Laurel Hubbard. / Miguel Gutiérrez (Efe)

Tokio 2020 | Halterofilia

La extraña victoria de Laurel Hubbard

La neozelandesa, primera atleta trans que compite en unos Juegos, ocupa la última plaza tras no haber podido levantar 120 kilos en tres intentos

Pío García
PÍO GARCÍA Enviado especial a Tokio

Cuando Laurel Hubbard, de Nueva Zelanda, anotó su tercer nulo y quedó descalificada, se dirigió al escenario del Forum Internacional de Tokio, se llevó la mano al pecho, saludó e hizo una reverencia de agradecimiento. Se le veía emocionada, sujetando las lágrimas con dificultad. Minutos después, decenas de periodistas de todo el mundo bajaban a la zona mixta para intentar hablar con ella, sacarle unas declaraciones, preguntarle muchas cosas. Había micrófonos y cámaras como en una cumbre del G-20. Los pasillos estaban abarrotados, los voluntarios sudaban la gota gorda ordenando el tráfico, era difícil dar un paso.

Laurel Hubbard apareció minutos después. Una mujer alta, muy blanca de cutis, gruesa. Llevaba el pelo recogido en un moño y se cubría la cabeza con una visera. Es una persona tímida, aunque no se le vio incómoda ante los periodistas. Guiada por los técnicos de su equipo, cogió el micrófono y dijo unas palabras. No admitió preguntas. Habló de la emoción que sentía por estar en los Juegos, dio las gracias a quienes le habían apoyado y alabó el deporte como un espacio inclusivo y accesible. Luego se despidió amablemente de todos y se fue.

Sabe Laurel Hubbard que acaba de abrir una puerta. Es la primera atleta transexual que compite en unos Juegos en categoría femenina. Laurel nació hombre (Gavin, hijo del alcalde de Auckland) y tras una adolescencia tormentosa y confusa, en la que acudió a la halterofilia para tratar de reafirmar su virilidad, resolvió que su verdadera naturaleza era otra. A los 35 años siguió tratamiento hormonal para convertirse en mujer. Ahora tiene 43. La deportista neozelandesa se ha beneficiado de un cambio en las normas del COI, que en el año 2015 admitió la participación de mujeres transgénero aunque no hubieran sufrido cirugía testicular, siempre y cuando demuestren que sus niveles de testosterona no alcanzan un determinado nivel (10 nanomoles por litro) durante al menos doce meses.

Su participación levantó algo más que murmullos de suspicacia. Algunas de sus competidoras la apoyaron y otras interpretaron que partía con una ventaja injusta. Hay estudios médicos que señalan que la persona que atraviesa la pubertad como hombre retiene unas condiciones de fuerza y velocidad que no elimina el tratamiento hormonal posterior. Pero es, en cualquier caso, un terreno movedizo en el que se mezclan la identidad, el deporte, la medicina, la competición, el dinero incluso. Muchos se maliciaban que Laurel Hubbard iba a ganar la competición de calle o que al menos se colgaría una medalla al cuello.

Quedó la última. No pudo levantar en arrancada pesas de 120 kilos en tres intentos. La ganadora, la china Wanwen Li, veinte años más joven, alzó 140 kilos. Entre las mujeres que practican halterofilia hay opiniones diversas y una cautela general que demuestra lo resbaladizo del debate. Lydia Valentín reconoce que es algo nuevo sobre lo que no tiene un criterio formado, pero tampoco considera que vaya a cambiar la faz su deporte: «Son casos excepcionales. No creo que nadie vaya a cambiarse de sexo por ganar una medalla olímpica». La cubana Eyurkenia Duverger no puso ningún pero a la participación de las mujeres trans y la belga Ama Vanbellinghen, que antes se había opuesto con rotundidad, matizó su discurso y reclamó más estudios científicos para que sea la medicina la que avale si su pasado masculino les concede o no una ventaja decisiva en deportes tan basados en la fuerza: «No creo que yo esté cualificada para dar una opinión..., pero me gustaría encontrar una solución que satisficiese a todo el mundo».

Es difícil saber qué piensa realmente Laurel Hubbard. Este lunes quedó la última, pero se retiró emocionada, satisfecha, tranquila. Parecía liberada.