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Aficionados celebran el gol de su equipo durante un partido de fútbol. Archivo
Pasión y muerte en el fútbol

Pasión y muerte en el fútbol

El egipcio El-Selhadar se suma a la lista de infartados en los estadios

alberto del campo tejedor

Jueves, 9 de diciembre 2021, 16:34

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«No importa lo que hagas: pon pasión en ello como si te fuera la vida», escribió Ralph Waldo Emerson hace casi dos siglos. Por la misma época y en el mismo lugar (Massachusetts), otro escritor —Oliver Wendell Holmes— decía: «Es la fe en algo y el entusiasmo por algo lo que hace que valga la pena vivir la vida».

Habrá quien piense que entrenar a un equipo de la Segunda División egipcia no constituye un oficio trascendente. Pero no importa el ámbito donde uno ejerce: la misma emoción en la victoria, el mismo desconsuelo en la derrota, experimentan los jugadores, entrenadores y seguidores en un partido de la Tercera División mexicana o en un derbi en la Premier League. El entrenador egipcio del El-Magd vivía los partidos con el mismo apasionamiento con el que se desempeñaba años atrás como jugador en la Primera División de su país, donde conquistó una Liga y una Copa. Hace unos días, cuando su equipo logró anotar el gol de la victoria en el minuto 92 de partido contra el El-Zarqa, estalló de alegría en el banquillo y, acto seguido, se desplomó de un paro cardíaco. Su muerte se confirmaba cuando le trasladaban al hospital.

«El fútbol no es cuestión de vida o muerte, sino algo mucho más importante». La frase se atribuye al mítico entrenador del Liverpool, Bill Shankly. La jerga futbolera contiene múltiples juegos del lenguaje que aluden al fútbol, o a ciertos partidos, como a una encrucijada vital. Decimos que tal o cual jugador contrario, o incluso el árbitro, «nos ha matado» o que «hemos sobrevivido de milagro». Acudimos al estadio en ciertos partidos porque «nos jugamos la vida», idolatramos al futbolista que «muere por los colores» y hay aficiones que dicen seguir a su equipo «hasta la muerte».

Son, evidentemente, metáforas hiperbólicas que denotan la incondicional adscripción a un escudo, la relevancia que damos a lo que acontezca a nuestro equipo y aun la forma enardecida que tenemos de vivir nuestra afición. Pero en ocasiones, el empeño de jugar, dirigir o animar desde la grada, como si nos fuera la vida en ello, se cumple de manera literal. Lo último que vio el padre de Paco Alcácer fue cómo 40.000 aficionados aplaudieron en Mestalla a su hijo no solo por anotar uno de los goles ante la Roma, sino también por los dos que dieron el triunfo a la selección española en la final del Europeo sub-19. Después de semejante euforia, el corazón de Paco Alcácer padre se paró para siempre en las inmediaciones del estadio.

A Cruyff le prohibieron dirigir al Barça después de varios episodios coronarios. Porque, como sabe todo entrenador que ha sido antes jugador, se sufre más en el banquillo porque no puedes involucrarte directamente. Corriendo frenéticamente, luchando por cada balón, enfrentándote con vehemencia al contrario, el futbolista se desahoga, descarga adrenalina y la tensión se diluye. Pero el banquillo no es apto para cardíacos. Y así el egipcio El-Selhadar se suma a la lista de exfutbolistas que sufrieron un infarto de miocardio dirigiendo a su equipo: el alemán Hennes Weisweiler, cuyo corazón se detendría súbitamente en el banquillo del Grasshopper o el seleccionador de Escocia, Jock Stein, que murió cuando su equipo se enfrentaba a País de Gales en un partido vital en que se jugaban la clasificación para el Mundial de 1986.

Los que no secundan la afición futbolera considerarán inútiles y estúpidas estas muertes. Pero la tragedia puede ser reveladora porque nos enseña que vivir cada momento como si fuera el último es algo más que una metáfora. Hay personas que viven intensamente durante 50 minutos, otros durante 50 días. Pero los que nos inspiran son aquellos que, como el egipcio El-Selhadar, lo hacen durante 50 años, experimentando cada instante como si nada más importara en el mundo. El club Al Ahly de la Primera División egipcia ha escrito en las redes que llora a su colega, reza al Todopoderoso para que le cubra con su misericordia y le deje entrar en sus vastos jardines. También yo honro a El-Selhadar, como a todos los que exhalaron su último suspiro en el estadio, porque me recuerdan cómo hay que tomarse la vida, aun a riesgo de dejarla antes de tiempo.

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