora no entiendo cómo no los tengo, con el dinero que se mueve en otros deportes.

- Ha hecho muchos ascensos con equipos muy pequeños o solo. ¿Cómo es la soledad en lo alto de la montaña? ¿Permite que uno se encuentre consigo mismo o genera temor?

- No recomiendo a ningún alpinista ir en soledad. Pero es cierto que he hecho muchas expediciones con un solo sherpa, o compartiendo permiso con otros compañeros pero a mi aire. No es lo ideal. Donde más solo he estado fue en el Everest. Tuve un sherpa que era un borracho empedernido, que me dejó en el campo 3 y desde allí fui solo. Llegué a la cumbre, me crucé con gente que bajaba, pero también bajé solo. Nunca pensé que me fuera a pasar nada. Solo iba pensando que tenía que hacerlo bien.

Precaución

- ¿Nunca ha temido por su vida?

- Tuve un poco de miedo en el Annapurna, porque hay que pasar por un sitio donde hay avalanchas. Y eso se nota siempre en el ambiente porque genera un cierto nerviosismo. La noche anterior a esa etapa tenía síndrome de Meunier y me dio un pequeño mareo en la cama. Me dieron una medicación y se me olvidó. Nunca he estado asustado en la montaña, pero siempre he tenido mucha precaución. En la última expedición viví en el campo 3 la situación más difícil a la que me he enfrentado.

- Ese momento en que es preciso tomar decisiones...

- Cuando he creído que había problemas siempre me he vuelto. No me han tenido que bajar nunca de una montaña ni he tenido congelaciones. En los momentos de dificultad pongo todo mi interés en cómo salir de allí. A mucha gente le gusta dárselas de héroe por subir montañas. Yo no lo veo así, no lo soy, aunque ahora, por la edad, tenga más valor lo que hago.

- Usted se pone grandes retos: siete montañas en siete continentes, los catorce ochomiles... ¿Y cuando los consiga?

- El de los siete continentes no era algo solo deportivo. Era una oportunidad de conocer Indonesia o la Antártida, y me planteé además terminarlo con 70 años. Había varias cosas en ese proyecto y por eso le digo que era algo más que puro deporte.

- Existe el síndrome postparto y quienes hacen una oposición dura o terminan una tesis doctoral saben que luego llega el bajón, la sensación de que no hay un objetivo en la vida. ¿Qué le sucede cuando sube a una montaña y regresa a casa?

- Siento una gran alegría y enseguida estoy pensando en la próxima a la que subiré y en si podré tener patrocinadores para la expedición. Por ejemplo, después de volver del Dhaulagiri comencé a darle vueltas a la idea de ir en otoño al Shisha Pangma. Ya he estado la cima central, pero no en la principal, y es el otro 'ochomil' que me falta. Pero creo que los chinos lo han cerrado por la pandemia y no sé si estará abierto en otoño.

- ¿Cómo sabrá que debe dejar de subir? ¿O no lo sabrá?

- Lo sabré, sin duda. De momento no sucede. Esta misma semana he hecho un recorrido por la zona de mi casa y he reducido el tiempo que precisaba hace un año. Desde luego, procuraré no hacer el ridículo. Tengo un andar raro por la prótesis, pero mi forma física está por encima de la media de quienes van a esas cumbres. ¿Cómo sucederá? Pues supongo que seré consciente de que debo dejarlo cuando note demasiado cansancio o me invada la sensación de no tener ganas. El cuerpo sabe esas cosas. Y la mente también.