Lia Thomas, el pasado 20 de febrero tras ganar una prueba femenina de 500 yardas. / afp

Los deportistas transgénero alteran las reglas del juego

El veto impuesto por la natación tras el polémico caso de Lia Thomas sacude el orden mundial y provocará que otras disciplinas sigan los pasos de la FINA

Amador Gómez
AMADOR GÓMEZ Madrid

El deporte mundial se ha visto sacudido por el histórico veto a los atletas transgénero por parte de la Federación Internacional de Natación (FINA), cuyo ejemplo, tras las restricciones también impuestas por el ciclismo, ya ha sido seguido por el rugby. La prohibición a los nadadores transgénero de competir en competiciones femeninas provocará, más pronto que tarde, que el atletismo y el fútbol, entre otras disciplinas, sigan sus pasos. La natación ha sido el primer deporte en impedir a los transgénero participar junto a las mujeres «si han pasado por cualquier parte del proceso de pubertad masculina», mientras estudia la creación de una nueva categoría, exclusiva para personas que no se sienten identificadas con su sexo anatómico.

El calificado como «primer paso hacia la integración completa» de los deportistas transexuales ha sido la contundente respuesta al polémico caso de la nadadora estadounidense Lia Thomas, que antes se llamaba Will Thomas y que, tras competir en categoría masculina, donde obtenía resultados mediocres, cambió de sexo hace dos años, para pasar a dominar las pruebas universitarias femeninas en Pensilvania y generar una enorme polémica en Estados Unidos. Lia Thomas se sometió al obligado tratamiento para la supresión de testosterona y tener posibilidades de compartir la piscina con mujeres, que hasta la inédita decisión adoptada de la FINA se han sentido amenazadas por la irrupción de la joven nacida hace 23 años en Texas.

«A pesar de los supresores hormonales que ha tomado, de acuerdo con las pautas de la NCAA (Asociación Nacional Deportiva Universitaria) la ventaja de Lia Thomas en la pubertad masculina no se ha reducido en una cantidad adecuada. Esa fuerza no desaparece de la noche a la mañana, ni con un año de supresores. Thomas se sumerge en el agua con una ventaja inherente respecto a las demás», lamentó a finales de año el medio especializado 'Swimming World', antes de que el Comité Olímpico Internacional (COI) renunciase de forma oficial a fijar unas normas para todos los deportes y dejase en manos de cada federación mundial su decisión sobre los transgénero.

Con voces a favor y en contra de la inclusión de estos deportistas en las categorías acordes a su sexo actual, las reglas del juego en el deporte mundial se han visto alteradas, pero el COI se ha puesto de perfil y han comenzado a surgir las primeras críticas. «El COI ha despejado por completo su responsabilidad. ¿Cómo pueden las federaciones individuales dentro de su país hacer reglas distintas? Tienen que hacer la investigación y la implementación... y eso cuesta dinero. Es imposible», ha declarado la extenista Martina Navratilova, activista por los derechos de los homosexuales.

Ciencia y derechos humanos

El caso de los transgénero trasciende el mundo del deporte y alcanza también al de la ciencia, la justicia, cuando las presuntas ventajas obtenidas por estos atletas llegan a equipararse con el dopaje, y los derechos humanos, con denuncias de presunta discriminación a niñas y mujeres que, con otro sexo biológico, han elegido el camino de la feminidad. A dos años de los Juegos de París 2024, el otro gran deporte olímpico, el atletismo, ha respaldado la decisión de la natación de prohibir a las mujeres transgénero (con el 71,5% de los votos a favor) competir en eventos de mujeres. «El género no puede triunfar sobre la biología y continuaremos revisando nuestras regulaciones de acuerdo con esto. Seguiremos a la ciencia», ha asegurado el presidente de World Athletics (Federación Internacional de Atletismo), Sebastian Coe.

El legendario exatleta británico ha abierto así la puerta a la modificación del reglamento en el atletismo, apostando por la «integridad del deporte femenino», por encima de la «inclusión» de los deportistas transgénero, con los cimientos de su organismo ya golpeados antes por el precedente del sonado caso de Caster Semenya. «No tengo dudas de que la testosterona es una pieza clave en el rendimiento. Mira la naturaleza de las niñas de 12 o 13 años. Recuerdo cuando mis hijas solían dejar atrás a los chicos de su clase, pero tan pronto como les llegó la pubertad, esa diferencia se abrió y aumentó», recuerda Sebastian Coe. También el fútbol, según ha anunciado recientemente la FIFA, revisará sus reglas para los jugadores transgénero, y garantiza que «se tendrán en consideración muchas partes interesadas (médicas, legales, científicas y de derechos humanos)».

En principio, el COI estima que «ningún deportista debe ser excluido de la competición por suponer que tiene una ventaja debido a su género», y la guía transgénero elaborada por el máximo organismo olímpico ha sido censurada por científicos y médicos deportivos por ser «injusta con el deporte femenino». En los anteriores Juegos de Tokio, la halterófila neozelandesa Laurel Hubbard se convirtió, ya con 43 años, al menos oficialmente, en la primera mujer transexual en competir en una cita olímpica, tras haber roto otro techo de cristal y abrir, en teoría, una nueva vía en el mundo del deporte que ahora se ha visto taponada. «Doy las gracias al COI porque creo que reafirma su compromiso con los principios del olimpismo y con la idea de establecer que el deporte es algo para todo el mundo, inclusivo y accesible», declaró tras ser eliminada después de tres intentos fallidos Hubbard, que hasta que decidió en 2012 iniciar su proceso de reasignación de sexo competía entre hombres, con el nombre de Gavin.