Houmeyd, esta semana, en un parque infantil en Puerto Rico. Está acogido en Amadores. / ARCADIO SUÁREZ

«Fui un niño esclavo en Mauritania, aquí me tratan como a un ser humano»

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO Mogán

Tiene 35 años y quiere escapar de su propio destino. A Houmeyd Salem le tocó nacer esclavo. Porque hay etnias en Mauritania en las que tu familia marca tu destino. Si tu padre y tu madre fueron esclavos, tú serás esclavo. Y Salem no quiere eso para su única hija, de apenas dos años. Con ese sueño decidió embarcarse en una patera y arriesgar su vida en un viaje incierto hasta Canarias. Ahora le inquieta saber qué harán con él y con los que sufren este drama como él. Lucha porque en España le escuchen y le garanticen su derecho a una protección internacional frente al racismo que sufrió y sufre en su país. Pero no sabe cómo ni con quién. Al abogado que les asignaron solo le ha visto una vez y en el contexto de una reunión colectiva con subsaharianos. Contactó con el consulado de su país y dice que no obtuvo respuesta. Necesita ayuda. Si vuelve a Mauritania, no sabe qué podrán hacer con él.

Llegó el 15 de octubre de 2020, tras cinco días en altar mar desde Nuakchot, la capital de Mauritania. «La vía más rápida para acceder a Europa es a través del mar, en patera. Para las personas negras en mi país no es fácil acceder a un visado. No tengo ni siquiera pasaporte». Pero pese a la dureza de la experiencia y a lo duro que se le hace estar lejos de su familia, de su madre, su mujer y su niña, todo, o casi todo lo que ve aquí, le compensa. «Fui un niño esclavo en Mauritania, aquí al menos me tratan como a un ser humano». Muchos inmigrantes dan el salto para mejorar en calidad de vida, para salir de una a menudo envolvente espiral de pobreza. Sin embargo, las ataduras de las que se quiere librar Houmeyd Salem son más difíciles de romper. Son las que tienen que ver con una costumbre social y una mentalidad arraigadas durante siglos, una costumbre según la cual el subgrupo étnico al que él pertenece, el de los El Lek Dawbac, han de vivir como siervos o esclavos de otras etnias. «Me ven por la calle y me llaman hijo de esclavo».

«Vine para sentirme libre y vivir en una situación de justicia y de igualdad con los demás», aclara Salem. «Sufro marginalidad, porque soy negro. Entre las diferentes etnias de negros en Mauritania, hay unas que están por encima de otras y la mía es de las que están por debajo». No solo vale menos que los mauritanos pertenecientes a la etnia árabe mora (moros blancos, beidan o bidan), que son los que, según explica, tienen el poder político y económico, sino que también valen menos que los llamados moros negros, haratines o negros arabizados, que son los mayoritarios (y que también han sido usados como esclavos), o que otras etnias negras como los pulares, los wolof o los soninké. Aclara que en su país la esclavitud está prohibida y que incluso se han endurecido las penas para castigarla, pero asegura que en la práctica sigue existiendo. No en vano, el propio Ministerio de Asuntos Exteriores español admite que aunque Mauritania abolió oficialmente la esclavitud en 1981 (fue el último país del mundo en hacerlo), aún persisten lo que se denominan secuelas. Es más, según el índice mundial de esclavitud, «se estima que en este país existen 90.000 esclavos, es decir, el 2% de la población (incluyendo a las personas que subsisten en la forma moderna de esta práctica, como los trabajos forzados o la servidumbre)», se recoge textual en la ficha que de Mauritania publica el Ministerio. Un artículo reciente en El País elevó ese porcentaje al 20%. Citaba como fuente a grupos locales defensores de los derechos humanos.

«Sufro marginalidad porque soy negro (...) Vine para sentirme libre y vivir en una situación de justicia»

Houmeyd salem

Fue este tipo, el de la servidumbre o los trabajos forzados, la que padeció Houmeyd. Primero siendo niño y luego ya de mayor. Primero fue víctima del maestro coránico, marabout o morabito de su madre. «La convenció para llevarme con él con el pretexto de que me iba a enseñar el Corán, pero realmente no me lo enseñaba, sino que me explotaba». Cuenta que lo tuvo desde los 6 a los 9 años trabajándole las tierras y cuidando de sus cabras. De esa etapa confiesa también que llegó a sufrir una violación. Hasta que un día huyó y le ayudó un senegalés. «Me salvó, me llevó a Senegal, me integró en su familia y me metió en un colegio». Allí estuvo siete años, hasta que se hizo adulto y decidió regresar junto a su familia en Mauritania. A esa etapa de libertad atribuye Houmeyd su verdadera toma de conciencia respecto a la esclavitud. Porque asegura que los de su etnia la tienen tan asumida que la toman como parte de su destino. «Han sido educados así, han crecido así. Piensan que si son libres no tendrán absolutamente nada, hay una especie de esclavitud mental, te conciencias de que no podrás progresar nunca», se explica.

Por eso él, que sabía lo que era ser libre, nunca vivió con normalidad lo que le tocó después, en su regreso a Mauritania. Para empezar, en su casa familiar ya no estaban sus dos hermanas. A una la casaron con 12 años. A la otra, con 14. Y Houmeyd decidió enrolarse en la mar. Se dedicó a la pesca. «El único sitio donde los negros nos sentíamos libres era en el mar, porque era la actividad económica que no habían monopolizado los blancos». Pero pronto se dio de bruces con ese destino del que quiere escapar. Un conocido le compró todo el utillaje para poder faenar, pero adquirió una deuda con él. Fue su perdición, la excusa para su explotación. «En todos estos años, desde 2006, nunca gané nada, lo poco que conseguía era para sobrevivir y alimentar a mi familia». No tenía derecho a vacaciones. «Nunca tuve un salario ni ningún documento de pago». Calcula que en los dos últimos años debió haber ganado 1.400.000 uguiyas, pero su jefe no le dejaba. Le pagaba el pescado muy por debajo de su valor, mientras le reclamaba una deuda de siete millones. «Y no puedes protestar ante nadie, porque en Mauritania la policía te dice que no tienes derecho a negarte a un precio fijado entre particulares».

Con todo y con eso, y a pesar de que él se veía en un futuro en Europa, nunca había pensado en embarcarse hasta que empezaron a escasear los peces y entonces ya no conseguía ni para comer. «Mi jefe me obligaba a estar allí pese a que no tenía con qué alimentarme». Un compañero de trabajo le animó, convenció a su madre y a su mujer y se echó a la mar. Ahora está en un hotel de Mogán, pero no sabe qué será de él. «Sueño con ser legal en España, trabajar, ayudar a mi familia y que mi hija tenga una educación como yo no tuve y que no sufra esclavitud por ser hija mía». Como él hay otros mauritanos que ansían ser por fin libres. Quieren escapar de su condena, de una pena impuesta por el simple hecho de haber nacido negro y en una etnia concreta.