Margarita muestra la habitación en la que duermen los cuatro miembros de la familia. A simple vista se observan las humedades. El techo es de planchas de amianto. / cober

Una familia de Mogán, entre humedades y bajo amianto

Insalubridad. Margarita, su marido y sus dos niñas temen por su salud en una antigua cuartería. Se quejan de que quieren reformarla y que el Ayuntamiento no les deja

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO

Les he pedido que me ayuden y lo que han hecho es enterrarme». A punto de cumplir 70 años, Blas Guedes ya no sabe qué puerta tocar. Teme por la salud de su hija Margarita, de su yerno y de sus dos nietas, que viven en la que fue su casa, una antigua cuartería en la calle El Perchel, muy cerca de la plaza de Las Marañuelas, en Arguineguín. La vivienda rezuma humedades y tiene por techos planchas de amianto, un material potencialmente cancerígeno si se manipula y las fibras que lo componen pasan al aire y se respiran. Lleva años intentando hacerle alguna reforma y asegura que el Ayuntamiento se lo impide. «Lo quiero hacer todo legal; pido permiso y no me lo dan», se queja Blas, muy decepcionado con la alcaldesa, Onalia Bueno. «Me dijo que nos ayudaría y nada». Este periódico intentó conocer la versión de la corporación moganera, pero no obtuvo respuesta. La familia sostiene que tiene escritura de la casa, pero que la gestoría se la tiene parada para inscribirla en el Registro de la Propiedad. Y que un técnico municipal pasó a revisar cómo estaba la vivienda y que nunca más supieron de él. «Les aportamos unos documentos y no me los han devuelto», se quejan.

No hay una sola habitación en la casa de Margarita en la que no se perciba la humedad. No solo se huele, sino que se percibe en las paredes, desconchadas y ennegrecidas, según las zonas. Entre ellas, la del comedor-cocina. Margarita señala a una mesa pequeña cubierta con un hule que tiene pegada a la pared y sobre la que hay suspendidas varias piezas de ropa tendidas en un par de liñas. «Aquí como yo, y tiendo, y todos los días antes de comer tengo que limpiar tierra». Es la que se desprende de la pared. Pasa la mano sobre el hule. «Esto es tierra». Y se explica. «Yo pinto ahora y a los tres meses está el globo, porque se asopla».

Blas Guedes muestra las escrituras que posee de la casa, de su propiedad desde hace 50 años. / cober

Ella y su padre culpan de sus males al vecino, con el que mantienen varios litigios. «Esa es otra cuartería, que fue de un hermano de mi madre, que se la vendió a un hermano del que ahora la habita», apunta ella. Blas apunta que la suya fue la primera de la zona. «Esto tiene 50 años, aquí vinimos cuando me casé». Quizás por eso, porque inicialmente ambas construcciones pertenecieron a una misma familia, comparten algunas paredes. En el caso de Margarita son las que dan al lado tierra de la vivienda. Lleva dos años pidiendo que le dejen levantar otra pared pegada a la existente para que no le afecten las humedades, pero asegura que no le dan permiso.

«Hago cualquier cosa y no me dejan, me llaman a la policía; si no me quieren ayudar, que al menos me dejen en paz. Quiero quitar los techos y hacer otra pared; que me dejen en paz. Mi padre ha sido un buen ciudadano, que le den los permisos que pide», insiste Margarita, mientras muestra la habitación donde duermen juntos los cuatro miembros de esta familia porque la habitación de las niñas, de 3 y 7 años, se convierte muchas veces en una piscina. Lo achaca a la apertura de unos desagües en la vivienda del vecino que dan directamente a su techo, hacia el que ha abierto también unas ventanas. Con todo, la alcoba tampoco es un oasis. Margarita oculta con peluches las huellas de la humedad. «La de 3 años a cada momento se me asfixia y tengo que llevarla al médico».

Techo del baño, con plancha de amianto y presencia de humedades en las paredes. / cober

Para colmo de males, no tienen apenas recursos. Blas cobra una pensión mensual de 650 euros tras jubilarse de marinero y su hija, apenas 322. Su marido tiene nómina de marinero, pero no sale a faenar «porque lo del atún está ahora parado». No les da, y almuerzan casi todos los días en casa de los padres de Margarita. Y una vez a la semana acuden a la unidad de reparto de alimentos de la asociación de vecinos Las Lomas. Así van escapando, con carencias. Sin embargo, ya no aguantan más en esas condiciones de la casa. Temen por su salud.