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Montaje sobre Herman Steiner y el ajedrez, Sr. García
Herman Steiner, el ajedrecista que enamoró a Hollywood
Cuentos, jaques y leyendas

Herman Steiner, el ajedrecista que enamoró a Hollywood

Estrellas como Charles Boyer, Billy Wilder o Humphrey Bogart encontraron el lugar perfecto para jugar

manuel azuaga

Málaga

Sábado, 7 de enero 2023, 21:02

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30 de mayo de 1937. Dos amigos viajan por carretera tras participar en el torneo anual que enfrenta a los mejores ajedrecistas del norte y del sur de California. Los dos amigos son miembros activos del Hollywood Chess Club. Conversan acerca de las partidas. El conductor es Herman Steiner, fundador del club de ajedrez de Hollywood, editor y periodista. Steiner juega en el tablero número uno. Está radiante. Ha vencido a Adolf Fink, el ajedrecista más fuerte de San Francisco, varias veces campeón del estado. Toman la autopista sur de Ventura. Es la ruta más corta hacia Los Ángeles.

De repente, el vehículo choca frontalmente con otro coche. Steiner resulta gravemente herido. Su amigo se lleva la peor parte. Muere en el acto. Se trata del doctor Robert Griffith, de 60 años, eminente cirujano entre celebridades y estrellas de cine. Por un tiempo, Griffith fue el médico personal de la actriz Mary Pickford y de Charles Chaplin. El día del accidente Steiner tiene 32 años. Sufre un golpe seco y violento, pero, al fin y al cabo, tiene suerte. Nace de nuevo. Su vida, desde el fogonazo previo al impacto, desde la extraña lucidez terminal, será la vida de un ángel. O la de un héroe.

Hablemos en pasado. Steiner nació en la primavera de 1905 en Dunajská Streda, una ciudad húngara (hoy eslovaca) a orillas del Danubio. Los padres de Steiner eran judíos. En 1921 decidieron poner todo un océano de por medio en busca de paz y un mejor futuro en Nueva York. Herman tenía entonces 16 años. Para ganarse el pan, el chico empezó a boxear. El periódico 'California Chess Reporter' describe que «se hizo experto en el varonil arte de la autodefensa». También jugó al ajedrez. Su estilo de juego seguía la línea marcada por Morphy, Pillsbury y Marshall, la triada mágica de grandes jugadores románticos estadounidenses. En realidad, Steiner entendía el tablero como un ring. Desplegaba un ajedrez directo, agresivo, como si observara a través de una mira telescópica y una retícula, a la caza constante del rey enemigo. Fuera del tablero, sin embargo, era un tipo afable, apuesto, muy hábil en las distancias cortas. Siempre bien peinado, con flequillo a lo Clark Gable y un bigote de época.

Talento más que prometedor

El 7 de marzo de 1924 el campeón del mundo José Raúl Capablanca ofreció una exhibición de simultáneas en el Brooklyn Chess Club contra treinta y tres tableros. Steiner fue uno de los cuatro rivales que lograron vencer al cubano. Los periódicos confundieron el nombre y le anotaron la gesta a «S. Steimer», pero fue Herman quien demostró que tenía un talento más que prometedor. En el verano de 1928 Steiner representó a Estados Unidos en la Olimpiada de Ajedrez de La Haya. Lo hizo en el tablero dos, solo por detrás de Isaac Kashdan, un fortísimo ajedrecista conocido como Der Kleine Capablanca, «el pequeño Capablanca». El equipo estadounidense compitió de forma magistral y logró la medalla de plata. Hungría, país de origen de la familia Steiner, ganó el oro. Los enredos del destino.

Steiner, con flequillo a lo Clark Gable y un bigote de época, entendía el tablero como un ring. Desplegaba un ajedrez directo, agresivo

Herman Steiner aprovechó el viaje a Europa para jugar torneos por el viejo continente. A su vuelta, perdió contra Alexander Alekhine, el nuevo campeón del mundo, en Bradley Beach, Nueva Jersey. Poco después, jugó su segunda Olimpiada, esta vez en Hamburgo (1930), como cuarto tablero. Las cosas no salieron tan bien. Y no hubo medalla. En 1932 Steiner recuperó su mejor nivel en el Torneo Internacional de Pasadena. Él daba por seguro que su gran actuación (acabó 5º, empatado con el 3º) le coronaba de facto como flamante campeón del estado de California, pero su situación burocrática (Steiner residía oficialmente en Nueva York) le privó de un título que sin duda merecía. Herman se mudó entonces a Los Ángeles y esta decisión marcó el comienzo de una aventura que devino en extraordinaria, una historia que parece el guion de una película de Hollywood.

Nada más llegar a Los Ángeles, Herman Steiner fundó el International Chess Club en Sunset Boulevard, en el epicentro de la industria cinematográfica. Un tiempo después trasladó la sede del club al número 108 de la avenida North Formosa, junto a su residencia. El lugar pasó a ser conocido como Hollywood Chess Club. Steiner impartía clases, organizaba torneos y, a veces, celebraba encuentros con grandes maestros, como el que disputó contra José Raúl Capablanca, ante la atenta mirada de los socios. Y la de un árbitro muy particular: Cecil B. DeMille, director y productor de cine que ya había triunfado con 'Los diez mandamientos' (1923) y que estaba a punto de alcanzar la posteridad con 'Cleopatra' (1934).

Poco a poco el club de ajedrez de Steiner se convirtió en un lugar de encuentro para muchas de las estrellas del cine de aquellos años gloriosos. Por allí pasó (y jugó) Charles Boyer, Douglas Fairbanks, Rosemary Clooney, Katharine Hepburn y la pareja más glamurosa, Lauren Bacall y Humphrey Bogart. De entre los actores, Bogart fue, por mucho, el que mayor fuerza de juego tenía. Su pasión por el ajedrez era tan grande como la que sentía por el cine. No es casual que la primera vez que vemos a Rick Blaine en 'Casablanca' (1942) lo encontremos ante un tablero jugando contra sí mismo. «Esto fue idea de mi padre», escribió su hijo Stephen. Pero creo –y lo creo con vehemencia– que la idea fue de Herman Steiner, buen amigo de Humphrey.

No es casual que la primera vez que aparece Bogart en 'Casablanca' lo veamos ante un tablero jugando contra sí mismo

Bogart, un gran jugador

Stephen Bogart también contó que su padre y Herman Steiner cenaban (siempre en la misma mesa) en el restaurante que Mike Romanoff, un pintoresco personaje de origen ruso, regentaba en Beverly Hills. «Mi padre era un gran jugador de ajedrez, pero Romanoff era mejor», escribió Stephen. Una noche, Romanoff le dijo a Humphrey que destinaría cien dólares a una causa benéfica si era capaz de derrotarle en el tablero.

Jugaron una partida tras otra hasta que, en un momento dado, Romanoff se disculpó. Tenía que ir al hospital para someterse a una cirugía sin importancia. De acuerdo. Ambos decidieron que seguirían la partida por teléfono. Pero Bogart jugó con dos aparatos. En uno oía lo que le decía Romanoff y por el otro llamaba «a alguno de los grandes campeones de ajedrez de Estados Unidos» para que le dijera qué movimiento debía realizar en cada momento. Va de suyo que Romanoff perdió de forma aplastante. Y cumplió su promesa. El director de cine Richard Brooks conocía esta anécdota y le puso nombre al confidente secreto de Bogart: Herman Steiner.

En la constelación de estrellas que frecuentaron el Hollywood Chess Club he olvidado mencionar a un astro luminoso llamado Billy Wilder. El cineasta de origen austriaco recibió clases de Steiner. Wilder era, además, lector habitual de la revista 'Chess Review'. En otoño de 1944 esta publicación lanzó una portada con la fotografía de tres mujeres jugando al ajedrez. Las tres llevaban la falda corta, con aires de Betty Boop. La imagen, en lo estético, es hermosa, aunque a Billy Wilder no debió parecérselo porque escribió una carta a la revista. Leo en voz alta: «Me encanta vuestra revista, pero ¿qué hacen esas tres damas en la portada de agosto-septiembre? Por favor, por favor. BILLY WILDER». Me resulta bastante irónico este ataque de puritanismo en Wilder, el hombre que filmó a Marilyn Monroe sobre la rejilla de ventilación del metro en 'La tentación vive arriba' (1955) o en los vagones de un tren desenfrenado y lascivo en 'Con faldas y a lo loco' (1959).

Otra portada de culto de 'Chess Review' se publicó en junio-julio de 1945 como cartel promocional del primer Torneo Internacional Panamericano que se celebró en el Hollywood Athletic Club. En esta ocasión vemos a Herman Steiner cruzar la mirada con Lauren Bacall mientras Charles Boyer y Humphrey Bogart juegan una partida de ajedrez. La escena sucedió en el camerino de Boyer en los estudios de Warner Bros. El Torneo Internacional Panamericano fue organizado por Steiner. La actriz Carmen Miranda hizo de maestra de ceremonias y Marlene Dietrich se pasó varias veces por la sala de juego. Entre ronda y ronda, los participantes iban recibiendo con una mezcla de temor y alivio las noticias que llegaban del frente. Las dos bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki se lanzaron durante el transcurso de las partidas y, quizás sin pretenderlo, precipitaron el final de la Guerra del Pacífico. En un lance premonitorio, el estadounidense de origen judío Samuel Reshevsky (polaco de nacimiento) se alzó con el triunfo. Steiner tuvo una actuación discreta. Es obvio que pagó los esfuerzos de ser organizador y jugador al mismo tiempo.

Una historia de amor

Jacqueline Rothschild fue hija del barón francés Eduardo de Rothschild, uno de los banqueros más ricos del mundo. Jacqueline, mujer intelectual y refinada, se casó con el virtuoso violonchelista Gregor Piatigorsky. Cuando los nazis ocuparon Francia, huyeron a Estados Unidos. El ajedrez era una de las grandes pasiones de Jacqueline, al punto de que enviaba las soluciones de todos los problemas que se publicaban en Los Ángeles Times. El editor de la sección de ajedrez del periódico no era otro que Herman Steiner.

Un día, el matrimonio Piatigorsky pujaba en una subasta por un broche granate. Herman Steiner y su esposa estaban en la misma sala y también luchaban por el broche. Steiner reconoció a Jacqueline como la mujer que enviaba las soluciones de ajedrez al periódico, así que los invitó al club que tenía justo al lado de su casa. Una vez llegaron, Jacqueline jugó una partida, a petición de Steiner, contra un joven alto y tartamudo. Perdió. «Acabas de jugar tu primera partida de torneo», le dijo Herman. Jacqueline sonrió y siguió jugando las siguientes rondas. Quedó en mitad de la tabla clasificatoria, pero ganó el premio a la partida más bella. Desconozco por completo, ya me disculpan, qué pasó finalmente con el broche granate.

A partir de ese momento, entre Herman y Jacqueline surgió una amistad que duró toda la vida. Ella empezó a estudiar con Steiner y, en muy poco tiempo, se convirtió en una de las diez mejores jugadoras de Estados Unidos. Jugó la Olimpiada Femenina de Ajedrez (1957) y ganó la medalla de bronce en el tablero número dos. Su marido decía: «En el mundo de la música, se me conoce como violonchelista. En el mundo del ajedrez, soy el marido de la señora Piatigorsky».

El 25 de noviembre de 1955, mientras jugaba una partida del Campeonato de California en Los Ángeles, Herman Steiner sufrió un ataque al corazón. De nuevo sintió Steiner la lucidez terminal, el fogonazo, el golpe seco y violento que, ahora sí, segó de cuajo sus alas, las alas de un ángel irrepetible, con su flequillo a lo Clark Gable y su bigote de época.

Tras la repentina muerte de Steiner, Jacqueline Piatigorsky se hizo cargo del club de ajedrez de Hollywood. Lo primero que hizo fue cambiarle el nombre y colgar un cartel en la puerta: 'Steiner Chess Club'.

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