Luna Bengoechea indaga sobre la demanda de exportación de la quinua en Bolivia. / Juan Carlos Alonso

Historias de grano, adobe y vida

La Fundación Francis Naranjo estrena en su sede del Castillo de Mata tres exposiciones individuales que representan un cruce de caminos entre lo ancestral y la supervivencia

David Ojeda
DAVID OJEDA

Tres exposiciones individuales unifican su relato a través de la nueva programación de la Fundación Francis Naranjo, que estrena propuesta en el Castillo de Mata con la ocupación de tres de sus salas por los artistas Ricardo Zamora, Luna Bengoechea y Liliana Zapata. Tres instalaciones que narran desde orígenes particulares historias de adobe, grano y vida.

Para Francis Naranjo, en el corazón de esta triple exposición hay una forma de subrayar el vínculo existente entre Canarias y América Latina. Algo que al menos se representa en la procedencia de los artistas que exponen, con un pie en cada lugar.

Ese encuentro, casualmente, desemboca por duplicado en Bolivia. Allí se originó A cuánto está la libra, la obra de la canaria Luna Bengoechea; y de allí también nace Wasichakuy, la instalación de la boliviana Liliana Zapata. Por su lado, Zamora es originario de Chile, aunque hace muchos años que vive a caballo entre Berlín y Gran Canaria.

Estas exposiciones podrán visitarse desde este viernes en el Castillo de Mata y durante los fines de semana en los que estén expuestas al público -está programada hasta el 4 de octubre- se organizarán una serie de visitas guiadas, ajustadas a las restricciones de aforo que impone la pandemia e impiden que haya un acto de inauguración tradicional.

Tras el paso de las semillas

Luna Bengoechea estrena en Las Palmas de Gran Canaria un proyecto con el que tiene una larga relación. Concretamente seis años: «Es una reproducción de un proyecto que hice en 2014 cuando estuve en residencia en La Paz. Cuando llegué empecé a investigar sobre la producción de la quinua, porque en aquel momento el país era el mayor exportador del mundo. El 90% de esa producción era para exportar, y me confrontaba mucho el hecho de que fuera tan difícil acceder a un grano que durante muchos años fue el alimento básico debido a la demanda externa», incide delante de su creación.

Bengoechea creó su intervención en la misma cumbre andina. Y allí, con el grano, dibujó una alfombra que representa un billete de cinco euros. «Como si fuera de sal, como en el corpus christi. Decidí hacerla en la cumbre andina, que es un lugar con una carga ritual muy fuerte. Me parecía el lugar idóneo para hacer esta alfombra, que es efímera, orgánica, no genera residuos y simbólicamente es una ofrenda de devolver a la tierra ese producto que sale de ella», relata.

Hasta llegar a la alfombra, Bengoechea hizo una inmersión en el origen del producto. Una investigación a fondo que iba desde el contacto con las agricultoras indígenas hasta los empresarios exportadores. «Utilicé la iconografía del billete de cinco euros, y el puente, que aparece en los billetes, como nexo con ese mercado globalizado. Es un neocolonialismo, ya no hace falta invadir para hacerte con todas las riquezas de un país», remata.

Ricardo Zamora, / Juan Carlos Alonso

Historias comunes

Ricardo Zamora sabe bien la historia que está contando. Su instalación se divide en varias partes y se apoya en poemas como el icónico La Maleta de Pedro Lezcano o cita a Dulce María Loynaz. Es la historia de la migración. Tan presente en nuestros días como en nuestra genealogía. «Yo salí de Chile durante la dictadura y se muy bien lo que es ser emigrante», indica.

Zamora comparte su vida entre Berlín y Gran Canaria. «Es muy curioso porque en Alemania apenas se quiere hablar de ello, pero aquí es algo que está latente. Y si hablas con alguien siempre tiene un antecedente en su familia que tiene que ver con Venezuela o Cuba», añade.

En El germen del si_no Zamora reflexiona desde distintas perspectivas sobre la fragilidad del migrante. Un aspecto que le llevó a esta reflexión fue encontrarse con la vaina caída de un flamboyán y la pregunta inmediata de cómo llegaría hasta ahí un árbol que no pertenece a ese lugar. Incluso en esa vaina ve la forma de una patera. «Por eso también hago una similitud con el huevo, frito, si se cae se rompe», dice.

Liliana Zapata. / Juan Carlos Alonso

El tejado

Liliana Zapata presenta Wasichakuy, una obra que nace de una palabra andina que se utiliza para el ritual comunal de poner el tejado a las pequeñas casas de adobe de esa zona. «Son estancias pequeñas que sirven básicamente para descansar y el resto del tiempo se pasaba en comunidad. Estas casas están quedando abandonadas. Encontré una en un pueblo y decidí hacer la réplica. Todo el proceso de construcción está lleno de rituales, se hacen también en comunidad».

Zapata estima que estos procesos colectivos toman nueva vida «con estos estallidos sociales que se están dando en Latinoamérica que demuestran que estar en comunidad es importante».