Entrevista

Benjamín Prado: «Con Alberti aprendí que la literatura tiene importancia civil»

09/12/2017

El escritor, ensayista y poeta madrileño visita la capital grancanaria el próximo miércoles 13 de diciembre para hablar en el Palacete Rodríguez Quegles sobre el Premio Nobel de Literatura 2016, Bob Dylan. La cita con el autor de ‘Ya no es tarde’ es a las 19.30 horas.

— Viene a hablar de Dylan. ¿Aún colea la polémica por el Nobel?

— Bueno yo creo que eso está bastante hablado. Yo, desde hace muchísimos años, he defendido que la canción tenía que tener un premio Nobel porque hay compositores cuyas letras tienen una dignidad literaria tan notable que cualquier poeta honrado les robaría unos versos para ponerlos en sus poemas. El Nobel se le ha dado a dramaturgos, políticos, periodistas... ¿Por qué no a la música? Y si se le daba a la música había que empezar por el más grande. Lo dijo mejor que nadie el segundo más grande, Leonard Cohen. A mí lo que me gustaría recordar es el modo en que la música popular puede tener categoría literaria y que puede ganar el premio Nobel. Las canciones se pueden leer. Hay muchos autores publicados en colecciones de poesía, entre ellos Serrat o Sabina. Si los publica la editorial Visor es que serán poesía.

— ¿No hay diferencia entonces?

— La música popular, de algún modo, le arrebató a los poetas el terreno que dejaron vacío por escribir cosas lejos de la gente. Un libro de poemas es un plato que tiene que tener dos cucharas, una para el que escribe y otra para el que lee, si eso no ocurre, no funciona, no cumple su cometido, que es el de comunicar. La poesía es una charla entre dos personas. El abandono que habían hecho los poetas de sus lectores lo ocuparon los que lo habían tenido antes, los juglares. Pero hay muchos tipos de canciones. Unas apuntan solo a los pies y son magníficas, como las de The Beatles o Elvis Presley, pero a mí las que mas me gustan son las otras, las que también te apuntan a la cabeza, las que tienen versos memorables, que me gustan a mí o le hubieran gustado a Neruda, al que le gustaba Violeta Parra y tantas otras.

— ¿Eso es una crítica a los poetas?

— «Habían». Lo decía en pasado. Empezó a cambiar con la Generación del 50, pero no nos habíamos dado cuenta. Ellos encontraron historias y las contaban. Un poema tiene que contar una historia y las grandes canciones también, porque son novelas de tres minutos. De esas Dylan tiene 500, por cierto. A partir de los años 80 se empezó a hacer un tipo de poesía más cercana, más asumible. Y hoy en día, gracias a eso, estamos viviendo una edad dorada de la poesía. Primero porque nunca ha habido tanta gente escribiendo tanto como ahora, y también porque se nota un rejuvenecimiento. Hay mucha gente joven que está escribiendo muy bien, con el lenguaje de su momento, de su época, captando este mudo digital y con enormes filas de lectores.

— Pero no pueden vivir de la poesía.

— No crea. Alguna joven hay... Pero vamos a ver. De la literatura se vive como se vive. No vas a tener un Jaguar en el garaje nunca.

— Salvo que se lo regalen...

— Sí, por supuesto [risas]. Pero bueno. Lo que quiero decir es que salvo si logras cuatro best seller de esos que venden seis millones de libros en todo el mundo no vas a tener una vida de banquero. Pero en la literatura lo bonito es vivirla, escribir libros, artículos, acudir a actos. Vivirla es también una manera de estar todo el rato encontrándote con tus muchas medias naranjas, que son tus lectores.

— Usted escribe novela, ensayo, artículos, da charlas... De mayor quiero ser Benjamín Prado.

— Cuando voy a los sitios me presentan como un artista multidisciplinar, pero yo prefiero que me llamen pluriempleado, que es lo mismo, pero es más nuestro. A mí para lo que me sirve ir saltando de género es evitar la tentación de repetirse, de dar comida recalentada a lector y evito el peligro del famoso folio en blanco. Yo necesito mucho tiempo para escribir y mucho para pasear los textos, que ahora se venden de cuerpo presente por esos escenarios de dios. Un libro de poemas sí que lo hago con otras cosas, porque el último he tardado ocho años. Acabo de entregar una novela y ahora pienso en un ensayito...

— En sus artículos no se queda en blanco y da opiniones políticas sin miedo al qué dirán.

— Soy hijo de Alberti, como quien dice, y he aprendido con él que la literatura puede tener importancia civil y que el escritor tiene que ser contemporáneo ante todo. A mi me apasiona este país. Tanto sus virtudes como sus contradicciones lo hacen fascinante y tengo la idea de que casi es mi obligación porque yo disfruto de un lujo enorme que es el de ser escuchado. En la vida muy poca gente te escucha y tener ese privilegio no hay que desaprovecharlos y, si tienes conciencia, a veces puedes poner el piloto en rojo sobre determinados temas.

— Pero a veces los escritores parece que hablan como si supieran de todo, como tertulianos...

— No hay español que no sepa de todo y sea seleccionador nacional. Yo soy español y por lo tanto también. Yo creo que uno debe intentar o hablar de los que sabe o si no sabe de algo preparárselo. Yo que estoy en muchas tertulias televisivas detecto a la primera quién va a soltar una consigna al margen del tema, quien suelta lo primero que se le pasa por la cabeza y quién ha buscado otro ángulo.

— A veces son solo gritos.

— Creo que eso está cambiando. Pasa como con la poesía, se cree que solo con tristeza o melancolía se logra una poesía de prestigio y no es así. Con los gritos en los debates pasa igual, creen que eso avala una opinión, y no es así. La gente quiere ideas, no ídolos. Argumentos, no imposiciones. Es lo que ha pasado en Cataluña.