Banderas en la sede del Parlamento Europeo de Estrasburgo. / Óscar chamorro

Las banderas, mucho más que trozos de tela pintada

El periodista Tim Marshall analiza los emblemas nacionales en 'El poder de las banderas'

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTO Madrid

Los chinos inventaron la seda, el material de las primeras banderas, y la ruta que sirvió para distribuir el tejido por Occidente favoreció la extensión de este símbolo en el mundo árabe y en Europa durante el Imperio Romano y la Alta Edad Media. «Se remontan a la antigüedad, pero no muestran ningún indicio de que vayan a pasar de moda», explica el periodista británico Tim Marshall, que ha analizado la trascendencia de los emblemas nacionales como generadores de identidad en su nuevo libro, 'El poder de las banderas' (Península).

Las banderas tienen la capacidad de «comunicar ideas rápidamente». «De forma subliminal, nos empapamos de su significado porque todas ellas tienen escrita una historia y están cargadas de emoción», sostiene Marshall. Así, la de la Unión Europea, con su color azul y sus estrellas brillantes, y la del Estado Islámico, con su fondo negro con un círculo blanco donde se lee 'Mahoma es el mensajero de Dios' y unas letras más arriba que dicen 'No hay más dios que Dios', ya envían un mensaje nada más ser contempladas. «Tienen la capacidad de encarnar sentimientos muy fuertes y consiguen que el pueblo siga una tela de colores entre balas y muera por lo que simboliza», cuenta el autor.

Tim Marshall.

¿Vale la pena morir por una bandera?, se pregunta Marshall, y él mismo responde: «Mucha gente todavía siente fervientemente que su bandera representa su identidad y lucha por esa identidad aun sabiendo que puede costarle su propia vida». Aquí, el periodista relata la historia de un oficial cristiano del Ejército sirio durante la guerra del país contra el Estado Islámico. «Este militar, de religión cristiana, me contaba que la bandera siria evocaba un lugar donde la minoría cristiana árabe podía vivir en paz, una idea que estaba siendo amenazada por los yihadistas. La última vez que vi a este hombre se lanzaba contra una posición yihadista con las balas volando a su alrededor».

«Entre los intelectuales europeos», continúa Marshall, «la guerra es vista como algo que hacen 'otros', y así es fácil desdeñar el concepto de patriotismo». «Pero incluso hoy, las banderas nos recuerdan que hay mucha más gente que lucharía por su propio país de la que saldría de una trinchera hacia una posición enemiga gritando ¡'Beethoven y la Unión Europea'! (en referencia a los símbolos de los 27)», ironiza este vexilólogo, autor de 'Prisioneros de la geografía' y corresponsal de guerra, que ha trabajado en Sky News, la BBC, The Times y The Guardian, entre otros medios, cubriendo las guerras de Croacia, Bosnia, Macedonia, Kosovo, Afganistán, Libia y Siria.

Por su capacidad para aglutinar sentimientos, Marshall no entiende que en determinados foros se menosprecie a las banderas llamándolas «trapos». «Eso es injusto, aunque sea cierto que las banderas puedan esgrimirse de manera agresiva o provocativa cuando uno cree que representan el 'nosotros contra ellos'. Pero eso no quiere decir que quien porta una bandera siempre odie a 'ellos'».

El poder de una bandera está también en su capacidad de representar lo mejor y lo peor de un país, y ninguna encierra más paradojas que las 'Barras y Estrellas' norteamericanas, relata Marshall. «Hay quien ve la ve plantada en la Luna y piensa que es un símbolo de lo que la libertad y la prosperidad puedad lograr, mientras que otros, en diferentes circunstancias, la pueden ver como una muestra de la arrogancia y la dominación de Estados Unidos».

Una de las paradojas de la globalización es la de haber exacerbado los sentimientos nacionalistas en esa parte de la población que no se ha beneficiado de las ventajas de un mundo más abierto, aquellos a los que Marshall denomina «los que se han dejado atrás». «La respuesta, en muchos lugares, ha sido poner por delante la identidad nacional y la cultura local. Por eso no hemos dejado de ver banderas nacionales», reitera.

El autor de 'El poder de las banderas' busca elementos comunes de las enseñas que relacionan a unos países con otros. Las tricolores, en Estados que vivieron una revolución en el siglo XIX; la cruz escandinava, en Suecia, Noruega, Finlandia, Dinamarca e Islandia; o el blanco, el negro, el verde y el rojo, que se repiten en las enseñas de Oriente Próximo, como recordatorio de la bandera del movimiento panarabista. Para Marshall, la bandera más bonita del mundo es la de las Islas Seychelles: una amalgama de colores en la que el amarillo evoca al sol y el azul, al cielo y el mar. Pero su preferida es la de Macedonia del Norte: una estrella brillante que se remonta a Alejandro Magno. «Todas las banderas son obras de arte y cuentan historias, pero algunas son más bonitas que otras», concluye.