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Imagen de archivo de Víctor Álamo de la Rosa. C7
El mero Pancho y su hogareña pandilla
Opinión

El mero Pancho y su hogareña pandilla

«La bonita ilustración de la cubierta puede presuponer que este libro solo tiene como destinatario un público juvenil. Esta suposición es un error si, por culpa de ella, los adultos renuncian a esta novela».

Victoriano Santana Sanjurjo

Viernes, 24 de mayo 2024, 23:06

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De todas las literaturas habidas y por haber, sostengo sin titubeos que la más difícil es aquella que tiene por objeto entretener con la finalidad de captar receptores entre el público infantil y juvenil, que tiene muy claro que solo va a sonreír si lo que se le ofrece empuja a ello, que dejará a un lado aquello que le estorbe y que acogerá con curiosidad cuanto le atraiga. Por eso, alabo a quienes son capaces de sacar adelante proyectos editoriales como el que ahora nos reúne en este humilde artículo: 'La pandilla del mero Pancho' de Víctor Álamo de la Rosa.

¿Sus virtudes? Lo que demuestra como producto lingüístico sujeto a los dictámenes de la función poética del lenguaje; y como pieza sociológica e ideológica que gira alrededor de la venturosa idea de que un mundo mejor es posible; y como instrumento educativo para descubrir que todo está interrelacionado y que los sentimientos y el conocimiento han de estar arropados por los educadores con independencia del entorno al que pertenezcan; y como composición que, en sus diferentes niveles interpretativos, al menos para quienes estamos al tanto de su trayectoria literaria, admite la detección de vetas, de filones, que conducen a percibir la trascendencia de esta propuesta creativa como punto de inflexión en el devenir poético de nuestro monumental escritor, pues supone un regreso a El Hierro, pero no al mítico que nos ofreció durante veinte prodigiosos años (1991-2011), sino al que representa una isla que ahora surge reformulada desde la visión afectuosa de un niño que, trasunto en ocasiones del autor, se desenvuelve en los mismos parajes donde se ambientaron sus obras más célebres y donde vivió los instantes vitales más determinantes de su infancia y adolescencia. Es inevitable percibir cómo un dulce aroma autobiográfico impregna unas hojas que constituyen, desde el enfoque con el que yo articulo mi visión del libro, una suerte de renacimiento; de vuelta al comienzo, de retorno a la que él siempre ha sostenido que es la isla al principio.

Portada del libro.
Portada del libro. C7

La obra que nos convoca ahora tiene un fallo (curioso yerro, sí, pero…): que todo el planeta Tierra, tras contemplar la bonita ilustración de la cubierta realizada por Juan Castaño, puede presuponer que este libro solo tiene como destinatario un público juvenil. Esta suposición es un error si, por culpa de ella, los adultos renuncian a esta novela. Es una trágica confusión equivalente a pensar que 'Alicia en el país de las maravillas', 'El mago de Oz' o 'La historia interminable' son títulos exclusivos para jóvenes. Aunque se comenzara a componer tomando en consideración un público concreto, lo cierto es que, con el desarrollo de la escritura, los destinatarios de 'La pandilla del mero Pancho' han ido aumentando hasta el punto de que, al final del proceso, se hace ineludible concluir que, como ocurre con los clásicos señalados, es esta una obra para todos los públicos. ¿Por qué? De entrada diría que es porque nos reconocemos en sus páginas y, de un modo u otro, nos identificamos con todos los matices del vocablo que nos envuelve con calidez durante su lectura: hogar.

Si nos fijamos en lo que nos muestra el índice del libro, lo primero que debería captar nuestra atención es cómo, entre dos sumas que conforman la «nada» y el «todo», se insertan nueve capítulos cuyos enunciados empiezan igual: «Un hogar con…». ¿Qué es la «nada»? La desunión. La distancia. La dispersión. El no tener un punto fijo de referencia vital. Un matrimonio ha decidido que se va a separar. Después de una convivencia en la que, como nos cuenta el narrador, sus integrantes han intentado disimular sus desavenencias, concluyen que lo mejor es la separación y deciden comunicárselo a su hijo. Él, que ha sido testigo y víctima del mal ambiente y de las fisuras en la relación de sus progenitores, declara que no es un «niño nada», que tiene su vida y que está al tanto de lo que pierde ante la coyuntura de tener que vivir en dos casas; y lo sabe porque conoce el significado de la voz «hogar», que lo es todo.

Los variados sentidos con los que se proyecta el mágico término me permiten ver en La pandilla del mero Pancho una suerte de diccionario muy especial compuesto por un solo lema al que acompañan muchos significados. «Hogar» es la ayuda de un pueblo marinero con los pesqueros que se juegan la vida para traer el sustento a sus casas y, por extensión, la de todos los pueblos a todos los suyos; y la solidaridad colectiva con quienes vienen del mar (o de donde sea) buscando una vida mejor; y la integración en la comunidad de cuantos, de manera unívoca, la componen con independencia de su condición sexual, religiosa, racial o de su procedencia; y la defensa sin cortapisas de los más débiles y vulnerables; y el respeto por el pasado, tanto próximo como remoto; y la protección de nuestro patrimonio, sea o no tangible; y la vinculación física y espiritual con la naturaleza, y con el mar y la tierra que nos alcanzan… Y con la Tierra, con el planeta, que representa la totalidad de lo que somos y que viene a simbolizarse en las formas de la isla del principio y, de algún modo —por eso de la esfericidad terrestre—, del final: El Hierro. «Hogar» es el gran abrazo de la humanidad que es consciente de que, como habitantes de ese pálido punto azul que flota en medio de la vastedad cósmica, solo la hermandad nos permitirá la supervivencia. Humanidad, hermandad, habitantes… voces con hache de «hogar».

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