Ansu Fati. / AFP

Barça-Espanyol, más allá de la cuestión nacionalista

Cada aficionado selecciona y mezcla diferentes ingredientes para cocer la identificación con su equipo y aliñar un buen derbi

Alberto del Campo Tejedor
ALBERTO DEL CAMPO TEJEDOR Catedrático de Antropología Social, Universidad Pablo de Olavide

Si el fútbol suscita pasiones es porque, especialmente en ciertos partidos, hay más en juego que tres puntos. Es sabido que históricamente el Barça se ha identificado con el independentismo en oposición al Espanyol. Cuando Laporta ganó las elecciones a la presidencia del Barça, la Assemblea Nacional Catalana (ANC) se congratuló porque volvía «un independentista sin complejos», amigo de Puigdemont. Laporta retornaba al que es «més que un club», donde se puede hacer política mejor que desde el escaño de parlamentario o el cargo de concejal que desempeñó en el ayuntamiento de Barcelona.

Frente al Barça, fundado por un suizo (Gamper) y formado por muchos extranjeros, la antigua Sociedad Española de Football (después C.D. Español) se vanagloriaba a principios del siglo XX de estar conformada por universitarios barceloneses. Aún hoy se ven en el estadio más banderas de España que esteladas. La conclusión más obvia, especialmente en los últimos años, es que en el derbi barcelonés los que juegan son el independentismo catalanista y el españolismo antiindependentista. El aficionado del Real Madrid, mayoritariamente contrario al secesionismo, querrá que gane el Espanyol, de la misma manera que el hincha del Athletic que se defina como nacionalista anima al Barça.

Pero para los propios socios culés y periquitos, la pugna es más intrincada, porque también está en juego algo tan difuso, pero tan central y cotidiano para ellos, como la «barcelonidad» o la «catalanidad», que no es lo mismo que el independentismo, aunque todo movimiento nacionalista aspire a presentarse como el único auténtico, amante de su tierra y preocupado por su destino. El equipo blanquiazul quiso ganar legitimidad cambiando en 1995 el nombre de Real Club Deportivo Español por el de Reial Club Deportiu Espanyol de Barcelona. Naturalmente, incluir el nombre de la ciudad y sustituir el castellano por el catalán no borra décadas de un imaginario colectivo gestado dicotómica y asimétricamente. Y así Piqué, un tipo guasón, se refiere a su rival como Espanyol de Cornellá, el club con un presidente chino (Chen Yansheng).

En las identificaciones colectivas inciden también las ideologías derivadas de la clase social. El Barça se asoció siempre a un catalanismo que hace gala del discreto encanto de la burguesía. En su museo —el más visitado de Cataluña— se exhiben cuadros de Dalí, Miró o Tàpies. Algún entendido culé nos señalará las esculturas minimalistas y neofuturistas que pueden observarse fuera, y no dejará de advertir que un discípulo del célebre arquitecto Le Corbusier diseñó la techumbre de todo el complejo. Es más difícil que un obrero de SEAT, que trabaje en la fábrica en Martorell, se identifique con un club así.

La propaganda franquista dijo que los inmigrantes se hacían del R.C.D. Español porque era «el equipo de todos», pero no es cierto: el mayor prestigio y aceptabilidad social del Barça en Cataluña genera que muchos emigrantes, deseosos de integrarse, abracen la causa culé, de la misma manera que ciertos charnegos se hacen nacionalistas. A diferencia de algunos clubes de tinte étnico, el Barça exhibe un nacionalismo cosmopolita, globalizador, no sujeto al ADN: «tant se val d'on venim, si del sud o del nord…», como dice el himno blaugrana.

A la cuestión independentista, el protagonismo localista-regionalista, la clase social y la emigración se le une otra variable, usual en los derbis en una misma ciudad: la diferencia en poder económico, mediático y social. Simeone se propuso erradicar las excusas victimistas del «pupas» cuando visitaba el Bernabéu, de la misma manera que el «manque pierda» bético supone un grito subalterno de quien ha vivido siempre a la sombra del otro equipo poderoso de la ciudad.

En los años 20, el semanario satírico El Xut publicaba una viñeta en que Ricardo Zamora hacía las maletas hacia el poderoso Madrid mientras que en el entonces Real Club Deportivo Español quedaban cuatro gatos. Los animales tenían el aspecto de Félix el Gato, más conocido en suelo ibérico como Gato Periquito. Aún hoy, ser del Espanyol es cosa de «quatre gats pericos». No sé si el relato es totalmente fidedigno, pero da igual: lo importante es que culés y pericos lo dan por cierto.

El dirigente de ERC, Gabriel Rufián, defiende sus adscripciones: nacionalista, charnego, de izquierdas, contestatario y periquito. Es del Espanyol no porque se lo inculcara su abuelo o su padre (trabajadores andaluces), sino para llevar la contraria, dado que, como él mismo dice, «lo fácil en Barcelona es ser del Barça o de Convergencia». Claro que es un error pensar que en el derbi catalán se exhibe una inequívoca lucha de clases sociales, porque también el Espanyol nació de la burguesía. Pero los clubs se acercan más a los mitos que a la historia: cada cual selecciona la parte que le interesa, a su gusto y medida. Mi amigo Paco, de Monzón (Huesca), votante de Podemos, que trabaja en el servicio de limpieza municipal, alega que las Brigadas Blanquiazules son fascistas como los Ultras Sur del Madrid. Para él, ser del Barça es ir a contracorriente porque apunta su mira contra el enemigo en la capital de España, no contra el equipo pequeño de la ciudad.

A los relatos sobre las rencillas históricas (siempre manipulables) hay que añadir, en cada partido, algún elemento actual, para avivar el fuego. Este Barça-Espanyol es también el de la vuelta de Xavi, el hijo pródigo del barcelonismo. Hay medios que ya hablan de que el derbi puede ser el comienzo de «una nueva era». Por su parte, los periquitos se conjuran en los blogs y foros con el «ahora o nunca», dado que, recién ascendidos de Segunda, tienen los mismos puntos que su todopoderoso rival: «El sábado, el ansiado sorpaso», escribe uno.

Los hermanos que forman Estopa se criaron en Cornellá, oyendo rumbas en La Española, el bar de sus padres, emigrantes venidos de Zarza Capilla, Badajoz. Acérrimos del Barça, no dudaron en grabar una canción en apoyo de la selección española, aunque se les criticó que solamente aparecieron en el vídeo jugadores culés. Se reconocen «gente de porros y litronas» y en sus canciones destilan obrerismo de barrio. Cuando su entrevistador se extraña de que sean del Barça, alegan que los culés nunca tuvieron glamur y que siempre han sido «feos y pequeños». Rufián no está de acuerdo y asegura que es del Espanyol precisamente porque constituye «un equipo pobre y oprimido bajo la tiranía culé». A mi amigo Paco, que oye Estopa y, a falta de Pablo Iglesias, ensalza a Rufián, le trae al pairo la cuestión nacionalista, y lo que recuerda es el día en que su abuelo le regaló una camiseta del Barça, unos años antes de que muriera.

Lo bueno del fútbol es que cada cual puede moldear su historia y la del club, combinar los diferentes elementos con los que se gestan las identificaciones colectivas, enfatizar unos en detrimento de otros, para que surjan adhesiones sentimentales, incondicionales, eternas, más allá de las condiciones socioeconómicas que estructuran los discursos identitarios y los estereotipos sobre los clubes y sus aficiones. Porque al final uno se enamora de unos colores por mil razones. Incluso aunque no las haya, pues el corazón tiene razones que la razón no entiende.