Monumento de la iglesia de La Luz este Jueves Santo. / C7

Oficios y menesteres de Semana Mayor

«Resaltan una serie de menesteres, de oficios artesanos, de actividades artísticas, que nos ofrecen un curioso y valioso orbe que no se ha difundido y conocido en todo lo que vale y merece»

JUAN JOSÉ LAFORET Las Palmas de Gran Canaria

Si Domingo J. Navarro, en sus 'Recuerdos de un noventón', resalta para el siglo XIX como «...la Semana Santa era siempre esperada con avidez...», y José Miguel Alzola, en referencia a la primera mitad del siglo XX, habla de cómo esta Semana Mayor «...constituía cada año un acontecimiento que, por repetido, no dejaba de ser esperado con deseo por los vecinos...», que además «...se preparaban a lo largo de la Cuaresma para tener acomodadas sus conciencias y también sus indumentarias a la grandeza de los días solemnes por venir...», en la actualidad, y tras unos años muy difíciles en las décadas de los setenta y ochenta del pasado siglo, estas conmemoraciones pasionistas no sólo han vuelto a resurgir con fuerza, con nuevo arraigo, que incluso las vinculan al mundo del turismo que visita la isla estos días, sino que s e han rescatado o introducido usos y costumbres, oficios y menesteres que trasladan a la Semana Santa, en muy diversos escenarios y localidades de Gran Canaria, el esplendor que siempre se le quiso dar desde siglos atrás.

Así, en el ámbito de estas tradiciones, se afrontan los preparativos de todas las manifestaciones de arte y religiosidad popular, en las que resaltan una serie de menesteres, de oficios artesanos, de actividades artísticas, que nos ofrecen un curioso y valioso orbe que no se ha difundido y conocido en todo lo que vale y merece.

Artes y menesteres como el del cincel y la gubia que nos dejó verdaderas obras de arte en la escultura que representa personajes y temas religiosos de la Pasión con una finalidad procesional, pero también litúrgica y devocional, -Fray Lesco decía que Luján Pérez tenía cada año un verdadero museo en la calle, y en el final del siglo XX la talla de Ntro. Padre Jesús de La Salud, de José Paz Vélez, simboliza, en buena medida, el comienzo de una nueva revitalización de la Semana Santa en Vegueta y Triana-, el del pincel, receptor de toda una iconografía que se muestra en carteles anunciadores, estandartes -como en el del Señor Predicador, donde su retrato se atribuye al pintor Manolo Millares-, estandartes corporativos- como los que en la actualidad lucen varias de las cofradías bellamente bordados, con el escudo de la Hermandad en el centro- o techos de palio, sin olvidar a los «doradores», que tiene como oficio recubrir con finas láminas de oro la madera tallada, especialmente en grandes pasos y tronos, como los del Cristo de la Cruz a Cuestas y la Dolorosa del Miércoles Santo de Santo Domingo (realizados en Málaga por la firma Rodríguez Sanz, y traídos a Gran Canaria en 1960); el de la orfebrería, antiguo oficio que trabaja el metal con herramientas muy específicas y diferenciándose su labor en repujado, cincelado o grabado, y que, convertido en uno de los más requeridos y apreciados por cofradías y patronazgos, está presente de forma muy llamativa en cortejos procesionales y ornamentaciones de los templos en los días de la Semana Santa -se puede resaltar el magnífico trabajo realizado para el paso de palio de La Soledad de La Portería por el afamado orfebre sevillano Manuel Sánchez Jiménez, que entre 1958 y 1960 lo realizó por encargo del Cabildo Insular, en cuya casa palacio instaló en ese tiempo un taller para trabajar en el mismo, o la rica orfebrería de ornamentación que cada año se coloca en los distintos «monumentos del Jueves santo»-, arte y oficio que se funde con el de la cera para derramar fervores e iluminar el camino de los sentimientos pasionistas por las calles isleñas, para señalar «...el voto perenne del cristiano manteniendo su luz viva junto a Dios y la Eucaristía...», labor de «cerería» por «cereros» y «candeleros», de l os oficios más antiguos, imprescindibles cuando las velas aún eran parte de la iluminación cotidiana de las ciudades, o el de la aguja paciente y silenciosa con la que manos expertas de bordadores artesanos, «bordadores de oro a realce», dedicados al arte del bordado o «pasamanería» (tienda o taller de pasamanos, cordones, flecos, galones, etc.) que aunando hilos de oro y plata, y engarzando perlas, gemas y otros abalorios, sobre paños de seda, lana o lino, en los más variados colores, consiguen verdaderas obras de arte en faldones de pasos y tronos, en mantos y túnicas de vírgenes y cristos, o en reposteros y cortinajes de balcones.

Y entre el menester de los aromas, que tanto caracteriza a las celebraciones pasionistas, el de las flores, o el del incienso, que lo cofrades hacen más aromático ligándolo con mirra, bálsamo de tolú, benjuí y estoraque. En el amplio y complejo mundo de la decoración floral semanasantera las flores para los diferentes tronos y pasos se escogen en función de lo que cada cofradía o patronazgo entiende que mejor la representa, pues la flor, a través de los tiempos, se ha instituido como un elemento distintivo más entre las cofradías, y se eligen también en función del momento que representa cada paso o trono. Por ejemplo, como ya se ha señalado reiteradamente, no se debe utilizar el mismo tipo de flor y el mismo color para adornar los pasos y los de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, que para engalanar los tronos que representan la última cena o la crucifixión de Cristo.

Tradicionalmente las flores que más se utilizan para enaltecer las figuras de Cristo y la Virgen suelen ser claveles, lirios, orquídeas o gladiolos, aunque algunos años, momentáneamente y por gustos y modas pasajeras, se vio una cierta tendencia excesivamente creacionista, hoy ya bastante corregida, pues la función principal de la decoración floral es embellecer la imagen que preside un trono y los valores de cada cofradía, no sustituirla.

También recordar como el tono púrpura de los lirios se asocia a la penitencia, y el blanco de los gladiolos y orquídeas a la pureza de la Virgen, sin olvidar la afamadas «flores de cera», artísticas reproducciones en cera de azucenas, campanillas, rosas, hojas blancas y transparentes, que se utilizan para adornar las velas de los pasos de palio. Es así complejo y arduo el trabajo de floristas y floristerías especializadas, como de muchos devotos que se han hecho verdaderos expertos en este oficio de Semana Santa, y que, a lo largo de la Cuaresma, poco a poco, preparan y plasman unas ideas diseñadas con mimo a lo largo de todo un año, en conjunción con las propuestas de cada cofradía o patronato.

Surge también otro menester fundamental en estos rituales, el de la música, con composiciones propias que son verdaderas piezas clásicas que cada año son esperadas y acogidas en medio del general entusiasmo, obras foráneas y de músicos isleños de ayer y de hoy, desde Santiago Tejera Ossavarry, autor de 'La espada del dolor', a Antonio Hanna Rivero y su marcha a 'El Cristo del Buen Fin'; una música que en ocasiones no se valora suficientemente.

Aunque tampoco se deben olvidar los distintos conciertos de música sacra que ofrecen orquestas de cámara o corales en muy diversos templos y centros culturales, siendo tradición ya las Semanas de Música Sacra, o los tríos musicales, integrados por flauta, clarinete y voz, que acompañaban a determinados cortejos procesionales, y se conocían como 'El nombre'.

Artes y menesteres que hoy se han revitalizado y que, aunados a un rico patrimonio recibido del pasado, son verdadero soporte de una expresión que de nuevo se consolida y se expande en las celebraciones pasionistas de Gran Canaria, donde el Viernes Santo, en la muy isleña procesión de las mantillas, el Cristo de la Sala Capitular procesiona en un trono obra de Carlos Luis Monzón Grondona del año 1946 y la Dolorosa de la Catedral en otro tallado por el escultor Juan Jaén en 1943, y por la tarde noche, el Cristo yacente lo hace en una flamante urna diseñada con traza neogótica por el célebre pintor Manuel Ponce de León, tallada en madera y sobredorada en talleres de la capital grancanaria de mitad del siglo XIX.

Explosión de vida en el cenit de la primavera isleña; arte y menester de la palabra en la liturgia y en los pregones, en versos que se engarzan en el aire atlántico como gloria efímera en el tiempo, pero perenne en el corazón, en los sentires semanasanteros isleños que son fuente de tradición que crece en el presente.

Cronista Oficial de Las Palmas de Gran Canaria