El británico Elton John toca con su banda este martes, en Siete Palmas.

Una noche (ahora sí) legendaria

17/07/2017
Las Palmas de Gran Canaria

Cuando a finales de los setenta del siglo pasado le preguntaron a Don McLean qué significaba American Pie, su canción bandera, fue tremendamente sincero: «Significa que no tendré que volver a trabajar en la vida». Probablemente conocen a María Creuza y a Toquinho: llevan décadas viviendo de las rentas del disco que grabaron con Vinicius de Morais en Argentina en 1970, La Fusa (aquí los hemos visto repitiéndolo al menos en dos ocasiones). Y tan ricamente.

Si la mayoría de los grandes artistas son conocidos por un único y glorioso momento de inspiración –que a veces duró un instante, otras veces unos meses, otras algunos años– , justo será reconocer que, aunque probablemente sólo sus incondicionales han comprado discos suyos en los últimos (¿cinco, diez, quince?) años, el caballero que se presenta este martes en el Gran Canaria Arena merece el tratamiento de gran señor de la música. Sir Elton John.

Alguna publicación grandilocuente –bueno, alguna no: la Billboard– afirmó hace poco (2013) que el autor de Candle in the Wind (en las listas de éxitos durante 30 años) era el tercer artista más conocido en el mundo después de Los Beatles y Madonna. Y puede que así sea. John, que respirará el mismo aire que nosotros –pobres mortales– este martes en Siete Palmas, es un icono de la humanidad del siglo XX, como su amada Marilyn, John Lennon, el papa Juan Pablo II, Mao-Tsé-Tung, Tintín o Homer Simpson. Que no está en la portada del Sgt. Peppers porque un mal día lo tiene cualquiera, vamos.

Pero me estoy liando. Les decía que es muy posible que Elton John no haya estado especialmente inspirado desde, por ser bondadosos, El Rey León (1994), pero, ¿qué más dará? Un artista que acumula en su repertorio piezas de la categoría de Rocket man, Daniel, Goodbye Yellow Brick Road, Your song, Funeral for a friend, I guess that´s why they called it the blues, la mencionada Candle in the Wind, Don´t go breaking my heart, Crocodile rock o Bennie and the jets, por no tenerles aquí hasta la noche, no precisa de reválidas para tener asiento preferencial en el palco de la Gloria, zona supervip, copa balón. John no pertenece a éste o aquel estilo ni puede medirse por el rasero de las modas. Su música es patrimonio intangible de la humanidad y no está sometida a las reglas que imperan para el común de los artistas.

Como su notable mal gusto a la hora de elegir la ropa y las gafas, igual.

La efemérides del Arena tiene doble motivo de celebración: Viene Elton y no viene solo. No es un detalle nimio que el concierto que el londinense ofrece en Gran Canaria –el único de la gira mundial en territorio español– se sirva en formato grupal, pues, opino, es muy distinta una actuación de John-el-pianista a una actuación de Elton-John-el-líder-de-un-grupo de rock. Y no voy a decir que en solitario sería un peñazo, sino que sería... pues eso, distinto.

Y ocurre que entre otros músicos, se sube a escena con el pianista su director musical de toda la vida, el guitarrista Davey Johnstone, y el batería Nigel Olsson, hoy ya no tan peludos pero, sí, los mismos que aportaron el aderezo rockero en obras no superadas hasta la fecha como Goodbye Yellow Brick Road.

Un concierto electrificado de Elton John ofrece la oportunidad de escuchar sin corsés piezas que prácticamente sería imposible que ejecutara sólo al piano el expropietario del Watford Football Club.

Hombre, el escenario lo aguanta todo, pero se me ocurre que, por ejemplo, Love lies bleeding, o la improbable Pinball Wizard, quedarían tan insulsas al piano como una merluza cocida del Negrín.

Estaba a punto de olvidarme de Bernie Taupin, coautor de las mejores piezas de John. Craso error, como hablar de McCartney sin mencionar a Lennon, de Jagger y olvidar a Richards, Rodgers y Hart, Rice y Webber u Ortega & Gasset, que dicen que dijo una ministra de Cultura.

Cualquier artículo sobre Elton John que se precie de sesudo no puede pasar por tal sin hacer apuestas sobre qué porcentaje de éxito corresponde a cada uno de los dos creadores en el alumbramiento de los grandes éxitos del británico. Mi diagnóstico es que, otorgándole al César lo que es del César, ni falta que me importa.

Disfrutemos pues del septuagenario que este martes se sube al escenario capitalino, en plena conciencia de que estamos ante una de las últimas leyendas vivas del pop rock, un artista de la talla y trascendencia de un Keith Richards o un David Bowie.

No esperen tres horas y media de vibrante rock and roll (el listón de Bruce es demasiado alto) pero sí dos horitas para vibrar, emocionarse y disfrutar de impecables ejecuciones de las canciones que les han acompañado desde que tienen memoria. Una noche legendaria, y en esta ocasión, creo que hasta Pérez Reverte consideraría apropiada la elección de tan trillado adjetivo. En estos tiempos en los que hasta el último recién llegado es legendario.