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Gloria Fernández Rozas, en Villanueva de Omaña (León). Clara Docampo
Gloria Fernández Rozas indaga en la decepción y las relaciones familiares venenosas

Gloria Fernández Rozas indaga en la decepción y las relaciones familiares venenosas

La escritora publica 'Los nidos', una historia rural con aliento poético que se aleja de los tópicos del costumbrismo

Viernes, 24 de mayo 2024

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La incomodidad es a veces un acicate para ponerse a escribir. Es lo que le ha ocurrido a Gloria Fernández Rozas, que acaba de publicar 'Los nidos' (Ya lo dijo Casimiro Parker), una novela que habla de las decepciones, de ese sentimiento que parte de una ilusión y acaba traduciéndose en la amargura de claudicar. 'Los nidos' es un texto muy bien armado y que en ocasiones llama a engaño, pues se desarrolla en un pueblo sin caer en los vicios del costumbrismo rural. Cuando parece que se va a convertir en una novela negra, 'Los nidos' da un giro y la historia se desliza hacia situaciones esperpénticas. «Es una novela muy trágica. Ha habido aspectos que no hubiera querido afrontar, pero no queda más remedio que abordarlos si quieres tirar adelante con la historia. A veces pensaba que no iba a ser capaz de contar lo que debía», argumenta la escritora.

Pese a que la novela está preñada de aires faulknerianos, reflejo de la admiración de la autora por la literatura norteamericana, 'Los nidos' es en realidad una novela muy española. «Muchas veces hacemos literatura o escribimos de mundos que no son los nuestros. Igual en otro momento hago otra cosa, pero en este he cumplido un reto», dice Fernández Rozas. Otros desafíos que se impuso en el proceso de escritura fueron «no contar cosas de la vida que todo el mundo sabe» y sacar provecho de personajes tópicos y manidos. Para su sorpresa, la novelista descubrió que, a pesar de lo sobado de arquetipos como un guardia civil o un cura, se podía decir algo nuevo e interesante.

Rebosante de humor negro, la autora habla de relaciones familiares envenenadas por culpa de una suegra odiosa y absorbente, una mujer que se aferra a las cenizas de su marido y que mantiene atado en corto a su hijo, para desgracia de su nuera, Etna, que por algo tiene un nombre volcánico. Un personaje, la suegra, que a diferencia de otros protagonistas no tiene punto de vista en la historia porque «no quería comprenderla. Quería hablar de alguien malo, incapaz de amar».

Mientras esto sucede, en el pueblo acontecen sucesos tan cómicos como enigmáticos. El cura recibe un mensaje anónimo en el que se alerta de que alguien se propone robar la reliquia de la santa; las calles están infestadas de ratones liberados por militantes ecologistas; la torre de la iglesia se desploma al intentar colocar una campana nueva, demasiado grande para el hueco; la mujer del cabo de la Guardia Civil desaparece después de la última paliza de su marido y se refugia en la iglesia sin que nadie lo sepa. Y para que nada falte, en un prado cercado se están produciendo apariciones milagrosas.

Portada de 'Los nidos', de Gloria Fernández Rozas .

«Escribir y planificar la estructura ha sido algo muy laborioso. En la pared del pasillo de mi casa puse un panel e iba pegando papelitos. Así he visto crecer las tramas. Unos días los pósits volaban; otros, lo colocaba en una posición diferente. Parece mentira que luego todo se quede en un libro de doscientas páginas», aduce la autora, que experimentó un parón prolongado al percatarse de que el final de la historia previsto en un principio era incongruente con el desarrollo del argumento.

Gratificante, pero también desesperante

Alumbrar la novela fue una tarea en la que ha invertido años, una experiencia gratificante en ocasiones y desesperante en otras. «Escribir es construir un mundo a tu medida, a la medida de tu rabia, de tus sueños, de tu amor», apunta Fernández Rozas, que ha desarrollado una larga carrera como profesora de escritura creativa en los talleres Fuentetaja.

A lo largo de un mes, el marido de Etna irá construyendo una escalera mal diseñada y ejecutada, una perfecta metáfora de cómo el matrimonio que une a Etna y Ramón hace agua. Etna además fantasea con la muerte de su suegra y se deja cortejar por Esteban, un marroquí afincado en el pueblo desde niño.

Escenas poderosas pueblan el texto, imágenes llenas de belleza, de lirismo o de espanto, que se quedan grabadas en la retina y que han sido tejidas con el cuidado y la minuciosidad de un encaje. Una gran habilidad en los diálogos que en ocasiones alcanzan el delirio donde lo importante es lo que no se dice y que planea como un pájaro de mal agüero sobre la cabeza de los personajes. Unos diálogos que, además, demuestran un gran oído literario para plasmar la esencia del habla coloquial.

Para el poeta y cuentista Antonio Rómar, que presentó el libro en el restaurante y espacio cultural Nanai, la prosa de Fernández Rozas es muy «precisa» y colmada de «poeticidad». «Tiene un estilo otoñal. Es curioso porque toda la novela sucede durante un mes de verano, en pleno agosto, en el pueblo, y el calor cobra importancia en la atmósfera».

La autora realiza un juego macabro con el sexo y la muerte, un sexo tan oscuro y salvaje como las emociones, siempre ocultas y siempre a punto de estallar. El final, tan pasmoso como inevitable, es el colofón perfecto para una novela que analiza la familia, el amor, el sexo o la religión a través de un cedazo implacable, irónico y de una gran fuerza narrativa. Según Rómar, Fernández sale airosa del empeño de infundir a la historia un «erotismo tórrido», un trance en el que es difícil mantener el tono.

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