Fernando Gómez Aguilera. / Adriel Perdomo

«Saramago es un clásico contemporáneo»

El poeta, ensayista cántabro acaba de publicar un nuevo volumen en torno al Nobel portugués, del que fue muy amigo.

Victoriano Suárez Álamo
VICTORIANO SUÁREZ ÁLAMO Las Palmas de Gran Canaria

El cántabro Fernando Gómez Aguilera, poeta, ensayista y licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, acaba de publicar 'José Saramago. El pájaro pía posado en el rinoceronte' (editorial La Umbría y la solana), en torno a la producción escrita en Lanzarote por parte del escritor y Premio Nobel portugués, con el que mantenía una estrecha amistad.

-Tras la biografía cronológica de 'La consistencia de los sueños' y 'José Saramago en sus palabras', qué novedad aporta sobre la figura del Premio Nobel portugués 'El pájaro que pía posado en el rinoceronte'?

-La perspectiva que añado es complementaria. Se sitúa en el plano de la lectura crítica de su obra narrativa y memorialista escrita en Lanzarote a partir de 1992, cuando estableció su residencia en Canarias acompañado de Pilar del Río. Atiendo, asimismo, a los títulos publicados tras su fallecimiento. Planteo un recorrido interpretativo. En Lanzarote su escritura sufrió un cambio de registro, tanto formal cuanto temático. Saramago lo categorizó como ciclo de la «piedra», diferenciándolo del precedente, el ciclo de la «estatua». En síntesis, el giro se traduce en una depuración estilística, menor barroquismo, mayor austeridad y búsqueda de poderosas metáforas alegóricas para abordar grandes asuntos universales relacionados con las quiebras del ser humano contemporáneo: la irracionalidad, la deshumanización provocada por el capitalismo, la escisión de la identidad, las violencias, la gravitación de la memoria, la soledad y necesidad del otro...

-Concrétenos en qué consiste el volumen.

-Como digo, reúne un conjunto de ensayos sobre la obra escrita en Lanzarote. Compagino análisis literarios con consideraciones del propio novelista sobre sus propósitos e ideas creativas y sociales. Se incluye un estudio de su segunda novela, 'Claraboya' (1953), editada póstumamente, que me sirve de pretexto para revisar y dar a conocer un cuerpo de producción del autor desconocido que denomino «periodo arqueológico». Comprende anotaciones, novelas incompletas, cuentos, obras de teatro y poemas escritos entre mediados de los años cuarenta y mediados de los cincuenta del pasado siglo, cuando se afanaba en ser escritor, con escasa fortuna. Después vino el silencio y su presencia en el panorama literario se desenvolvió con perfil bajo, hasta dinamitarlo en la década de los ochenta del pasado siglo con 'Levantado del suelo' (1980), 'Memorial del convento' (1982) y 'El año de la muerte de Ricardo Reis' (1984). A partir de un texto inédito de comienzos del medio siglo pasado, ofrezco información sobre la psicología y los sentimientos literarios de un joven y desasosegado Saramago que se sentía insatisfecho, atascado e inmerso en un clima de abatimiento mientras tomaba conciencia de los problemas políticos y sociales de su país. No se tenía noticia de estos materiales de los que doy cuenta, a los que accedí porque Saramago puso en mis manos su archivo unos años antes de fallecer. Merecen ser estudiados con detalle para dibujar el perfil de ese autor embrionario que escribía con denuedo.

-De sus múltiples conversaciones y encuentros con José Saramago, ¿con qué se queda?

-Guardo con aprecio la experiencia afortunada de haber disfrutado de su amistad, de su confianza y de numerosos momentos de conversación que contribuyeron a enriquecer mi relación con la literatura y con la realidad, sin duda también con una persona excepcional. Su conciencia analítica e incómoda, su firme voluntad ética y sus exigentes puntos de vista constituyeron siempre un estímulo y una referencia a la hora de pensar y reivindicar, sin conveniencias ni renuncias, el bien común. Naturalmente, Saramago es una presencia significativa en mi vida, al igual que Pilar del Río.

-Usted era uno de los primeros lectores de sus nuevas publicaciones. ¿Cómo era ese proceso? ¿Enriquecedor y constructivo para las dos partes o Saramago era difícil de convencer para que cambiara algunos detalles?

-El privilegio de leer sus libros previamente a la publicación nada tuvo que ver con inmiscuirse en los textos. Nunca estuvo sobre la mesa. Ese gesto de confianza, propio de la generosidad de José, me permitía pensar sus obras desde el primer momento de su materialización e iniciar una anticipada conversación con el autor en torno al título en cuestión. Los artículos reunidos en 'El pájaro que pía posado en el rinoceronte' se benefician de esas y otras situaciones favorecidas por la cercanía. El libro se abre a los hilos temáticos fundamentales de la obra de Saramago posterior a 1992, a sus estrategias formales sintomáticas y también a sus preocupaciones intelectuales manifestadas en la conversación pública, el mosaico de ideas presentes en su intervención civil y en su producción literaria. El título del libro surge de una cita de George Steiner. Alude metafóricamente a la vigilancia crítica de Saramago, a su capacidad para examinar su tiempo sin hormas y alertar sobre las perturbaciones y dinámicas devastadoras del sistema.

-Este año que se celebra el centenario de su nacimiento son muchos los actos y publicaciones que nos esperan. ¿Queda mucho por descubrir y reflexionar en torno al autor de 'Ensayo sobre la ceguera'?

-Saramago es un clásico contemporáneo y las obras de los clásico resultan, por su propia naturaleza, inagotables, fuente de una relectura permanente, porque son susceptibles de hablar con pertinencia a cada momento histórico, de sintonizar y establecer vínculos de empatía y diálogo simbiótico. Durante la pandemia, 'Ensayo sobre la ceguera', la peste blanca concebida por el narrador portugués, se convirtió en una lectura de referencia en todo el mundo. Y en el actual contexto de guerra y militarización provocada por la invasión rusa de Ucrania, adquiere pertinencia 'Alabardas', su última ficción, inacabada, en la que se sumergía en la industria armamentística y los dilemas morales que la fabricación y empleo de armas pueden suscitar, sin desatender a la banalidad del mal. La actualidad de la obra de Saramago es muy viva por su capacidad para relacionarse con los crecientes signos desajustados de nuestra época. Decía Chéjov que la originalidad de un autor estriba no sólo en su estilo, sino también en su manera de pensar, algo que se cumple cabalmente en este caso.

-¿Qué le cautivó más, la figura o el escritor José Saramago?

-Me resulta enojoso jerarquizar. Soy un lector asiduo de Saramago. Tengo en la mayor estima su narrativa, pero, asimismo, me siento seducido por sus ideas públicas, por su dimensión de intelectual comprometido, generoso con su tiempo, por su actitud y valores ético-sociales. Y luego está la consideración subjetiva, privada, los momentos compartidos, la amistad, más allá o más acá de la literatura, que alude a los vínculos con la persona y que abre un espacio de vida insustituible en términos humanos, vitales. Ese es un gran patrimonio propio, intransferible.

-Respetando, evidentemente, su privacidad y la de él, ¿qué rasgo destacaría de José Saramago en las distancias cortas para quien no tuvo el privilegio de tratarlo?

-Saramago era en todo momento Saramago, coherente, serio, reflexivo, solidario, irónico, directo, sencillo, discreto... Nunca aprecié un salto sensible que distanciara al personaje público de la persona privada.

-Sin Lanzarote, ¿Saramago habría sido el Saramago que todos conocemos, más allá de los volúmenes que dedicó a su estancia en la isla?

-Probablemente no. La literatura, a mi juicio, se comporta como un organismo vivo, no como una síntesis química de laboratorio. ¿Puede desarrollarse y entenderse al margen de la vida y sus contextos dinámicos? Lanzarote no fue un accidente en su vida ni Saramago un pasajero insular. Lanzarote fue su casa durante dieciocho años plenos de contenido, sentido y significado. La isla entró en su vida y Saramago la metabolizó literariamente, fue su habitante. En Lanzarote levantó, junto a Pilar del Río, una nueva etapa sentimental y materialextraordinariamente consistente en su biografía. Aquí, donde recibió el Nobel, inició un abrumador itinerario literario, cívico e íntimo caracterizado con rasgos propios de lenguaje, imaginario narrativo, presencia pública global, mediación intelectual y estabilidad emocional. El paisaje esencial y despojado, óseo, metafísico y bello de Lanzarote, al margen de estridencias retóricas, bombeó savia de lava a su prosa. La palabra y la sintaxis se depuraron y contuvieron, mientras, a través de alegorías ilustradas, el relato se abría a preocupaciones sociopolíticas, morales y humanas propias de nuestra época. Orillaba así el campo de complejas relaciones entre ficción e historia, como había venido sucediendo con anterioridad en Portugal. Un paisaje isleño que restauró en el escritor las emociones primigenias impregnadas en su memoria infantil por la naturaleza de Azinhaga, su aldea natal. Es posible articular una teoría literario-paisajística en torno a estos hechos, tal y como el propio autor reconoció en diversos momentos.

-Han transcurrido casi 12 años desde el fallecimiento de José Saramago. ¿No comparte la idea de que la humanidad poco o casi nada aprendió de los toques de atención que incluía, de forma más o menos velada según el volumen, sobre los errores del pasado y cómo debíamos mejorar como sociedad?

-Aunque pueda resultar paradójico, Saramago repetía que era ingenuo e idealista incluir la literatura entre los agentes transformadores de la sociedad. Por el contrario, es el mundo el que transforma la literatura, convirtiéndola en su reflejo. Añadía que, si la literatura tuviera el poder de cambiar el mundo, el mundo no sería el que es después de los grandes creadores del pasado: Homero, Cervantes, Shakesperare, Dante, Goethe, Camoes, Dostoievski... Estas consideraciones no le impedían reconocer que la excelencia del pensamiento y la belleza creativa podían tener influencia en los comportamientos y actitudes individuales. Saramago afirmaba la irresponsabilidad de la literatura, a la que, por tanto, no se le puede imputar ni el bien ni el mal de la humanidad. En este sentido, no debe extraña que las sociedades hayan aprendido bien poco o, mejor, nada, de las denuncias expuestas en las ficciones del Premio Nobel portugués, siempre pesimista a este respecto.

- ¿'El pájaro pía posado en el rinoceronte' cierra sus libros sobre Saramago o habrá alguna nueva entrega?

-Habiendo vida de por medio, no sella necesariamente mi reflexión sobre la obra de Saramago. Me interesa profundizar en su etapa de iniciación a la literatura, porque muestra un escenario de zozobra, dificultades, esfuerzo, perseverancia y desajustes emocionales estimulante, lejos de la idea del Saramago tutelar, imponente, consolidado en el imaginario colectivo. Esa humanización antagónica del mito puede resultar provechosa en una época y una sociedad instantaneísta, de consumo rápido, propensa a darle la espalda a la complejidad, ajena al sacrificio y proclive a simplificar la vida y reducir su variado pantone a binarismos de blanco y negro. La vida de Saramago, alzada contra todo pronóstico, es un estimulante ejemplo de trabajo, confianza, superación de la adversidad y resistencia para ofrecer oportunidades de emergencia al brillo propio y el talento que cada ser humano lleva dentro de sí, en mayor o menor medida, pero siempre centelleante, al aguardo de su momento.

-¿Tiene previsto alguna nueva publicación poética o ensayística a corto plazo?

-Estoy trabajando en media docena de libros, algunos de los cuales estarán listos pronto, entre ellos uno dedicado a César Manrique, una especie de levantamiento topográfico de sus ideas estéticas y sociales, tomando como referencia un amplio abanico temporal.

José Saramago y Fernando Gómez Aguilera, en una imagen de archivo. / c7

«Confiamos en recuperar la actividad de la Fundación progresivamente»

- ¿Cómo sigue la Fundación César Manrique desde su reapertura tras el cierre obligado por la pandemia y la ausencia total de turismo en Lanzarote?

- Afrontamos un periodo de adaptación al nuevo contexto tras el impacto de la pandemia, que nos mantuvo cerrados durante quince meses, con el personal sujeto a un ERTE. Afortunadamente, hemos recuperado ya la plantilla y el funcionamiento de los museos. La incidencia ha sido severa y la situación es voluble, alejada aún de 2019. Tras estabilizar la institución, que, como es sabido, se autofinancia con recursos propios, confiamos en recuperar la actividad cultural progresivamente a lo largo del próximo año.

- ¿Qué balance hace de los actos del centenario de César hasta que la pandemia obligó a la cancelación del último tramo?

- La irrupción abrupta de la crisis sanitaria nos dejó tan solo a mes y medio del cierre de programación, prácticamente culminada. El balance es muy positivo, un centenario extraordinario en actividades variadas, un gran esfuerzo institucional y de la plantilla para ejecutar el programa previsto, que contó con un admirable respaldo del público. Cerraremos formalmente los actos del centenario el próximo día 22 con el estreno de la película 'Utopía Manrique'. Se trata de un documental dirigido por Miguel G. Morales, de cuyo guion me he ocupado, incluido dentro del proyecto de la exposición central del centenario «César Manrique. Es un placer». Está coproducido por la Fundación César Manrique y RTVE y se emitirá en junio en la serie 'Imprescindibles' de La 2. El estreno será en Jameos del Agua, en un acto organizado conjuntamente con el Cabildo de Lanzarote.