El psicólogo y escritor Edu Galán. / Isabel B. Permuy

«Las relaciones no pueden basarse en el señalamiento y el puritanismo»

Edu Galán, cofundador de Mongolia, critica en 'El síndrome Woody Allen' la deriva social hacia la exacerbación del yo

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTO Madrid

Hace diez años, Woody Allen podía vivir tranquilo: la acusación de haber abusado sexualmente de una de sus hijas adoptivas lanzada por su expareja Mia Farrow había sido archivada por los tribunales. Pero una década después, sin mediar nuevas pruebas, un tribunal cuya sede no está en ningún edificio físico lo ha vuelto a juzgar y lo ha condenado a una especie de muerte civil. El psicólogo Edu Galán (Oviedo, 1980), cofundador de la revista satírica Mongolia, critica en 'El síndrome Woody Allen' (Debate), con el cineasta como metáfora, la «deriva social hacia la exacerbación del yo y de 'mi verdad'» a través de «herramientas proporcionadas por las multinacionales, como las redes sociales los coches y la ropa». Esta deriva «rige las sociedades, pero es un ataque contra las democracias y el Estado de derecho», asegura Galán.

–¿El sentimentalismo ha sustituido a la racionalidad?

–La racionalidad nunca ha estado muy bien vista, y el sentimentalismo ha existido siempre, sólo hace falta ver los movimientos nacionalistas o las religiones. Pero ahora ha dado un paso más y ya no sólo ocupa a los grupos, como ocurría con el nacionalismo, ahora ocupa a las personas. Cualquier persona que se encuentre mal ya puede sentirse víctima, puede 'ofenderse' y callar al otro, aunque éste le demuestre que lo que dice no tiene ningún sentido.

–¿Es posible afirmar que las víctimas no siempre tienen razón?

–Es muy complicado, igual que es complicado denunciar que no vale señalar obras de ficción para denunciar el racismo. Por eso, ya pueden decir que estás en contra de todo el movimiento antirracista. Parece que rechazar una parte del todo es rechazar el todo, y no es así. Me rebelo contra esa idea de reescribir las ficciones desde una perspectiva adanista y sin contexto.

–¿Determinados movimientos sociales nacen con un buen fin y acaban degradándose?

–Hay corrientes del feminismo, como el sufragismo del siglo XIX o el proabortismo, que están bien, pero el #MeToo, por ejemplo, que nace de denunciar una situación injusta, es en realidad un estallido cortoplacista y sentimental a la mínima que rascas. Yo pediría que, si queremos cambios, que sean a largo plazo y materiales. No puede ser que al feminismo lo apoyen el Estado y los poderes bancarios, que son los que perpetúan la discriminación de la mujer.

–Usted advierte contra el peligro de alentar los 'micro': micromachismo, microrracismo...

–Los 'micro' convierten las relaciones humanas en un campo minado en el que se trata no de hacer razonar al otro, sino de convertirse en juez y parte del otro, y señalarlo por un comentario inadecuado como propagador de odio. Así se establece a través del sentimentalismo un sistema judicial informal paralelo que es mucho más duro que el formal porque no hay escapatoria, no hay derecho a la reinserción y los que acusan tienen un arma en su mano, el móvil. Cualquier rutina de la vida, un comentario maleducado contra las mujeres en el bar, puede ser convertida en un crimen contra la humanidad, pero la relación entre humanos no puede basarse en el puritanismo o en el señalamiento.

–Se considera de izquierdas, pero parte de sus críticas van dirigidas a la izquierda.

–La izquierda reaccionaria y la derecha reaccionaria se parecen mucho más de lo que creen. Yo soy de izquierdas, y por eso veo como una tragedia que la izquierda autoritaria se dedique al señalamiento y a ser como la derecha puritana. Y que esto encima se envuelva en el manto de 'hacer justicia' es doblemente trágico porque utilizan causas respetables para actuar como turbas, que encima están alentadas por multinacionales. Yo milito en la izquierda marxista materialista y estoy enfrente de la izquierda identitaria, boba y nacionalista. Bildu es una izquierda nacionalista excluyente que se parece mucho a lo que en la derecha es Vox. Y una parte de Podemos es antiilustrada y antirracional y cuando habla, hay que echar a correr.

-Hace años, lo 'políticamente correcto' parecía exclusivo de Estados Unidos o, como mucho, de los países anglosajones, pero ya están aquí.

-Lo que empieza en Estados Unidos llega a todo el mundo porque la agenda sentimental la marcan multinacionales norteamericanas. Estamos instalados en el discurso de 'qué viste ayer en Facebook, en Twitter, en Netflix'. Y todo eso es propio de un país protestante, con un sistema económico muy potente, que al final cala en Europa, que tiene una visión católica del mundo. Yo creo que, en general, la ideología que viene de Estados Unidos es repugnante. Allí todo es 'auto', autorreferente, autoralizador, autodeterminante, autoemprendedor. En el que momento en que abandonamos la comunidad y nos quedamos en el individuo solitario nos perdemos.

-Mongolia ha sido parte importante del debate en España sobre los límites del humor.

-La gente está obsesionada por poner límites al humor. El humor está dirigido a adultos, a veces es grosero y violento, y sus límites se encuentran en el Código Penal. Al que no le guste algo, que cambie de canal,que es lo propio de una sociedad liberal y democrática, salvo que su objetivo sea victimizarse. Todo el mundo debe asumir la buena intención del humorista. Otra cos es que el chiste te parezca de mal gusto, o que le pueda sentar mal a alguien, pero el Estado no debería ser empático con alguien a quien le siente mal un chiste. El Estado no debe intervenir en la ficción, otra cosa es que alguien vaya a la casa de una víctima y la acose. Yo entiendo el horror que han pasado todas las víctimas, las de ETA, las del franquismo, las del islamismo, pero establecer medidas de represión para los chistes abre el camino al autoritarismo.