Una de las salas de la Casa-Museo Tomás Morales, en el municipio grancanario de Moya. / Arcadio suárez

Tomás Morales, en perspectiva

Centenario. La grandeza de su obra no está solo en su historicidad, sino en lo que nos dice hoy, como ciudadanos del siglo XXI, y lo que seguirá diciendo para los lectores futuros

OSWALDO GUERRA SÁNCHEZ Las Palmas de Gran Canaria

El sentido de la obra de Tomás Morales no ha dejado de desplegarse desde que creó sus primeros poemas (agrupados en el libro 'Poemas de la Gloria, del Amor y del Mar', Madrid, 1908). Tras su fallecimiento, ese horizonte de lectura se ha ido ensanchando gracias a múltiples miradas, a variados y enriquecedores tientos en torno a su legado literario. Ello no quiere decir que su poesía, breve pero intensa, no aguarde nuevos desvelamientos que atañen no solo a su pertenencia a un tiempo histórico determinado, sino a la perspectiva que cada lector adopte desde su propio presente.

Si centramos la mirada en su obra magna (e inconclusa) 'Las Rosas de Hércules', el lugar que ocupó Tomás Morales desde la perspectiva histórica nos remite a varias circunstancias. Cuando el joven poeta llega a Madrid, el movimiento modernista, que en América había dado notables frutos y que en Europa se abría paso con diferentes nombres, pugnaba por salir adelante frente a la oposición de autores aferrados a la tradición imperante. Los impulsos del veterano Salvador Rueda y de los más jóvenes Francisco Villaespesa y Enrique Díez-Canedo (que habían acercado a la 'causa' a Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado) no fueron suficientes para configurar una 'facción' modernista verdaderamente genuina en la capital de España. Por esos años, la presencia física e intermitente del maestro Rubén Darío en el país fue un verdadero acicate. Y Tomás Morales se verá inmerso en ese ambiente tan fructífero, lo que favorecerá la publicación de sus primeros versos.

¿Cuál fue el impacto producido en aquel tiempo por su primer libro? Frente a cierto anquilosamiento de los temas, la escasa originalidad y el acartonamiento en la expresión de algunos de sus correligionarios, Tomás Morales ofrece todo lo contrario: una poesía auténtica, vivenciada, extraída de la propia experiencia personal. Sus poemas, todavía imbuidos por el romanticismo, captan lo mejor del modernismo y aportan un núcleo totalmente original, especialmente la secuencia titulada 'Poemas del mar'. Nadie antes había publicado, con el mismo tono sostenido, un conjunto de poemas relativos a un mar de la experiencia, tamizado por la ensoñación, pero palpable, contemporáneo, totalmente real. No era dado Tomás a sumergirse en pasados remotos, en fantasías medievales, ni a ubicarse en escenarios exóticos de antiguos países europeos, como era habitual en otros modernistas. Su poesía era su propia vida, como también veríamos en otra sección del libro, 'Vacaciones sentimentales', así como en algunos de los 'Poemas de la Gloria'.

El regreso a las Islas Canarias, en la segunda década del siglo XX, da un giro a su obra. Intensifica su lectura de los clásicos grecolatinos, pero también de los 'clásicos contemporáneos' (principalmente franceses, desde Baudelaire y Verlaine hasta Apollinaire) y de los autores del momento, incluidos los americanos. Pero, sobre todo, se vuelca en la lectura cultural de su propia tierra, para usarla como materia prima que va a proyectar, como en una onda expansiva, hacia el Océano Atlántico, tal como lo veía desde su casa de Agaete. La amplia base modernista, de la que había extraído lo mejor, le proporciona las herramientas necesarias, la mirada pertinente. No hablamos de un programa predeterminado, ni de unas consignas concretos, a pesar de que Salvador Rueda lo animara a adaptar el hexámetro latino al español con todas sus consecuencias. El repliegue de Morales fue visionario: el silencio de su voz entre 1910 y 1915 es solo aparente. No dejó de publicar en esas fechas (entre otros lugares en la revista parisina 'Mundial Magazine', dirigida por Rubén Darío desde París), sino que pergeñó su magnífica 'Oda al Atlántico' y configuró el proyecto de 'Las Rosas de Hércules' con todo detalle, articulado en torno a los elementos esenciales (aire, tierra, agua, fuego), y conformado por un crisol de temas en los que plasmó todo un pensamiento de vida y arte.

Pero no olvidemos, como ya adelanté, que el tiempo y la perspectiva histórica nos dan una visión más completa, o al menos distinta, sobre el pasado, y una obra literaria no permanece al margen de las nuevas lecturas. Cuando antes me referí al modernismo percibido como escuela no estaba haciendo uso de la lente de gran angular de la que disponemos hoy. Esa lente nos habla de un modernismo de amplio espectro en el que ciertas cuestiones formales están supeditadas a una respiración epocal. El artista del modernismo era hijo de una era convulsa provocada por el cambio de Régimen, de emergencia de la burguesía, de secularización de la vida, de sacralización de lo erótico, de ambigüedad ante el poder, de contradicciones identitarias nacionales, de relación polémica ante el progreso, de redención por medio del arte. Todo un movimiento de amplias miras, transfronterizo, de elevación del espíritu, cada vez más sombrío, que desembocaría en las vanguardias (último estadio de ese «respirar moderno») y que acabaría fatalmente cegado por la Segunda Guerra Mundial. Tomás Morales está inserto en ese momento y su obra es hija de ese convulso tiempo, por más que no pudiera ver ese desastroso final.

Pero, paradójicamente, a pesar de formar parte de ese momento histórico mundial, la grandeza de su obra no está solo en su historicidad, sino en lo que nos dice hoy, como ciudadanos del siglo XXI, y lo que seguirá diciendo para los lectores futuros: en ese resquicio podremos vislumbrar siempre una escritura sincera, personal y auténtica, la única simiente inmortal que debe permanecer, como escribiera en aquel poema dedicado a Alonso Quesada con motivo de la publicación de 'El lino de los sueños': «Sobre la tierra fértil del ensueño/la simiente inmortal: el corazón».