SR. GARCÍA

Cuentos, jaques y leyendas

Ajedrez y política, las dos caras del tablero

El noble juego ha sido testigo indirecto de momentos clave en la historia contemporánea, como la paz en Oriente Medio o el asesinato de John Fitzgerald Kennedy

MANUEL AZUAGA

La asociación simbólica, cultural y semántica del ajedrez y la política es incuestionable. En el lenguaje parlamentario –por extensión, en el periodístico– se recurre a la expresión «poner en jaque» cuando un político aprieta o acorrala a su adversario. Y si éste se hace fuerte y responde decimos que «se enroca», pues está dispuesto a defenderse, a presentar batalla. De igual modo, tanto en el coso gubernativo como en el tablero de blancas y negras se deben tomar decisiones, y no solo a corto, también a medio y largo plazo. El estadista y el gran maestro persiguen lo mismo: resolver problemas. La metáfora de la política como una gran partida de ajedrez cobra sentido alegórico si revisamos el devenir del noble juego a lo largo de los siglos. El ajedrez ha estado (y está) presente en numerosos momentos de la historia universal, casi siempre como elemento accidental, otras como fuente de inspiración y, en ocasiones, como factor decisivo de la atmósfera intelectual de una época, del llamado espíritu del tiempo.

En 1947, el presidente estadounidense Harry S. Truman pronunció un discurso ante su homólogo mexicano Miguel Alemán en el Palacio Nacional de Ciudad de México. El mensaje de Truman se retransmitió por radio para toda la nación azteca. Dijo Truman: «Tradicionalmente, las relaciones internacionales se han comparado con un juego de ajedrez en el que cada nación trata de burlar y dar jaque mate a la otra. No puedo aceptar esa comparación respecto de las relaciones entre su país y el mío, señor presidente». Truman aprendió las reglas del ajedrez cuando era pequeño. Lo hizo gracias a su tío Harrison Young, a quien el biógrafo Robert H. Ferrell describió como un «genio de las damas, el ajedrez y el póquer». Digamos que Truman asimiló la noción ajedrecística para aplicarla, a conveniencia, en el tablero diplomático, al menos en aquel solemne discurso.

¿Podemos inferir, entonces, que un político que juega (bien) al ajedrez tomará mejores decisiones? Cuenta la leyenda que Napoleón, gran aficionado a las sesenta y cuatro casillas, ensayaba primero con los trebejos las maniobras militares que ejecutaba en el frente. Sin embargo, la fuerza de juego del emperador nunca fue nada del otro mundo. 'Le Petit Caporal' perdió contra El Turco, un autómata ajedrecista que se paseó por las cortes europeas del siglo XVIII y XIX como un auténtico espectáculo de ilusionismo. Lo más sorprendente no fue la derrota del emperador, sino que Napoleón intentara hacerle trampas, hasta en dos ocasiones, al increíble muñeco. Volvamos a la cuestión. ¿Qué nivel de ajedrez deberíamos alcanzar para observar y gestionar la acción política desde una perspectiva más cabal, razonada y estratégica? La pregunta es capciosa porque, siento decirlo, no existe una correlación directa entre el grado de conocimiento del juego y la aparición de una destreza que nos ayude a descubrir la mejor jugada fuera del tablero. En la vida, el mejor movimiento depende con frecuencia del lado en el que juegas. ¿Acaso los grandes maestros y campeones del mundo se ponen de acuerdo en los asuntos de geopolítica? La doble K es un claro ejemplo. Por un lado, Kárpov es parlamentario por Rusia Unida, el partido de Putin. Por otro, Kaspárov, desde su exilio en Nueva York, alza su voz contra la partida que el líder ruso está jugando en Ucrania.

Teniendo en cuenta este factor de subjetividad, replanteo la pregunta: ¿puede el ajedrez ser útil en el ejercicio de la política? Ibán García es diputado socialista en el Parlamento Europeo desde 2019. En 1996 se proclamó subcampeón mundial universitario de ajedrez con el equipo español. Para Ibán, el efecto ajedrecístico en la función política es obvio: «Conocer que existen reglas inquebrantables y tener agilidad mental son elementos comunes en el ajedrez y la política». Ibán ha hablado más de una vez con el presidente Pedro Sánchez de la relación existente entre ambas disciplinas. «En alguna ocasión [Sánchez] me ha preguntado sobre aspectos del juego con un tablero delante. Él respeta mucho el ajedrez en sus múltiples dimensiones», confiesa. Y añade: «El ajedrez madura el concepto de responsabilidad y fomenta el desarrollo de la visión estratégica. En el marco de la política, este pensamiento largoplacista es de gran utilidad para prever los movimientos de otros agentes políticos que defienden intereses diferentes a los tuyos».

Esta última reflexión de Ibán García me recuerda a las tesis exploradas por Zbigniew Brzezinski, asesor de Seguridad Nacional del presidente Jimmy Carter, en su profético libro 'El gran tablero mundial'. Brzezinski fue un notable ajedrecista y llevó su manual de tácticas y estrategias a la Casa Blanca: «Como en el ajedrez, los planificadores globales estadounidenses deben pensar en varias jugadas por adelantado». Los siguientes extractos de Zbig, apodo por el que era conocido, podrían ser parte de un tratado de política contemporánea. Por ejemplo: «Eurasia es el tablero de ajedrez en el que se sigue jugando la lucha por la primacía mundial». O este otro: «Si Moscú recupera el control de Ucrania, Rusia recupera los medios para convertirse en un poderoso estado imperial que abarcaría Europa y Asia». Y déjenme leerles una última sentencia. Dice Brzezinski: «Eurasia es el centro del mundo. Quien controle Eurasia, controlará el mundo». Esta afirmación es, sin duda, la extensión de una máxima estratégica que rige los principios más elementales del noble juego: «Quien controla el centro del tablero, gana la partida». La figura de Brzezinski, refugiado de origen polaco, resulta clave para entender la política internacional de Estados Unidos en las últimas décadas del siglo XX. Asesoró a John Fitzgerald Kennedy y a Lyndon B. Johnson. Fue Brzezinski quien convenció a Jimmy Carter de la necesidad de armar a los yihadistas en Afganistán. La idea escondía una celada, que los soviéticos intervinieran y tuvieran su propio Vietnam. El presidente Carter dijo en cierta ocasión: «Zbig me manda diez ideas cada noche». En septiembre de 1978, Jimmy Carter invitó a su residencia oficial al primer ministro israelí Menahem Begin y al presidente egipcio Anuar el-Sadat, con la intención de buscar un marco de relaciones pacíficas en Oriente Medio. Carter le confió a Brzezinski el encargo de favorecer un ambiente relajado y Zbig, al toque, llevó a Camp David un tablero de ajedrez. Se conservan varias fotografías (preciosas) en las que vemos a Brzezinski jugar de forma distendida con Menahem Begin. Se dice que Begin, antes de la primera partida, comentó: «De acuerdo, jugaré, pero que conste que no lo hago desde antes del Holocausto». Tras doce de días de negociación y mucho ajedrez, Begin y el-Sadat firmaron los Acuerdos de Camp David. El presidente Carter estaba radiante. El 11 de octubre de 2002, a los 78 años, Jimmy Carter fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz.

JFK y la maldición del ajedrez

Retrocedamos un poco en el tiempo. El 19 de mayo de 1962 John Fitzgerald Kennedy celebró su cumpleaños en el Madison Square Garden ante más de quince mil personas. Marilyn Monroe, en una escena cinematográfica, apareció en el escenario y cantó 'Happy Birthday, Mr. President'. «Gracias», dijo Kennedy, «ya me puedo retirar de la política». El escritor Bill Wall, entre otras fuentes, precisa que ese mismo año, «el día de su cumpleaños, [el presidente] recibió un juego de ajedrez de manos de un amigo». No puedo asegurar que el juego de ajedrez, con piezas de ébano y marfil, se entregase en la fiesta del Madison, pero cabe con fuerza la hipótesis. Tampoco sé si tuvo uso, aunque no debió tenerlo porque año y medio más tarde, el 22 de noviembre de 1963, Kennedy fue asesinado en Dallas. Tras el trágico desenlace, Evelyn Lincoln, la secretaria personal del presidente, devolvió el regalo al amigo que se lo había dado a Kennedy y, finalmente, el set llegó a manos del actor Peter Lawford, cuñado de JFK.

No lo creerán pero Lee Harvey Oswald, presunto asesino de Kennedy, tenía una pasión oculta: el ajedrez. Igual que hiciera Kennedy, Oswald se alistó en el Cuerpo de los Marines. Durante este periodo estudió ruso. Su obsesión por el idioma era tan fuerte que los reclutas empezaron a llamarlo «Oswaldskovich». Un compañero de unidad, Richard Dennis, se enfrentaba a Lee Harvey cada semana en el tablero. Dennis testificó en la Comisión Warren que investigó el asesinato de JFK: «Oswald tenía un juego de ajedrez de piezas rojas y blancas. Él siempre elegía las piezas rojas haciendo algún comentario en el sentido de que prefería el Ejército Rojo». Ese juego de ajedrez que describe se lo había regalado a Oswald su madre cuando, en 1954, se mudaron a Nueva Orleans. Lee Harvey tenía 14 años y, desde entonces, lo llevó a todas partes. Hace dos años el ajedrez de Oswald salió a subasta por un precio de salida de 15.000 dólares. Faltaban cuatro piezas: un peón y un alfil en el bando blanco; y un peón y un caballo en el Ejército Rojo.

En 1968, el senador Robert F. Kennedy, hermano de JFK, venció en las primarias presidenciales de California. Minutos después fue asesinado por el joven palestino Sirhan Sirhan. Durante su encierro en la prisión estatal de Corcoran, en California, Sirhan Sirhan jugaba al ajedrez contra Charles Manson en un tablero de papel fabricado por los propios reclusos. El noble juego, una vez más, aparece aquí revoloteando por la historia trágica de la familia Kennedy, como un arcángel en un cuadro renacentista, como un testigo de cargo que declara y grita «culpable» poseído por una oscura maldición.

La lista de políticos y líderes mundiales aficionados al ajedrez es amplia y abarca toda la gama ideológica: Yasser Arafat, Benjamin Franklin, Alfonso XIII, Fidel Castro y el Che, Primo de Rivera, Lenin, Abraham Lincoln, Winston Churchill… Muchos de ellos alcanzaron un nivel más que aceptable de juego. Y todos, sin saberlo, tomaron decisiones bajo el influjo ajedrezado de la razón. La política, a fin de cuentas, como dijo Bismarck, es «el arte de lo posible». Algo parecido a lo que sucede en el tablero. Aunque siempre hay excepciones, como la del presidente Richard Nixon, quien reconoció públicamente que nunca comprendió el juego del ajedrez. Su perro, un simpático cocker spaniel blanco y negro, se llamaba Damas.

Tampoco está mal.