La toma de Constantinopla en 1204, de Palma el Joven.

Cuando los cruzados saquearon la cristiana Constantinopla

El historiador Jonathan Phillips recuerda en un nuevo libro la cruel cuarta cruzada, que llevó a los soldados de Dios a destruir la ciudad más grande de la cristiandad

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTO Madrid

En el verano de 2001, en un gesto sorprendente, el papa Juan Pablo II pidió perdón a la Iglesia ortodoxa griega por la terrible masacre perpetrada por los guerreros de la cuarta cruzada en Constantinopla en abril de 1204. Fueron tales los crímenes cometidos por los ejércitos cruzados que la herida permanecía abierta. «800 años después, a los ortodoxos griegos todavía les duele que sus correligionarios saquearan la mayor ciudad cristiana del mundo», afirma el historiador británico Jonathan Phillips, uno de los grandes expertos mundiales en las cruzadas, que acaba de publicar en España 'La cuarta cruzada' (Ático de los Libros), el intenso relato de un episodio histórico marcado por la depravación, la avaricia, las intrigas políticas y el celo religioso.

La cuarta cruzada (1198-1204) fue la más extraña y sangrienta de las expediciones militares lanzadas para reconquistar Tierra Santa. La proclamó el papa Inocencio III, pero los soldados de Dios olvidaron por el camino su objetivo principal y terminaron conquistando y saqueando Constantinopla para establecer un efímero imperio latino. Y en todo el episodio Venecia jugó un papel clave. Los cruzados habían pactado que esta ciudad les suministraría apoyo logístico para ayudar a trasladarles a las proximidades de Jerusalén. Pero apenas reclutaron a 12.000 voluntarios, junto a los 10.000 venecianos, un ejército insuficiente.

A la espera y hacinados, los cruzados se morían de hambre en la isla del Lido y no podían pagar la deuda que habían contraído con los venecianos. Para aplazarla, los nobles de la ciudad les hicieron una propuesta que cambiaba todos los planes: conquistar la cristiana ciudad de Zara, que entonces pertenecía a la cristiana (y también cruzada) Hungría. Los líderes de la expedición aceptaron y ocultaron a los soldados sus planes para evitar su reacción adversa. El 15 de noviembre de 1202, conquistaron Zara. Y ahí se produjo la otra vuelta de tuerca.

«En ese momento, el príncipe bizantino Alejo IV llamó a los cruzados a Constantinopla, con la intención de recobrar el trono a cambio del dinero y los hombres que necesitaban, aunque es importante señalar que la cruzada nunca tuvo la intención de ir a Constantinopla hasta que este príncipe los invitó», aclara Phillips. Dicho lo cual, una vez allí, en abril de 1204, a punto de saquear Constantinopla, los cruzados se sienten traicionados por Venecia. No tienen comida; la población local es increíblemente hostil y piensan que su deseo de cumplir con la voluntad de Dios recobrando Tierra Santa les está siendo impedido por los griegos. «Y utilizan esto como justificación para atacar la ciudad», subraya el profesor de la Universidad de Londres, autor de obras como 'Vida y leyenda del sultán Saladino'. «Cuando finalmente irrumpen en Constantinopla, es tal su desesperación que, enfadados con los griegos, asaltan la ciudad con una furia terrible. Prenden fuego a todo y saquean no sólo los tesoros imperiales, sino las iglesias y las casas de la gente. Es una masacre de hombres, mujeres y niños. Todo se fue de control muy rápidamente».

En la cuarta cruzada se entremezclan, y no siempre es fácil diferenciarlas, las aspiraciones religiosas y económicas de los cruzados, especialmente de los venecianos. «Se puede ver el saco de Constantinopla como una grosera búsqueda del beneficio por parte de unos rudos italianos. Sí, sacaron dinero de ello. Pero si alguien hubiera estado en Venecia cuatro años antes de la cruzada, habría visto que era una ciudad llena de iglesias, obsesionada con la religión. Querían recuperar Tierra Santa para la cristiandad y por supuesto, también buscaban obtener privilegios comerciales. Lo cierto es que los venecianos también tenían unas intenciones un tanto oscuras».

Jonathan Phillips.

Phillips cuenta que después de los atentados yihadistas de este siglo (el 11-S o el 11-M, entre otros) ha renacido el interés por estudiar las cruzadas. «Cuando Bin Laden utiliza la palabra 'cruzada' para referirse a cuando los occidentales llegan a tierras musulmanas, conquistan y matan a la gente, haciéndose con el territorio, George W. Bush responde muy tontamente llamando a la cruzada contra el terrorismo y esto no hizo sino avivar el incendio. En Oriente Próximo no han olvidado las cruzadas. Su memoria pervive a través de los siglos», recuerda el autor, que aun así, reconoce que «las disculpas históricas resultan un debate incómodo».