Mireia Belmonte es la española con mejor palmarés olímpico. / afp

Mujeres al frente del olimpismo español

Desde el debut en París 1924 hasta la mayoría de medallas de Río 2016 pasó casi un siglo en el que el deporte femenino se fue abriendo paso en España pese a las dificultades

José Manuel Andrés
JOSÉ MANUEL ANDRÉS Madrid

Hubo un tiempo en España en el que ser mujer y practicar deporte de alto nivel era poco menos que un caso de estudio. Hoy cientos de miles e incluso millones de personas siguen las evoluciones de deportistas individuales de élite como Lydia Valentín, Carolina Marín, Mireia Belmonte o Garbiñe Muguruza y de selecciones españolas de fútbol, baloncesto, balonmano, hockey o waterpolo que ya miran de tú a tú a las potencias mundiales en los grandes campeonatos.

En nuestros días, las deportistas aseguran a unos meses de los Juegos Olímpicos de Tokio un buen puñado de opciones claras de medalla. Ellas captan la atención del aficionado medio a través de la televisión, la radio, los periódicos o las webs y en las tertulias improvisadas de bares, parques y salas de espera se habla de sus éxitos a lo largo y ancho del mundo, pero no siempre fue así. El desarrollo de la mujer dentro del deporte olímpico español no fue un camino de rosas, sino la historia de pioneras que despejaron el paso hasta el día de hoy, cuando el deporte femenino ya sostiene mayoritariamente los éxitos olímpicos de España.

En los últimos Juegos, los de Río 2016, cuatro de los seis oros de España y nueve de las 17 preseas fueron conquistadas por mujeres. Carolina Marín, Mireia Belmonte, Ruth Beitia y Maialen Chorraut alcanzaron el mayor de los honores para cualquier deportista con sus medallas doradas en bádminton, natación en la modalidad de 200 metros mariposa, atletismo en salto de altura y piragüismo en la especialidad de eslalon. Mientras, los equipos femeninos de baloncesto y gimnasia rítmica y Eva Calvo en taekwondo, en el peso de hasta 57 kilos, se llevaron la plata; y Lydia Valentín en halterofilia y la anteriormente mencionada Mireia Belmonte en los 400 estilos, alcanzaron el bronce.

Tanto metal femenino no era algo nuevo, pues cuatro años antes, en Londres 2012, las mujeres de la delegación española ya habían conseguido superar por primera vez en la historia el botín conquistado por los hombres. En la capital británica, tres de los cuatro oros y doce de la veintena de medallas alcanzadas por la delegación de España fueron por obra y gracia de deportistas femeninas. Lydia Valentín en halterofilia, Marina Alabau en vela clase RS:X y el trío formado por Tamara Echegoyen, Ángela Pumariega y Sofía Toro en vela clase Elliott 6m tocaron el cielo y pusieron fin a una larga espera de doce años sin un oro de una mujer en competición olímpica.

En Pekín 2008 cinco de las 19 medallas españolas fueron conseguidas por mujeres. En Atenas 2004, también cinco pero de un total de 20. Sin embargo, hay que remontarse a Sídney 2000 para hallar otro oro femenino, el de Isabel Fernández en judo, dentro de la categoría de hasta 57 kilos. La alicantina logró además a través de este éxito convertirse cuatro años después en la segunda abanderada española de la historia, un privilegio que también tuvo la infanta Cristina en Seúl 1988. Aquella cita olímpica en la capital surcoreana fue el fin de una etapa, la de la concepción de una presea en competición femenina como un imposible. Los diplomas olímpicos de María Isabel Lloret en el concurso individual de gimnasia rítmica y de Maite Zúñiga en atletismo, 800 metros, además del de Marta Cantón, también en el concurso individual de gimnasia rítmica en Los Ángeles 1984, marcaban el techo del deporte femenino español en los Juegos Olímpicos.

Thereza Zabell, única española con dos oros olímpicos; Miriam Blasco, primera medallista española; y Lilí Álvarez, pionera del deporte femenino español en unos Juegos Olímpicos.

Con esos precedentes se plantó España en los Juegos de Barcelona 1992, los que supusieron el gran punto de inflexión del deporte en el país, acorde a lo que comenzaba a ocurrir en la sociedad en general. Aquel verano de comienzos de los noventa lo cambió todo: Theresa Zabell y Patricia Guerra fueron campeonas olímpicas en la clase 470 de vela, Miriam Blasco en la categoría de hasta 57 kilos de judo, Almudena Muñoz en el mismo deporte, pero en el peso de hasta 52 kilos, y el equipo femenino de hockey hierba dio la gran sorpresa positiva de aquellos inolvidables días en la ciudad condal. La propia Theresa Zabell, pero acompañada esta vez por Begoña Vía-Dufresne, y el equipo femenino de gimnasia rítmica seguirían el camino del triunfo en Atlanta 1996.

Las pioneras

Echando la vista atrás, la explosión del deporte femenino olímpico español en los noventa fue una suerte de catarsis, teniendo en cuenta que entre 1960 y 1980 la máxima representación de las mujeres en las delegaciones españolas fueron las once deportistas de Montreal 1976 y Roma 1960. Eran tiempos en los que para una mujer española alcanzar la condición de olímpica era casi un milagro. Y es que en 1960 habían pasado 36 años desde la única presencia femenina española en los Juegos.

Fue en París 1924, con dos mujeres tenistas entre los 111 miembros de la delegación española. Lilí Álvarez y Rosa Torras derribaron una barrera e hicieron historia como las pioneras del deporte español. La primera fue hasta tres veces subcampeona en Wimbledon y una mujer total, capaz de practicar deportes tan variados como esquí, equitación o billar, pero también de mantener una intensa actividad literaria y promover ya desde los años cuarenta el debate sobre el papel activo de la mujer en la vida social. Mientras, la segunda fue hasta nueve veces campeona de España y destacó sobre el tapete en el bridge tras dejar la práctica tenística.