Los jugadores del Betis celebran el título de Copa conquistado el sábado ante el Valencia en La Cartuja. / AFP

¿Por qué cae bien el Betis?

El club verdiblanco simboliza el lado luminoso del sur: la expresividad popular, emotiva y lúdico-festiva

Alberto del Campo Tejedor
ALBERTO DEL CAMPO TEJEDOR Catedrático de Antropología Social en la Universidad Pablo de Olavide

Unos 6 millones y medio de telespectadores vieron a Joaquín levantar la Copa del Rey. Evidentemente, la alegría va por barrios. Pero, más allá de los seguidores de Betis y Valencia, todo apunta a que una mayoría de aficionados disfrutó cuando la victoria cayó del lado verdiblanco en la tanda de penaltis. Y es que, según una encuesta realizada hace unos años, el Betis es el equipo preferido de los hinchas españoles, si exceptuamos a los tres grandes (Real Madrid, Barça y Atlético).

En general, los clubes con más seguidores son también los que más animadversión despiertan en los aficionados rivales. El Real Madrid y el Barça encabezan la lista de los equipos que desatan más simpatías, pero también lideran el ranking de los más detestados. Por el contrario, el Betis no solo atrae a un número importante de hinchas que se declaran devotos del club de las trece barras, sino que, salvo por la rivalidad con el Sevilla, apenas suscita sentimientos negativos. ¿Por qué cae bien el Betis?

Una de las razones tiene que ver con el origen humilde del club y los significados que desprende. El 'Viva er Beti manque pierda' sintetiza una filosofía un tanto quijotesca del que permanece leal aun en la adversidad. Nos conmueve ver que, para algunos, la derrota no quiebra la fe y el vínculo emocional. En el último partido de Liga, el Betis cayó ante el Elche en el Villamarín, lo que dificulta la entrada en Champions. Pero la afición se quedó cantando y reconociendo a su equipo tras el pitido final, hasta el punto de que Manuel Pellegrini tuvo que ordenar a sus jugadores que volvieran a salir al terreno de juego en chanclas, para corresponder a la hinchada. Mi amigo Tavi, que había venido desde Oviedo, se emocionó: dijo que jamás había visto cosa semejante.

Emoción es, de hecho, uno de los términos con los que se asocia al Betis. En las encuestas, los aficionados consideran al Rayo Vallecano «familiar», al Athletic un club con «raíces regionales» y al Betis un equipo «emocional» y «conmovedor». Para bien o para mal, en Andalucía, y muy particularmente en Sevilla, se viven las cosas con singular apasionamiento. Hace 400 años, ya era conocida como la ciudad de los contrastes: el oro de las Indias atraía no solo a ricos marchantes sino también a toda una caterva de pícaros y buscavidas, como plasmaron genialmente Cervantes o Mateo Alemán. No habría término medio.

Además, desde antiguo, las gentes del sur se consideraron más proclives a la sensibilidad. El Barroco dio marchamo estético a la exageración. Y alentó la mezcla de lo profano y lo sagrado. El bético asiste al estadio como el que peregrina a su santuario y se expresa con manifestaciones que en otros lugares están reservadas para lo religioso. Su equipo es tan sagrado como el Jesús del Gran Poder o la imagen que venere su cofradía.

El resto de españoles ha mirado al sur con ojos sorprendidos. El clima, la tierra, la historia y las costumbres de los sevillanos han despertado ideas asociadas a la fertilidad, la abundancia y la belleza, pero también a la vanidad, el hedonismo, el alejamiento de las buenas costumbres, el pecado. La mezcla de sangre siempre ha sugerido desconfianza. Según el estereotipo, el orden viene del norte: «leal como castellano». Y el desorden, del sur: «Al andaluz hazle la cruz, y al sevillano con las dos manos». Y, sin embargo, la mirada oblicua ha convivido durante siglos con la fascinación por una idiosincrasia que a los románticos les pareció el summum de lo exótico, lo incivilizado y lo pasional. Como supo ver Julio Caro Baroja, la jota o el zortziko son bailes regionales, pero es posible encontrar en Pamplona quien se pirre por el flamenco o por las sevillanas. En todo lo referente al arte, el disfrute y los sentimientos, Sevilla goza de prestigio.

Tras levantar la Copa, Joaquín alternó las lágrimas con las bromas. Sacó el capote, emulando a Curro Romero, presente en el estadio. Minutos antes, con 40 años a sus espaldas, había corrido con el balón, zigzagueando entre rivales, como si fuera la última artimaña de su vida. Felicitó al Valencia, reconoció que los penaltis son una lotería, y dedicó el título a los que están en la sombra: los cocineros, los utilleros, las mujeres que se encargan de la lavandería. Y demostrando una vez más que quien tiene arte lo expresa dentro y fuera del campo, alentó la esperanza de sus incondicionales: «¿Cómo me voy a ir ahora que empezamos a ganar?».

Ole. Viva er Beti. Manque gane.