«No me podía ir sin dejar escrito este libro. Ahora sí estoy en paz»

'Mis tiempos muertos', la obra que recoge sus memorias y es una enciclopedia afectiva y documental, sale a la luz tras tres años de trabajo

IGNACIO S. ACEDO Las Palmas de Gran Canaria

Camino de los 80 años, Pepe Moriana (Garachico, 1942) ya puede decir que ha terminado por cumplir todos sus sueños. Siempre logró lo que se propuso a fuerza de una persistencia inquebrantable y la luz visionaria de los elegidos. Tuvo una carrera empresarial condecorada y, en su gran pasión, el baloncesto, le corresponde el hito de quedar como fundador de lo que hoy es, para orgullo de la isla, el Club Baloncesto Gran Canaria.

Pero había una cuenta pendiente ahora felizmente saldada con 'Mis tiempos muertos', las memorias que presenta el próximo sábado y que son, a la vez, una enciclopedia del baloncesto isleño. «Viniendo de Las Canteras algo o alguien se me apareció y me dijo que había llegado el momento. Que tenía que escribir este libro. Eso fue hace tres años y medio», recuerda. Hoy ese impulso vital es una realidad plasmada en una cuidada edición que, con prolija documentación gráfica y su prosa personal e intransferible, constituye un una obra referencial de obligada consulta.

–¿Qué significa para usted la publicación y puesta en escena de 'Mis tiempos muertos'?

Algo muy grande. Cuando empecé con el proyecto lo hice empujado por la obligación de devolverle al baloncesto todo lo que me había dado. Y considero, con toda modestia, que este libro es, por encima de todo, un acto de generosidad con este deporte que ha sido mi vida.

–Ha sido un proceso laborioso de documentación, compilación de testimonios y comprobación de datos porque no se ha quedado exclusivamente en sus vivencias personales. ¿Cómo sacó tantas fuerzas?

Hablamos de mi pasión. Y reconozco que, por consejo de los editorialistas, tuve que ceñirme a un número de páginas porque me dijeron que si me iba a 500 páginas, se dificultaría la lectura y comprensión de los lectores. Encajé eso y, de manera transversal, y muy bien alambicado, he querido trazar todo lo que quería decir. No me costó nada trabajar en el libro. Disfruté. Aprendí. Reviví etapas muy felices. He de decir que me siento agradecido al libro por la oportunidad que me ha brindado de expresarme de lo que yo quería y de la manera que pretendía. Y he quedado muy satisfecho aunque, claro está, se escribió para la gente, para que se lea y espero que todos los que lo hagan puedan pasar un buen rato.

–¿Qué impresiones le han hecho hecho llegar? Porque, sin esperar a la presentación, ya ha repartido ejemplares a amigos e ilustres.

–Emiliano, que es quien es en el Real Madrid y el baloncesto nacional, Manolo Villafranca, Juanito Tamames, Joaquín Espinosa, Pepe Mateos o José María Marrero ya me han felicitado. Sin duda, un honor recibir estas palabras de gentes como ellos y con los que comparto el culto a la filosofía ancestral con el que nació este deporte en Estados Unidos en el siglo XIX. Más allá de estos elogios, lo que se deseo es que cada club tenga un ejemplar, al igual que cada biblioteca para que brinde la posibilidad a sus lectores de acercarse al baloncesto. La tirada ha sido de 500 ejemplares. Ojalá tenga que hacer una segunda edición.

–¿Es eso lo que produciría mayor orgullo, que la difusión alcanzara toda la geografía canaria?

–Así es. Desde Tenerife ya me han pedido varios ejemplares porque quieren tenerlo allí y no habría mayor satisfacción por mi parte que llegara, de una u otra manera, a mucha gente. Le he puesto tiempo y empeño y me he esmerado al máximo en que todo lo que se ha reflejado no pueda rebatirse, que haya una fidelidad absoluta, un rigor total, a lo que se ha investigado y documentado.

–Porque no es su vida. Es la historia del baloncesto en Gran Canaria, lo que constituye una cronología inédita que jamás antes se había contado.

–En Barcelona conservan la cancha del Layetano, el primer equipo que allí tuvieron. Y por no irnos tan lejos, en Tenerife, la del padre Ancheta, convertida en lugar sagrado y en La Palma, la del convento de San Francisco. De Gran Canaria nada constaba y nada se sabía. Yo llego aquí en 1960 y los Bermúdez, Pacuco Jorge o Salvador Cuyás me contaron que en la iglesia de San Pedro de La Isleta se ubicó la primera cancha de la isla por parte de los Padres Palotinos. Ellos lo vivieron porque fueron testigos de esa época primigenia. Y cuando me metí en los archivos de la iglesia a documentar y cotejar todo, aumentó mi deseo de dejarlo plasmado. No podía irme sin dejar escrito este libro. No me lo hubiese perdonado. Ahora puedo decir que sí estoy en paz.

–Funde vena enciclopédica con afán lúdico y docente. Que se dice pronto...

–Hay datos, sentimientos, experiencias, documentación, muchísimo cariño por mi parte. En el baloncesto siempre se dice que cuando alguien dispone de un tiro liberado y puede mirar al aro es porque el resto de sus compañeros ha trabajado para ello y se lo ha permitido. Aquí hay muchísima gente detrás que me ha ayudado y todos guiados por el amor al baloncesto. En estas páginas hay una voluntad conjunta de trasladar ese entusiasmo y naturaleza limpia que jamás debe perder nuestro querido deporte del baloncesto y que se creó para educar, para generar equipo, para respetar. Recuerden que es una disciplina en la que el jugador debe admitir su propio error cuando comete una personal. El respeto es su esencia.

–Siempre se ha caracterizado por defender las esencias aunque suponga ir contra el orden establecido, contra la esclavitud del mercantilismo y profesionalización. ¿También así lo hace en sus memorias?

–Es que no entiendo ni concibo el deporte o la vida sin ser fiel a los principios. Y en lo que respecta al baloncesto o, ahora que hablamos de este libro, es algo que siempre llevo a cabo. Para mí el jugador no es una alcayata de ferretería que un día está en un cajón y, al siguiente, en otro. No creo ni creeré en eso. Apuesto, como siempre hice, en que un niño nunca sea tratado como mercancía con fines estrictamente atados a los resultados. Y me da igual si eso se pasó de moda. Siempre recuerdo como crucial la aportación que hizo Anselmo López a nuestro deporte con la creación del mini-básket, adaptando reglas y medidas a las distintas edades. Supuso una revolución necesaria pero, igualmente, respetuosa con las raíces educativas del baloncesto.

–Pero la velocidad de los nuevos tiempos, de la quizás mal llamada modernidad, impone prisas y exigencias. ¿No es cuestión de asumirlo?

–Nunca me opuse a la modernización siempre que haya un respeto por lo que significa la enseñanza a los niños. Creo que es compatible. Los valores limpios siempre lo son.

–Siempre fue hombre de emociones. ¿Cómo va a reaccionar el sábado cuando llegue el momento que lleva esperando tanto tiempo para presentar 'Mis tiempos muertos'?

Soy muy sensible, cierto. Pero más de lágrima fácil cuando estoy solo. Sinceramente, lo que quiero es que todo el protagonismo recaiga sobre el libro, no sobre mí. Que se preste atención a la historia que se cuenta, no a quien lo hace.

–En todo caso, va a ser un acto de homenaje al baloncesto puro, de reconocimiento, incluso, a muchos protagonistas que colaboraron con usted en este libro y que ya no están.

–Por eso aludía antes al espíritu de equipo que también se ha trasladado a la elaboración de este libro. Han sido muchas voluntades, muchas ilusiones. También es de justicia poner en valor el trabajo y sacrificio de los precursores, de quienes dedicaron su vida y esfuerzos al deporte, al baloncesto, a la educación de los niños y jóvenes. Muchas veces sin medios, sin reconocimiento, sin el premio que merecieron por tanto sacrificio en silencio. En este libro se pretende poner nombre y significado a todos ellos.

–Solo resta felicitarle, señor Moriana.

–Ha sido un placer.