Momento del concierto de Año Nuevo en Viena, dirigido por el italiano Riccardo Muti. / EFE

Butacas vacías en el concierto de Año Nuevo

Riccardo Muti condujo con sobriedad y energía a la Filarmónica. Fue un espectáculo que se hizo raro por la ausencia de público. Barenboim tomará el relevo en 2022

Antonio Paniagua
ANTONIO PANIAGUA  

Fue el concierto de Año Nuevo más raro que se recuerda. Sin aplausos, sin público, sin carraspeos. Frente a los músicos de la Filarmónica de Viena se extendían los asientos vacíos para evitar el disgusto de un contagio masivo por culpa del coronavirus. Eso no quiere decir que no haya habido espectadores, como es costumbre. Los ha habido, y muchos, como todos los años, emboscados en su sillón delante del televisor y ante su teléfono móvil u ordenador. Sonaron los valses y polcas de la dinastía Strauss, interpretados impecablemente por unos ejecutantes que siguieron las órdenes del maestro Riccardo Muti por sexta vez. En la próxima cita tomará la batuta el israelo-argentino Daniel Barenboim. Una de las curiosidades que rigen la vida de esta orquesta es que son los propios músicos los que eligen en asamblea quién les dirige en cada ocasión.

El evento no perdió un ápice de su solemnidad. Refulgió como siempre la ornamentación bañada en oro del Musikverein, pero los aplausos que se escucharon al final de la primera parte eran virtuales . Parecía que los músicos tocaban para sí, como en un ensayo, tal era la extraña sensación de ausencia que reinaba en la sala. Por lo demás, fue un concierto impecable, alegre e insuflado de vida como todos los de Año Nuevo. Más de 30.000 lirios, rosas y orquídeas configuraban un escenario primoroso, ideado para un público abigarrado de 90 países que no se pierde la retransmisión en directo del espectáculo y que reclama vistosidad y glamur.

Igual de inobjetable fue la realización televisiva, que se demoró en detalles de los miembros de la Filarmónica, cada vez más poblada de mujeres. Un idílico documental del director Felix Breisach aderezó los 25 minutos que duró el intermedio. Este año el audiovisual estuvo dedicado a Burgenland, el estado federado austríaco más reciente.

La polca 'Margarita', de Josef Strauss, dedicada a Margarita Teresa de Saboya, acompañó la primera escena grabada del ballet, dirigido por el coreógrafo español José Carlos Martínez, quien repetía el encargo. Una empresa difícil la suya, pues el público exige fidelidad a la tradición. Martínez satisfizo a los puristas y a los que reclaman algo de innovación: concibió una pieza muy teatral ambientada en 1930 y que evocaba los años del cine mudo.

Muti, de 79 años, fue el protagonista del día. Sobrio en su gestualidad, sin marcar demasiado el ritmo, intercambió algunas sonrisas con los músicos. Los conoce de sobra. No en balde ha dirigido la Filarmónica de Viena en 500 ocasiones. Estrenó siete piezas, entre ellas las dos primeras, que imprimieron un comienzo enérgico: 'Marcha de la opereta Fatinitza', de Franz von Suppè, y el vals 'Ondas sonoras', de Johan Strauss hijo. Y de propina no faltaron 'El Danubio azul' y la 'Marcha Radetzky', como tiene que ser.