El dolor no sabe de listas de espera

A Liduvina le dieron un diagnóstico que da miedo en una resonancia de 2017. No puede con los dolores. Vértebras fracturadas, artropatía... Dos años después, le dan cita para otra prueba. En 2020

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO

Hundimiento del platillo superior, con disminución de la altura del cuerpo vertebral de un 25%, con fractura por compresión crónica, cambios degenerativos discales, artropatía hipertrófica facetaria con una estenosis en el canal central de 11 milímetros... Este es solo parte del diagnóstico que recibió Liduvina Benítez, como resultado de una resonancia magnética que se le practicó en agosto de 2017. Es bastante más largo. Son las secuelas físicas que le quedaron de dos graves caídas por las que solo recibió como tratamiento un simple corsé. Desde 2015 arrastra dolores inhumanos. No puede más. Solo le recetan calmantes. El último, morfina. Pero no se recupera. La quieren volver a explorar y le han dado cita en el Servicio Canario de Salud para un escáner... ¡En 2020!

«Cuando cogí el papel y vi que ponía abril, me dije, por fin, esto irá rápido, pero cuando me di cuenta de que al lado ponía 2020, me entró una cosa de abajo para arriba, me desarreté», confiesa Liduvina. «¿Pero cómo voy a aguantar con estos dolores un año?», se preguntaba en voz alta. «Yo sé que no estoy de muerte, pero estoy sufriendo y no puedo pasarme la vida drogada». No puede hacer nada. Ni trabajar, ni hacer deporte, ni llevar una vida normal. Además, convive con sus padres, que están mayores, y tampoco puede atenderlos. «Necesito que estudien si me pueden operar y darme una solución».

En estos años esta vecina de Valle de los Nueve ha ido aguantando con calmantes. Eso sí, muy a duras penas. «Me mandan medicamentos, y cuando les digo que ya no me hacen nada, me dicen que me tome dos; bueno, del Zaldiar me llegaron a decir que me podía tomar hasta seis al día, y eso que son opiáceos». Tanto dolor tiene que han terminado por recetarle un derivado mórfico. «He acabado una caja, pero no pienso seguir, cuando me la tomo no puedo ni salir de casa, sufro alucinaciones, visión doble, me he pasado semanas enteras sin ir al baño y los pies me pesaban como bloques». Además, le tiene pánico a la abstinencia. Sabe de lo que habla. Ha sufrido depresión y le costó mucho quitarse la medicación.

No puede entender cómo en su situación no le hacen un pase urgente. Ya le costó meses esperar la cita con la neurocirujana. «Y cuando me vio, que fue hace un mes, me soltó que el neurocirujano solo opera y que me iba a mandar otra vez a mi médica de cabecera... ¡Con todo lo que había esperado!; se lo reproché y fue entonces cuando me dijo que pidiera cita para el escáner». La resonancia es de hace dos años y lo probable es que el diagnóstico haya empeorado, de ahí que le pidiera el escáner. El problema es que se lo harán en 2020. «Y luego seguro que me tendrán otro año para que el neurocirujano lo vea, así que me veré dos años con estos dolores, viviendo de calmantes que me destrozan el hígado».

Le han mandado a la Unidad del Dolor. Y no le convence. «No soy una enferma terminal, solo quiero curarme».