Adriana Cerezo, con su medalla de plata olímpica. / Efe

Tokio 2020

Adriana Cerezo, la niña prodigio del taekwondo, se alza con una plata a los 17 años

A la joven española se le fue el oro en el último suspiro ante la número uno del mundo, la tailandesa Wongpattanakit, después de un torneo memorable

EMILIO V. ESCUDERO Tokio

El rostro de Adriana Cerezo, que durante todo el día había lucido feliz y sonriente, se llenó de lágrimas de repente. Había tenido tan cerca la gloria que llegó incluso a saborearla. El oro olímpico. Lo estaba rozando con los dedos, casi cogiéndolo, cuando una patada en el pecho la despertó de repente de su sueño. Le quedó como consuelo una plata, la primera medalla de España en estos Juegos, que con el paso del tiempo cobrará valor para la joven taekwondista madrileña.

Para viajar a Tokio, a Adriana Cerezo le han tenido que dar permiso sus padres. Basta el dato para corroborar la insultante juventud de la taekwondista que ha capturado con solo 17 años y 242 días la primera medalla para España en estos Juegos Olímpicos. Una de las más precoces del deporte nacional, que sirve además para descorchar el champán y abrir la fiesta de la delegación española en Tokio 2020.

Antes de disputar la final, ya con la seguridad de saberse en el podio, Adriana Cerezo se echó la siesta. En un rincón de la zona de entrenamiento, con una sábana y una almohada que había traído desde la villa olímpica, la madrileña durmió sus sueños y cogió fuerzas para lo que se le venía encima. Más que la tailandesa Wongpattanakit, su rival era ella misma. Si se olvidaba de repente de todo lo que le había llevado hasta allí tendría que conformarse con la plata. Para recordárselo estaba su entrenador, Jesús Ramal, lejos de Tokio por las restricciones del coronavirus, pero muy presente durante toda la jornada.

«Ya verás la bronca que me va a echar ahora cuando hable con él. Si es que me he echado muy para atrás…», reconocía ufana Adriana tras uno de sus combates. Mensajes y llamadas que se repitieron durante todo el día. Como un matrimonio bien avenido. A esa final salió Cerezo con las mismas ganas, aunque pronto se dio cuenta de que todo iba a ser más complicado. La entidad de su rival, invicta en los últimos tres años, obligaba a extremar las precauciones y así lo hizo la española. El primer asalto fue para ella, pero una doble caída en el segundo le complicó las cosas y le hizo ir a remolque (6-9). Justo lo que no le había ocurrido en todo el torneo olímpico.

Se fue al último descanso Cerezo en busca de aire. Se sentó como siempre en su silla, cerró los ojos y respiró. Tratando de borrar la mente. De evadirse. Apenas unos segundos para retomar el aliento y volver a la batalla. Una patada le situó a un punto de la victoria. Otra más le puso por delante con medio minuto aún de combate. Un suspiro en algunos deportes. Un mundo en el taekwondo. Mantuvo el tipo la española, que miraba de reojo al reloj mientras taponaba los ataques. Todos, menos el más cruel. El que se le clavó como un cuchillo. Una patada que le dejaba sin oro a falta de tres segundos. Lágrimas.

La medalla de Cerezo es la más precoz del olimpismo español en un deporte individual desde Atenas 2004 y solo el boxeador Faustino Reyes y la gimnasta Carolina Pascual, ambos plata en Barcelona'92, y Patricia Moreno, bronce en rítmica en la cita de la capital griega, pueden presumir de haber alcanzado el podio más jóvenes. Junto a los cuatro, las chicas de la rítmica de Atlanta completan las alegrías antes de cumplir los 18 a las que también su sumó Ricky Rubio en Pekín 2008.

En su segundo gran torneo internacional

A Cerezo no le pesó la presión en sus primeros Juegos ni tampoco la falta de experiencia. En su segundo gran torneo a nivel internacional como senior, la madrileña demostró que le sobra desparpajo y que tiene calidad de sobra para ganarle a cualquiera. Salió a todos los combates con una sonrisa en el rostro. Confiada y cargada de fe en sí misma. Con alegría. Por ahí tenía mucho ganado y entraba al tapiz con ventaja.

Lo hizo siempre con su cinta de la suerte en la cabeza, la misma que le acompañó en el preolímpico y que ha lucido orgullosa en Tokio, y realizando su ritual imperturbable. Tres saltos, el primero de ellos con las rodillas en el pecho y los otros dos moviendo las piernas hacia delante y hacia atrás. Movimientos con los que entra en trance. Que le sirven de concentración. Así fue derribando una a una las piezas que se le ponían delante. Cayó primero la subcampeona olímpica en Río, Bogdanovic, a la que Cerezo superó con un segundo asalto demoledor; fue el turno después para la leyenda china Wu, a la que le endosó una paliza sonrojarte -la diferencia abismal de puntos evitó que hubiera incluso un tercer asalto-; y, por último, en semifinales superó a la bronce en el Mundial 2019, la turca Yildirim. Tres escalones hacia el podio. Tres victorias hacia la gloria. Quedaba uno más, pero la medalla estaba en el bolsillo.

El grito de Adriana tras asegurar la plata llegó al cielo tras atravesar el techo del Makuhari Messe de Tokio. Una especie de Ifema asiático donde los Juegos han instalado al taekwondo. La instalación, de por sí fría, resultaba heladora por la ausencia de público y por esa manía oriental de poner el aire acondicionado a todo trapo. Por eso Cerezo, de sangre caliente, buscó aliados. «A mí me hace falta la gente. Que me animen y que me digan que lo estoy haciendo bien o mal. Por eso, le he dicho a todos los que han podido que se vinieran y sí que se les escucha, ¿no?». Se refería la medallista a la 'afición española' en el pabellón, reducida, pero ruidosa. Grada de animación improvisada compuesta por alguno de sus compañeros de entrenamiento, la directora técnica de la Federación y voces familiares como la de Juan Antonio Ramos, olímpico con España en Atenas y Pekín y ahora enrolado en el equipo técnico de Gabón. Marido, además, de Brigitte Yagüe, plata en Londres 2012 y uno de los referentes de Cerezo, que era el más apasionado. La voz más activa a la hora de animar. «Vamos bien, Adriana». «Sigue así, con ritmo, con ritmo».

Sus mensajes calaban y calentaban el ambiente, que era la idea. Carburaba Adriana acunada por ese aliento y la felicidad que sentía por verse en un escenario que le parecía de «película». Uno donde no se había visto nunca y que no le vino grande. Porque incluso en la final estuvo fantástica a pesar de la derrota. Abatida, al final, se lamentaba como buscando una explicación que no encontraba. Le dolía una plata que terminará cobrando valor en su corazón.