'Plaza Ucrania', montaje de los artistas Borys Filonenko, Lizaveta German y Maria Lanko, en el pabellón del Ucrania. / EFE

Embudos de bronce salvados de las bombas

La comisaria del pabellón ucraniano escapó en coche de Kiev al poco de comenzar la invasión para garantizar la presencia de su país en la Bienal de Venecia

DARIO MENOR Enviado especial. Venecia

Cuando en la madrugada del pasado 24 de febrero las bombas rusas comenzaron a caer sobre diversas ciudades ucranianas mientras las tropas del Kremlin cruzaban la frontera, dando así inicio a la guerra, Maria Lanko tenía una preocupación añadida a la de sus compatriotas: cómo hacer llegar a Venecia los 78 embudos de bronce que dan forma a la obra que representa a Ucrania en la Bienal de Arte. Comisaria del pabellón ucraniano, Lanko no se resignó a que la invasión dejara a su país fuera de la más importante exposición de arte contemporáneo, así que cargó los embudos en su coche y acompañada de un amigo y de su perro, puso rumbo hacia la Ciudad de los Canales.

«La obra estaba en Kiev, donde se encontraba Maria, y yo en Járkov cuando hace ya casi dos meses comenzó la guerra total, pues esta es la segunda parte del conflicto que inició en 2014. Al ser la única que tenía un automóvil disponible, Maria decidió marchar hacia Venecia con los embudos antes de que fuera demasiado tarde», explica a este diario Pavlo Makov, autor de la 'Fuente del Agotamiento', la estructura piramidal de tres metros de alto por tres metros de ancho que constituye la propuesta artística de Ucrania en esta Bienal. «Ya lo había pensado en los días antes de la invasión, pero cuando ésta comenzó entendí que había llegado el momento. No teníamos ni idea de qué recorrido seguir, sólo nos pusimos al volante y empezamos a conducir», cuenta Lanko, que optó por dejar Ucrania por la frontera con Rumanía para evitar las enormes colas que se formaron en la linde con Polonia. El viaje para hacer llegar los 78 embudos de bronce a Venecia duró más de una semana.

Nacido en Rusia pero residente en Ucrania desde que tenía tres años, a Makov le resultó más difícil abandonar Járkov, al encontrarse esta ciudad más cerca de la frontera rusa y ser un objetivo habitual de los bombardeos enemigos. Primero escapó al campo con su madre octogenaria y, cuando consiguió convencerla, inició el largo viaje hacia Venecia. «Al llegar tuvimos que buscar apoyos, pues parte de la estructura de la obra se quedó en Kiev al no caber en el coche de Maria», explica Makov, que tiene palabras de agradecimiento por el recibimiento que le ha dado Italia. «Una empresa se ha encargado de completar lo que nos faltaba de la obra en solo cuatro semanas, mientras que la Bienal nos ha dado ayuda financiera, porque habíamos gastado ya todos nuestros fondos», reconoce el artista.

Proteger los principios

Aunque la obra había sido concebida antes del inicio de la guerra para ofrecer una metáfora sobre el agotamiento de un recurso tan vital como el agua, la invasión la ha dotado de un sentido ulterior. «El mensaje que tratamos de transmitir con nuestro pabellón es muy sencillo: debemos proteger nuestros principios y nuestra civilización. Esta guerra enfrenta a dos culturas. Ucrania es parte de la cultura y de la civilización europea, mientras que Rusia, por desgracia, tiene una cultura basada en unos principios diferentes», sostiene Makov mientras varios cámaras le fotografían y diversos periodistas esperan su turno para entrevistarle.

La atención mediática que suscita el pabellón ucraniano contrasta con la realidad del ruso, cerrado a cal y canto y con un guardia jurado en la puerta para evitar que alguien se tome la justicia por su mano por la invasión de Ucrania. Poco después de que comenzara la guerra dimitieron en señal de protesta tanto el comisario como los artistas elegidos por Moscú para representar a su país en Venecia.