El barítono español Carlos Álvarez, en la escenografía de 'Un ballo in maschera', en el Galdós. / COBER

«La ópera está de actualidad porque el ser humano nunca cambia»

El cantante es uno de los atractivos del elenco de 'Un ballo in maschera', que este jueves y el sábado se representa de nuevo en el Teatro Pérez Galdós.

Victoriano Suárez Álamo
VICTORIANO SUÁREZ ÁLAMO Las Palmas de Gran Canaria

Carlos Álvarez es uno de los barítonos más reconocidos del panorama lírico desde hace décadas. Este jueves protagoniza la segunda función de 'Un ballo in maschera', a partir de las 20.00 horas, con el también prestigioso tenor mexicano Ramón Vargas y la soprano Rebeka Lokar, en el Teatro Pérez Galdós de la capital grancanaria. El sábado, a la misma hora, se despide este título de la temporada de los Amigos Canarios de la Ópera.

-¿Cómo afronta el Renato de este 'Un ballo in maschera'?

-Forma parte de esa alta sociedad de Boston que tiene responsabilidades, pero al final es un hombre que se siente traicionado por su amigo, el gobernador, y por su esposa, de la que pensaba que era fiel. La traición a veces genera unos sentimientos y actitudes que son terribles tanto para los demás como para su propia vida. El mundo de la ópera está siempre de actualidad, porque el ser humano no ha cambiado en su forma de comportarse desde hace 30.000 años. Renato, una vez que sabe que su mujer es infiel, le dice que le permite que vaya a ver a su hijo porque no será en él en el que se vengará. Hoy en día se habla de la violencia vicaria y en aquellos días ya era una realidad, por desgracia. El mundo de la ópera nos permite reflexionar y en este personaje aún más. Los barítonos, las voces graves, siempre se identifican con el poder, la rectitud y el honor, lo que nos obliga a hacer introspección. Si trasciende al público está muy bien.

«Cantando Renato no te puedes dejar llevar, obliga a una máxima atención a sus intenciones»

carlos álvarez

-¿Desde un punto de vista vocal es complejo este rol?

-Es de una complejidad menor dentro de los papeles verdianos. Tenemos la ayuda de la música, que es maravillosa, pero obliga a demostrar ira, emoción, deseo... todas las emociones del ser humano. Pero la escritura está muy bien hecha. El propio Verdi era barítono. Cantando Renato no te puedes dejar llevar, te obliga a una máxima atención a sus intenciones y a sus dificultades vocales. No hay reposo en ningún momento sobre el escenario.

-¿Una de las claves para un buen cantante profesional consiste en estar atento a la parte técnica pero a su vez dar vida con naturalidad a las emociones?

-Es lo que te convierte en un profesional. Si desde fuera te dicen que parece fácil, se trata de un gran piropo. Porque no es fácil. El canto lírico es lo más artificioso que te puedes encontrar. Nadie va por la calle cantando agudos. Las implicaciones técnicas son muy importantes. Lograr que la emoción traspase esa cuarta pared y sea recibida por el público mientras mantienes el control obliga a un gran trabajo de interpretación.

-¿Está cómodo en este montaje con Rebeka Lokar, Ramón Vargas y el resto del elenco?

-Con Rebeka y con Judit es la primera vez que canto. Al resto, menos a los canarios, sí que los conozco. A Ramón Vargas, de toda la vida. Él lleva 40 años trabajando y yo llevo 33. Hemos tenido la oportunidad de encontrarnos por el mundo muchas veces. Miguel Ángel Zapater y yo nos llamamos los hermanos Karamazov, porque llevamos trabajando juntos desde hace muchos años. El ambiente ha sido casi familiar y las buenas relaciones entre nosotros logran que el público vea el montaje con una mayor naturalidad. La mayor dificultad es ser el malo en la historia y tratar mal a mis amigos sobre el escenario (risas). Además, contamos con un director musical que nos mima desde el foso y logra que todo tenga un sentido dramático. Lo que sucede sobre el escenario tiene que ir de la mano siempre de la orquesta. Si hay separación, el público percibe que algo no funciona.

-¿Se siente más cómodo en funciones que van a favor de la partitura y respetan la tradición desde un punto de vista contemporáneo que en las apuestas más rupturistas y de vanguardia?

-Me gusta la transgresión, pero tiene que ser muy inteligente. Tenemos que contar bien la historia. Por el hecho de que el ser humano sigue comportándose igual, puede ser atemporal. Lo que no hay que hacer es inventar historias paralelas ni añadir cosas que distan mucho de la obra original. En Viena, donde se hace función todos los días, tengo la idea de hacer ópera de forma tradicional y otra más transgresora, con el mismo reparto, para ver la que el público elige. Tengo la certeza de que el público se decantaría por la tradicional. En la transgresora puede que vaya alguien por primera vez y no la entienda. Si tienes función todos los días, te puedes permitir el lujo de hacer cosas distintas. Mientras nosotros tengamos una ópera cada cierto tiempo, hay que ser cuidadoso. Hay que mimar al público y ser cuidadosos. Además, ¿quiénes somos nosotros para enmendarle la plana a un compositor y libretista? Ser honestos con la partitura es lo más moderno. Los que vengan a ver estas funciones al Pérez Galdós se encontrarán con una escenografía que no es nada barroca ni artificiosa y que explica perfectamente lo que está sucediendo.

-¿Se ha visto en montajes en los que ni siguiera usted acababa de entender el enfoque?

-No. Siempre que estás dentro lo entiendes, porque te lo han explicado. Pero eso conlleva que hay que explicárselo al público. Si en el libreto se incluyen dos páginas para explicar la dirección de escena, el montaje no funciona. Las artes escénicas tienen que impactar directamente, aunque el público de la ópera hace un esfuerzo de interpretación cada vez que viene al teatro.

-¿Cómo ha llevado estos dos años de pandemia, ha conseguido trabajar?

-Sí, he sido un privilegiado. Tres meses después del confinamiento, en junio de 2020, ya estaba trabajando y desde ahí, algunas cosas se han caído, pero los contratos y compromisos cancelados en Alemania contaron con una compensación económica. En España no sucedió, lo que significa que tenemos que recorrer un amplio camino para estar a la altura de lo que se percibe como cultura en Centroeuropa.

-El gran logro español fue mantener los teatros abiertos durante casi toda la pandemia, a diferencia del resto de Europa y el mundo.

-Sí. Fue un gran esfuerzo por parte de todos y fue una cuestión de supervivencia. Hubo un grave problema. Cuando se debatía sobre si se abría o cerraba, me encontré en un concierto de La Coruña donde en el público había menos gente por las restricciones sanitarias que en el avión en el que volé. Hubo una identificación terrible entre cultura y ocio. La cultura puede ser ocio, pero un bar no puede ser la ópera.