Carles Porta, autor de 'La farmacéutica', posa en un hotel de Madrid. / JOSÉ RAMÓN LADRA

«La farmacéutica de Olot fue una víctima y una heroína»

El periodista Carles Porta recrea en un libro los 492 días de cautiverio de Maria Àngels Feliu

Antonio Paniagua
ANTONIO PANIAGUA Madrid

Cuando arrancó el coche, Maria Àngels Feliu Bassols no se dio cuenta de que tres hombres la seguían desde otro vehículo. Ni por asomo pensó que los dos policías locales y un delincuente de poca monta que ocupaban aquel automóvil la iban a secuestrar. En realidad se trataba del tercer intento. En las dos anteriores ocasiones el valor de los malhechores se arrugó y se produjeron malentendidos e impuntualidades. Pero el 20 de noviembre de 1992, pasada la fanfarria de los Juegos Olímpicos de Barcelona, los captores no fallaron. Unos encapuchados la conminaron a que les entregaran las llaves de su Renault 25 plateado recién aparcado y se metiera en el maletero de su coche.

Así empezó la pesadilla de Feliu Bassols, la farmacéutica de Olot, un cruel cautiverio que duró 492 días y que ha contado Carlos Porta (Vila-sana, Lleida, 1963 ) en un ejercicio de periodismo narrativo, género en el que ha dado sobradas muestras de talento. 'La farmacéutica. 492 días secuestrada' (Reservoir Books) no solo es el relato de la odisea de una mujer que permaneció encerrada en un cuchitril no más grande que un armario, sino una indagación sobre la incredulidad de buena parte de la sociedad española que ignoró el sufrimiento de la víctima e incluso lo negó. «Con la excepción de los vecinos de Olot, Maria Àngels Feliu es una víctima maltratada por una sociedad que no la acompañó. Pero también es una heroína».

Feliu permaneció encerrada en un zulo, con arañas, hormigas, ratas, serpientes y humedad como compañeras de cautiverio. «Sobrevivió porque pensaba en sus tres hijos y porque estaba convencida de que la liberarían al día siguiente». Los delincuentes eran incapaces de cobrar el rescate y algunos de ellos ya ni se hablaban.

Cuando la liberaron, enseguida afloraron las presunciones de culpabilidad. «Salió bien vestida, fuerte, enérgica, y eso provocó que la gente no se acabara de creer que había estado 492 días secuestrada. La gente no se creyó su dignidad. Nadie entendía que la familia no hubiese pagado el rescate. Hasta el gobernador civil de Girona de aquella época, Pere Navarro, hoy director general de la DGT, dijo públicamente que no descartaba el autosecuestro», cuenta Carles Porta.

Los participantes en el rapto fueron Antonio Guirado y Josep Zambrano, agentes locales de Olot; un guarda forestal y su mujer, Ramón Ullastre y Montserrat Teixidor; y Josep Lluís Paz, alias 'Pato', un hombre que se sumó al crimen en el último momento.

Todo lo que podía salir mal salió mal. Los maleantes, con poca experiencia en el mundo del hampa, habían pensado en un secuestro rápido que se prolongara entre tres y cinco días, pero duró 16 meses. Todo adquirió un tono de vodevil, una mala «versión de 'Fargo' a la catalana». «Fue una conjura de necios y una negligencia colectiva», sentencia el periodista, cuyo 'podcast' en Catalunya Radio ya va por las 500.000 reproducciones. Las fuerzas de seguridad actuaron descoordinadas y las cosas se desmadraron, con televisiones enloquecidas por el 'prime time' y personajes que alimentaban los más bajos instintos del periodismo basura.

El crimen tenía todos los ingredientes del teatro del absurdo. Prueba de ello es que Sebastiá Comas, alias 'Iñaki', un camarero que se convirtió en carcelero de Feliu, lo primero que le dijo a la rehén nada más verla fue: «¿Es la primera vez que te secuestran?».

Una camisa y un pantalón de chándal

El agua filtrándose por la paredes, soportando el hedor de sus propios excrementos, encapuchada por voluntad propia para no reconocer a sus secuestradores, Maria Àngels Feliu Bassols debió de escuchar aterrorizada cómo uno de sus raptores le decía que le cortarían «un dedo cada tres semanas» si su familia no pagaba el rescate. Durante su encierro recibió por toda ropa una camisa y un pantalón de chándal.

Su vigilante, Iñaki, se compadeció de ella y le procuró un mechero, velas y luz eléctrica. También consintió en que caminara 20 minutos al día y hasta le permitió escuchar la radio, aunque por ella se enteró de que la daban por muerto. «Para ella fue terrible porque pensó que entonces abandonarían su búsqueda». Sabedor de que no iba a recibir un duro, Iñaki la abandonó en una gasolinera el 27 de marzo de 1994.

«Salió bien vestida, fuerte, enérgica y digna. Eso provocó que la gente no la acabara de creer»

carles porta. periodista

Para complicar las cosas, un investigador privado al que la familia Feliu Bassols había contratado ofreció una recompensa de veinte millones de pesetas si la dejaban en libertad y cinco millones si daban una pista fiable de que estaba sana y salva. Como resultado de esas palabras, las pistas falsas se dispararon al mismo ritmo que los intentos de cobro.

En medio de todo el lío dos inocentes fueron a la cárcel por orden de un juez desbordado. En 1999 los autores del secuestro fueron detenidos casi por casualidad y en 2002 se celebró el juicio. Los captores fueron condenados a duras penas, pero ya se encuentran en libertad. Porta ha hablado con ellos directamente o por personas interpuestas, aunque su testimonio hay que cogerlo con pinzas. Le pidieron dinero por colaborar.