'Una sala del hospital durante la visita del médico en jefe', de Luis Jiménez Aranda. /MUSEO DEL PRADO

'Una sala del hospital durante la visita del médico en jefe', de Luis Jiménez Aranda. / MUSEO DEL PRADO

El Prado reordena su colección del XIX

El museo concede mayor presencia al arte femenino y apuesta por el realismo social para modernizar su discurso

Antonio Paniagua
ANTONIO PANIAGUA Madrid

Más obras, mayor presencia de mujeres artistas, especial dedicación a las miniaturas y las artes decorativas, un solo espacio dedicado a los retratos y autorretratos e incorporación de la pintura social. Estas son algunas de las novedades que incorpora el Museo del Prado a sus salas del siglo XIX, a las que se ha dotado de un nuevo discurso museográfico. La pinacoteca recoloca sus obras decimonónicas para ofrecer una narrativa coherente con los nuevos tiempos y modernizar un plan que había envejecido mal y databa de 2009.

A la vez que los cuadros conectan con el arto predecesor, se hace un esfuerzo por dotar de un continuidad a las piezas del XIX y las del XX. Con 275 obras, frente a las 170 del montaje anterior, la nueva disposición realza la espectacularidad de la pintura histórica. Con el transcurso de los años, ese tipo de arte cayó en decadencia y fue reemplazado por el pujante realismo social, que estaba ausente de la exposición permanente. Un ejemplo de esa nueva corriente es Joaquín Sorolla, que comparece con '¡Aún dicen que el pescado es caro!'.

Para el director de la institución, Miguel Falomir, mención especial merece la pintura filipina, «una manifestación artística única en el mundo». «Filipinas es el único país asiático con tradición pictórica occidental, de la que el Museo del Prado posee una excelente colección que ahora es cotizadísima en las subastas», argumenta Falomir. Los conservadores han hecho una pequeña selección que incluye obras realizadas en Filipinas y otras pintadas en Europa, entre las que sobresalen las firmadas por Juan Luna y Novicio.

De los 130 autores representados, 13 son mujeres, cuya obra se expone no en un espacio 'ad hoc', sino que se ha ido integrando de modo natural en las salas que les corresponden. Antoinette Brunet, Teresa Nicolau, Marcela de Valencia, Sophie Liénard y Ana María Mengs son, entre otras, algunas de las mujeres que emergen del anonimato.

Cosmopolitismo

La nueva ordenación contextualiza el arte español y lo pone en relación con la actividad de sus colegas europeos No en vano, 37 autores son extranjeros, como Paul Baudry, Jean-Louis Ernest Meissonier, Rosa Bonheur y Franz Lenbach, exponentes del arte cosmopolita europeo. Es un viaje de ida y vuelta, pues Martín Rico y Raimundo Madrazo desarrollaron su carrera profesional en París, el primero trabajando el paisaje y el segundo el retrato.

De 'Las pinturas negras' de Goya, alojadas en la sala 67, se pasa a la mirada del pasado nacional. El recorrido por las 15 estancias del ala sur del edificio de Villanueva, que ocupa unos 1.600 metros cuadrados, ofrece diálogos entre autores, pinturas y esculturas. G oya y Madrazo dialogan con estilos opuestos y hasta contradictorios. Dos maneras de abordar la historia. El dueño de la Quinta del Sordo muestra la ferocidad y la violencia en 'La carga de los mamelucos en la Puerta del Sol', nada que ver con la grandiosidad monumental de 'La muerte de Viriato, jefe de los lusitanos', pintada por Eduardo Madrazo.

La gran galería abovedada, donde se ubica la sala 75, da cabida a la pintura histórica con obras de gran formato. La contemplación de estos lienzos se enriquece con la vista de una docena de bocetos que ilustran el proceso creativo de algunas de las obras más relevantes. En este capítulo concurre una pieza con un material no habitual, la cera policromada. Se trata del modelo del sepulcro de Colón en la catedral de Sevilla, realizado por Arturo Mélida.

Artistas como Mariano Fortuny y Eduardo Rosales consolidan su representación en la renovación museográfica. Así, se muestran con toda su magnificencia 'Doña Isabel la Católica dictando su testamento', una obra que influyó poderosamente en otros pintores como Lorenzo Vallés, quien sintió el peso de la herencia de Rosales al acometer 'Demencia de doña Juana de Castilla'.

De Rosales se da cuenta de su tránsito desde los modelos iniciales del Renacimiento al realismo moderno, para acabar con unas composiciones mucho más abocetadas y una pincelada amplia y muy expresiva. La distinción de su rostro le convirtió en modelo para otros artistas, como ocurre con el Cristo yacente de Agapito Vallmitjana. «La pintura histórica tiene mucho mayor importancia. Puede gustar o no, pero quien la veo tiene que reconocer que posee un interés especial». Arguye Falomir.

Como apunta Javier Portús, jefe de conservación de Pintura Española hasta 1700, G oya está muy presente porque en los 28 años que vivió en el siglo XIX su obra alcanzó toda su insularidad. A las sombrías y enigmáticas 'Pinturas negras' les suceden algunos bodegones. Y al terminar la Guerra de la Independencia Goya fue un pintor muy demandado como retratista, incluido el propio Fernando VII, que había restituido su poder absoluto.

Miniaturas

Otro apartado importante lo constituye la irrupción del neoclasicismo. Este estilo, que abarca el primer tercio del siglo XIX, está representado con lienzos de José Aparicio, Juan Antonio Ribera o José de Madrazo. En esta misma sala hay una vitrina con 40 miniaturas, cinco de ellas obras femeninas, entre las que destaca 'La amabilidad', una aguada sobre marfil de Marcela de Valencia adquirida por el Prado en abril de este mismo año.

Los cuadros no conviven entre apreturas, salvo una sala. E s la dedicada a los retratos y autorretratos, con 54 piezas que se agrupan de manera abigarrada. «Es un modo de parnaso pictórico y escultórico», alega Falomir. La estancia está ilustrada con imágenes de los principales artistas del siglo XIX y de todos los directores del Prado en el siglo XIX.

En la última parte del recorrido ganan relevancia las obras de Joaquín Sorolla. A parecen también Regoyos y modernistas como Hermen Anglada-Camarasa y una de sus discípulas, María Blanchard, que se incorpora así a la colección permanente del Prado.