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'Puerto de amar'

'Puerto de amar'

«Ha construido su puerto con materiales tan duraderos como la naturalidad, lo cotidiano, la música, el mar y el juego constante con la palabra».

Felipe García Landín

Domingo, 4 de febrero 2024, 22:41

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A Marcos Hormiga lo conocí cuando nos iniciábamos como docentes en el Instituto Domingo Rivero en Arucas y lo recuerdo recitando sus poemas e improvisando décimas, romances y polcas con ingenio y sentimiento. Su decir evocaba un paisaje de aulagas y viento que terminaban por hacernos a todos los que lo escuchábamos un poco majoreros, porque «en verdad que todos somos un poco Fuerteventura» como certificara Pedro García Cabrera. Después he sabido de él por sus libros. Desde 'Poemas de Pe a Paz' de 1990 hasta este 'Puerto de amar' (Mercurio, 2023) no ha dejado de escribir poesía aunque administrando los tiempos de publicación, lo que le ha permitido dedicarse a la investigación y a la narrativa. Su novela 'La Hijuela', tremenda narración sobre un suceso real, es uno de esos textos imperdibles por los hechos narrados, por la técnica narrativa empleada y por su particular lenguaje.

En 'Puerto de amar' nos ofrece un conjunto de poemas con intención de ser una obra redonda, esto es, coherente y congruente. Así lo pone de manifiesto el autor en la breve presentación en la que, indirectamente, deja constancia de la ardua selección de entre sus últimos poemas para construir este puerto poético, cuyo título es un evidente juego de palabras. El puerto de mar se convierte en puerto de amar, aunque el poeta podría haber optado por puerto de amor. Es el puerto un espacio para el embarque y desembarco. Es lugar de amarre de las embarcaciones y por supuesto sirve de abrigo. El puerto nos traslada a canciones y leyendas de amores, no exentas de reyertas y mitos, que dejan constancia de la fugacidad de la vida y del amor, ese sentimiento intenso hacia otra persona y por tanto concreto.

'Puerto de amar', sin embargo, es una abstracción, un concepto, una idealización en la que caben «niñas memorias, chiquitos recuerdos». El puerto es lugar de entrada, el umbral de la casa y para Hormiga es la infancia, es la memoria y la identidad. La existencia es una navegación constante y tener un puerto de amarre donde echar raíces da seguridad en la travesía. El poeta es el timonel que, bajo «un aguacero de vocablos/ tripulantes», nos habla «de aquellas cosas nacidas de unos versos» que mostrarán al poeta desnudo: «Has de saber quién soy». Para ello este puerto poético se divide en seis zonas de atraque.

La primera funciona como preámbulo para defender la creación poética y la posterior confesión, «en un instante transcendente», para el amarradero del poeta y los lectores. La infancia y la familia constituyen la segunda parte que es un canto al mar niño, al verano preñado de «juyones recogidos» en «charquitos mareados» donde la memoria es el timón que llevará al poeta por un lugar de aguaje límpido como el niño que fue, hasta que llegaron las reglas y con ellas la pérdida de la inocencia, el miedo, las afrentas, los golpes. La barquilla del padre y «el mundo de madre» quien «cosía cualquier tiempo,/ remendaba la vida» en un mundo «de espacios graves, /cerrada,/ ardida de tristeza». Madre es isla, que arrastra una sombra de cándida carencia y resiste «resignada con recelo/ a su buena estrella». En la memoria permanece la casa vieja, el hogar de generaciones; el pasado, la emigración, la guerra, el destierro. La casa solariega perdura en la memoria pero, ironías del paso del tiempo, tiene un nuevo dueño y ahora es un moderno restaurante. La vida se abre paso con el nacimiento del hijo «sobre manos de espuma sobre un hombro dispuesto/ al peso del mañana de todos los mañanas».

La tercera parte se sitúa en el muelle dedicado al tránsito para las personas: la emigración, hombres de ida y vuelta, poetarios banderizos del verso desangrante.

En la cuarta prevalece lo cotidiano y las pequeñas luchas diarias para mantenerse en pie. La quinta navega por la vida sencilla, contemplativa en los momentos de intimidad, que le permite al poeta reflexionar sobre el paisaje; la isla encerrada en Tindaya, esa piedra preñada de sí misma apuntando hacia el cielo; el amor y la infancia.

Toda una mirada introspectiva llena de juegos poéticos con el endecasílabo y el soneto. El poeta niño juega con las palabras y los sonidos para reafirmarse que la patria es la infancia en este puerto en el que el amor es «un pez que danza, aguaje en leva, piélago/para sentirnos dos de un mismo cuerpo».

La sexta parte funciona a modo de epílogo en el que el poeta cavila sobre la existencia, sobre el ser y estar hoy en el mundo. Y vuelta a la infancia para constatar que estamos hechos de recuerdos. Somos recuerdos, palabras, miradas, sabores, amigos. Lo que permanece, como el mar.

Aquel mar de la infancia de Tomás Morales es en Hormiga un mar niño, un mar vivido y sentido, familiar, íntimo; un mar interiorizado al que regresa el poeta hecho aquel chiquillo de orillados recuerdos. Ese mar —mar insoluble, remoto mar que es puerto— al que siempre regresamos. El mar es el hilo conductor de estos poemas determinados por el recuerdo y el paso del tiempo. Es el mar camino penoso para la emigración, un mundo ideal para la infancia, un lugar tenebroso, un pasaje para la libertad. El mar como metáfora, como alegoría y como símbolo, pero siempre real porque es humano. Este mar humanizado, que dentro de nuestros ojos es espejismo de estaño y reflejo del delirio, rodea la cintura y expande la frontera de todas las islas en un mismo ideal. Y siento que la mirada de Juan Ismael se refleja en algunos versos de este puerto en el que atraca nuestro devenir existencial marcado por los recuerdos de la infancia. La palabra poética conforma un mundo que se hace humano gracias a la memoria que construye tramas afectivas.

Marcos Hormiga hace una poesía enraizada en el pequeño y cotidiano mundo isleño que, como su casa en el poema 'Cuarentena' —en perfecto alejandrinos—, es más que un lugar en el mundo, es un mundo en la isla, es el hogar. Un mundo donde el caos está desterrado, aunque no faltan ciudadanos crueles a los que les «gusta pensar que el mal resuelve» y «justifica el terror».

El poema también es un mundo, un mundo en orden, organizado; por tanto, seguro y abierto. Marcos Hormiga ha construido su puerto con materiales tan duraderos como la naturalidad, lo cotidiano, la música, el mar y el juego constante con la palabra, en perfecta armonía con el pensamiento que marca la cadencia.

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