Rosa Montero, periodista, escritora y ganadora de los premios Nacional de las Letras y Periodismo. / Isabel Permuy

Rosa Montero: «La buena suerte es no rendirte, seguir luchando»

La narradora regresa con un optimista «thriller existencial sin asesinatos y plagado de enigmas y misterios»

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCI Madrid

Pozonegro. Un tren se detiene en este agonizante y misérrimo villorrio. Un pasajero alza la vista. Ve una casucha en venta. Se apea y comienza allí una nueva vida. Así empieza 'La buena suerte' (Alfaguara), la novela que Rosa Montero (Madrid, 1951) ultimó en el confinamiento. Es un «thriller existencial, sin asesinatos y muchos misterios», dice su autora. También una reflexión sobre el bien y el mal, y la necesidad de escapar de nuestras propias vidas.

–Apuesta por las ganas de vivir en tiempos oscuros.

–La terminé antes de la pandemia, que es una cura de humildad para la humanidad, y tiene algo que ver con ella. La revisé en el confinamiento y su protagonista vive casi recluido. Habla de cómo sobrevivir a una catástrofe que te hunde. La vida tiene una tremenda cantidad de oscuridad, y no escatimo las referencias a esa tiniebla. Pero cada vez tengo más claro la inaudita capacidad del ser humano para reinventarse, sobrevivir y renacer como el ave fénix. Es lo que nos ha hecho triunfar como especie hasta convertirnos en un virus para el planeta. Siempre escribo de supervivientes. Todas mis novelas tienen ese tono.

–Cambió el título casi al acabarla, acrecentando ese optimismo.

–Se iba a titular 'El silencio' y el personaje principal era masculino. Pero Raluca, su compañera, un hada realista, se fue comiendo la novela. Empezó a crecer y llegó con el título bajo el brazo, con su capacidad para buscar la luz en las tinieblas, de poner el mundo en marcha una y otra vez tras cada catástrofe, tras cada apocalipsis.

–¿La buena suerte hay que trabajársela?

–La novela viene a decir que la buena suerte depende de ti. Somos una hoja que el azar mueve como el viento. No controlamos nada de lo que nos sucede, pero sí la respuesta que damos a lo que nos pasa. El abanico de elección puede ser diminuto, pero siempre existe. En esa elección nos jugamos la vida, la felicidad y la dignidad. La buena suerte es poder elegir la luz en los momentos más oscuros. No rendirte y seguir luchando.

–¿La vida le ha dado más palos o caricias?

–No hago recuento de los golpes. Sobrevivo y siempre miro hacia delante, como Raluca. Es mi elección. Como todos, cargo una mochila con muchas piedras. Pero no me regodeo en el pasado.

–¿Alguna vez quiso bajase en marcha del tren de la vida?

–Todos tenemos esa tentación y albergamos el sueño de escapar de nosotros mismos.

–Pero pocos lo hacen.

–Esos viajes extremos son mucho más comunes de lo que pensamos._Hay más de 25.000 denuncias de desaparición al año en España. Muchos huyen de sí mismos, cambian de vida, o empiezan de nuevo. Mi protagonista lo hace por pura desesperación, no por valentía. No elige. Es necesidad.

–¿Todos deseamos ser otro?

–Es un anhelo universal en algún momento de cualquier vida. Venimos al mundo llenos de posibilidades. Tenemos sueños e intereses. Pero el tiempo es un jardinero loco que va podando esas otras vidas posibles y nos encierra en la nuestra. Por formidable que sea una vida –Marie Curie, Alejandro Magno–, siempre será más pequeña que el árbol de sueños y vidas posibles que teníamos. Siempre añoraremos las vidas no vividas, los sueños truncados y los universos no explorados.

–Las vivimos en la literatura y el cine.

–Un verso de Roberto Juarroz dice que Dios creó al hombre porque tenía la necesidad de escuchar historias. El ser humano es sobre todo una narración. Somos palabras en el aire en busca de sentido. De eso va la novela: de cómo buscamos narraciones que nos expliquen y de cómo mentimos. Es un thriller sin asesinatos. Un mecanismo de relojería cargado de enigmas, misterios y pistas falsas.

–¿Es más poderoso el odio o el deseo?

–Ahí se andan. En el ser humano la naturaleza impera el impulso afectivo. Entre todos los seres vivos hay más estrategias por colaboración que por depredación. Genéticamente estamos más preparados para colaborar y amar que para odiar y destruir. Kant dice que venimos de fábrica con unos valores morales que nos impulsan a hacer el bien. Por fortuna, parece que los buenos siguen ganando a los malos.