Teresa Berganza./EFE

Teresa Berganza. / EFE

Teresa Berganza, la pasión de cantar

Muere a los 89 años la genial mezzo madrileña, que solo echaba en falta haber gozado en vida de los amores que interpretó en escena

CÉSAR COCA

Fue Zerlina, Dorabella, Dido, Charlotte, Rosina, Cherubino... y sobre todo Carmen. Vivió y cantó en los mejores escenarios del mundo los más grandes amores, los más apasionados y los más trágicos. Ycuando dio por terminada su carrera confesó que solo echaba en falta haber gozado en la vida real de esas pasiones inmensas, desbordantes, inacabables, que los compositores de un par de siglos antes habían escrito como si estuvieran pensando en ella. La mezzosoprano madrileña Teresa Berganza, seguramente la mejor Carmen que ha habido nunca, por encima incluso de Maria Callas, ha muerto a los 89 años. Lo anunció ayer su familia, varios días después del fallecimiento, como ella había pedido. En el comunicado, la gran diva se despide:«No quiero anuncios públicos, ni velatorios ni nada. Vine al mundo y no se enteró nadie, así que deseo lo mismo cuando me vaya».

Teresa Berganza nació en Madrid en 1933, tres años antes del inicio de la Guerra Civil, de la que guardaba unos recuerdos necesariamente fragmentarios. Al acabar la contienda, su padre estuvo en prisión por republicano y ella aún conservaba la imagen de las visitas que le hacía a la cárcel. Pese a los apuros económicos de la familia, pudo estudiar canto con Lola Rodríguez Aragón. Antes había querido ser monja –incluso llegó a estar un par de semanas en el convento– y pianista. Sin haber cumplido los 20 años, para ganar un dinero con el que poder completar sus estudios, cantó con Juanito Valderrama y Juanita Reina e hizo películas con Carmen Sevilla. Luego llegaron los grandes éxitos con los mejores directores:Solti, Karajan, Abbado, Maazel, Kubelik. Su repertorio nunca fue muy grande porque sabía que eso era lo mejor para su voz, pero transitó del barroco al bel canto y de ahí al romanticismo. Era además una estupenda actriz, y lo demostró en un 'Don Giovanni' que puso en escena el director de cine Joseph Losey.

Viajes y familia

Se casó dos veces, la primera con el pianista Félix Lavilla, con quien tuvo tres hijos. Con frecuencia, viajaba con los cuatro, y en ocasiones hasta con la niñera, por lejana que fuera la gira. «Yo he hecho seis funciones en el Metropolitan de Nueva York y al volver solo traía 100 dólares porque todo lo que me habían pagado me lo había gastado en el hotel y los aviones», contaba. Y se reía al recordar que iba siempre con muchas maletas porque llevaba incluso unos cortinones negros que le había cosido su madre y que colgaba para tapar las ventanas e impedir que la claridad le quitara el sueño. Si no dormía bien, su voz se resentía, y su perfeccionismo obsesivo no se lo permitía.

Fue también lo que le llevó a cancelar no pocas veces sus actuaciones. «Me llamaron 'Madame Cancellation'», decía, y aseguraba que no cantar cuando no estaba en las mejores condiciones era lo que le había permitido tener una carrera tan larga.

La tuvo sin formar parte de ningún clan de los que son tan habituales en la ópera. Fue, eso sí, muy amiga de las figuras más icónicas del momento, como Callas y Karajan, quien sin embargo la criticó la primera vez que trabajaron juntos para rendirse luego ante su voz. Fue siempre sincera, castiza y moderna a la vez. Tardó en ser reconocida en España pero luego recibió premios y homenajes y fue la favorita de los aficionados. Grabó 200 discos pero no se emocionaba con ninguno. Era en la escena donde derrochaba pasión. «A mí lo que me gusta es hacer el amor con el público», solía decir.

A diferencia de lo que es tan habitual en su gremio, se retiró a tiempo para evitar arrastrarse por los escenarios dando lástima a sus seguidores. Luego dio clases en las que advertía a las jóvenes cantantes de los peligros de abordar papeles para los que la voz no está preparada y ampliar el repertorio para satisfacer a los sellos discográficos. Desde la atalaya de la madurez, contemplaba el mundo con serenidad, preparándose para la ancianidad y la muerte. «Nunca he tenido miedo al futuro porque sabía que iba a ser malo», confesó.

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