Davide Rebellin en una imagen de archivo. / R. C.

Muere atropellado por un camión Rebellin a los 51 años y un mes después de retirarse

El ciclista italiano ha estado en activo durante tres décadas y ha sido arrollado mientras daba una vuelta en bicicleta

J. Gómez Peña
J. GÓMEZ PEÑA

Cumplidos los 50 años a Davide Rebellin le preguntaron por qué seguía en activo como ciclista profesional. «Por pasión», respondió. Este deporte era su vida y hoy, un mes después de retirarse, la ha perdido. Ha sido atropellado por un camión en la localidad italiana de Montebello Vicentino mientras daba una vuelta en bicicleta. Tras aplastar al ciclista, el conductor del vehículo, al parecer, no se ha detenido. Rebellin ha fallecido con 51 años y tres décadas en el deporte profesional.

La temporada 2004 fue la suya, cuando ganó el tríptico de las Ardenas: la Lieja-Bastogne-Lieja, la Flecha Valona y la Amstel Gold Race. Italia vuelve a estar conmocionada por la muerte de uno de sus mejores ciclistas. En 2017 perdió a Michele Scarponi también arrollado por un vehículo.

Según los medios italianos, el camión salía de una autopista y se incorporó a una carretera por la que pueden circular los ciclistas. Rebellin falleció al instante. Pese a ya no ser corredor profesional, seguía fiel a su rutina diaria con la bicicleta. La jubilación de su deporte apenas le ha durado unas semanas. Su última carrera fue la Clásica del Véneto, hace poco más de un mes.

Rebellin era uno de esos corredores que no tienen edad. El británico Malcolm Elliot, que pedaleó para el Teka y el Fagor, fue profesional hasta que cumplió los 50. Haimar Zubeldia se retiró tras participar en el último Tour con 40 años. Y Chris Horner, el estadounidense adicto a las hamburguesas, ganó la Vuelta a España de 2013 con casi 42 años. Al final, todos sucumben al tictac del calendario. Aunque Rebellin resistía, como resiste el abulense Paco Mancebo, activo con 46 años. Rebellin, que subió al podio de los Juegos de Pekín con Samuel Sánchez, pasó sus últimas temporadas en equipos de segundo y tercer nivel. Eso daba igual. «La pasión no tiene edad», repetía.

Su historia comenzó a escribirse hace mucho. Estuvo en los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 en aquella selección italiana que se llevó el oro con Fabio Casartelli, fallecido tres años después al caerse en un descenso del Tour. En 1992, Induráin mandaba en el pelotón. El joven Rebellin debutó como profesional en el equipo GB, una institución. A su lado estaban Ballerini, Baldato, Chioccioli, Cipollini, Jaskula, Tchmil... Nombres de otro tiempo. Rebellin es un ciclista de dos siglos. En 2017 ganó la quinta etapa del Tour de Irán. Superó a un joven compatriota, un tal Nicola Toffali, nacido justo en 1992, el año del debut de Rebellin. Toffali, además, es hijo de un antiguo compañero de entrenamiento. Todos pasaban; él seguía. «El corazón tiene la última palabra. Y mi cuerpo y mi cabeza están listos para nuevas batallas», decía.

Su primera victoria data de 1993, en una prueba alemana, la Hofbrau Cup. En medio, su palmarés rezuma calidad. Sobre todo, en 2004. Su año. Firmó el tríptico de las Ardenas. Antes había ganado la Clásica de San Sebastián y la Tirreno-Adriático, y después se impuso en la París-Niza. Aquel 2004, sin embargo, terminó mal. Ballerini, seleccionador italiano, no le convocó para el Mundial. Rebellin, rebelde, se nacionalizó argentino para pelear por las medallas. Ahí se vio una de las características que siempre le han acompañado: la soledad. Nunca fue un ídolo, ni siquiera en Italia, un país con facilidad para la devoción.

Medalla y sanción

Su soledad quedó confirmada tras uno de sus éxitos: logró la medalla de plata, tras Samuel Sánchez, en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. En esa prueba dio positivo por CERA. Le sancionaron y le acusaron de fraude fiscal. Un apestado. Ya era un veterano. Todo sonaba a final. A triste final. Tras cumplir el castigo tendría casi 40 años. Y el veto asegurado de todas la grandes escuadras del mundo por ser portador de la mancha negra del dopaje.

En esa situación de aislamiento, los solitarios tienen una ventaja: están habituados. Encontró cobijo en equipos de segundo nivel y en carreras alejadas de los focos. Con una bici y un dorsal le bastaba para ser feliz. Austero. De chaval estudió en un seminario. Iba para cura y acabó de ciclista. Estaba destinado a cargar con su particular redención. Regresó de la sanción y siguió en el segundo nivel de su deporte. Hasta que hace un mes decidió que ya era la hora. Un camión no le ha dejado disfrutar de su retiro.