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Desde Artenara se puede contemplar la recuperación de espacios verdes ARCADIO SUÁREZ

«Me fui con todo el dolor de mi alma»

Dos años del gran incendio. Vecinos de la cumbre grancanaria reviven los desalojos: «Fue un gran susto, lo recuerdo y se me pone la piel de gallina»

ANDREA MENDOZA

Domingo, 15 de agosto 2021, 02:00

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Es duro saber que se está quemando todo y no puedes hacer nada, sobre todo si tienes tierras y animales», comenta José Luis Díaz, una de las 9.000 personas que en 2019 tuvo que ser desalojada de su casa de Artenara por los grandes incendios que azotaron la cumbre grancanaria; las llamas que comenzaron en Valleseco corrieron por ocho municipios y arrasaron con 10.000 hectáreas.

Aunque ya no trabaja por incapacidad laboral, llevaba toda su vida en el Cabildo en el área de Medio Ambiente, «mi bautismo de fuego fue con 16 años en el pinar de Pajonales e Inagua y desde ahí hasta la fecha he participado en prácticamente todas las campañas de incendios», comenta al recordar cómo vivió aquellos días de agosto en los que, aparte de sentir incertidumbre, como todos los vecinos, vivió la situación con mucha impotencia al saber que no podía prestar su ayuda. «Por salvar la vida a animalitos me he visto rodeado de fuego y me he tenido que buscar la vida», rememora.

Para este vecino de Artenara, la naturaleza es su vida, «solo voy a la ciudad de visita y para comprar algo, ¿dónde se vive mejor que aquí», se pregunta. Sentado en un banco de la plaza recuerda cómo vivió la primera evacuación que se realizó en el pueblo: «No me moví, me quedé para salvar mi casa».

«Es una sensación que no se puede describir con palabras, es como una especie de desolación», comenta una afectadaEstos días el archipiélago mantiene activada la alerta por altas temperaturas y riesgo de incendios

Días más tardes, cuando comenzó el segundo incendio tuvo que ser evacuado; esa vez sí salió. Pero se encargó de dejar comida y agua para sus perros, gatos y gallinas: «Me fui con todo el dolor de mi alma, cuando regresé estaban vivos, el fuego no llegó». Durante cuatro días se alojó en casa de su hija en Las Palmas de Gran Canaria. Mientras tanto, las noticias que recibía sobre la propagación de las llamas le llegaban a través de los medios de comunicación y de unos familiares que se quedaron encerrados en Artenara al no poder ser evacuados.

Dos años más tarde de lo ocurrido, Díaz manifiesta que todo se está recuperando, «el pino dulce y el piñonero tienen mucha resina y por eso murieron, sin embargo las llamas para el pino canario son como una poda, se recuperan rápido, la naturaleza es sabia».

Estos días Gran Canaria tiene la alerta activada por calor y riesgo de fuegos. José Luis expone que Medio Ambiente necesita más personal en incendios y que quienes se dedican a ello se juegan la vida, «es un trabajo muy sacrificado que la gente no valora».

Se crió en Artenara y aunque por un tiempo residió en la ciudad, Juanate Gil regresó al campo en 2012, «perdí el trabajo y toqué fondo, así que vine a renacer», dice la dueña del Restaurante Arte-Gaia, que trabaja con productos de kilómetro cero para ayudar a la economía local.

Ella tampoco olvida aquellos incendios forestales que obligaron a movilizar al mayor despliegue de emergencias en las islas: «El ser humano tiene una intuición bárbara, detecta el peligro». Juanate se encontraba en su casa cuando sintió que algo pasaba y, al abrir la puerta, se encontró el pueblo envuelto en llamas. En esos instantes corrió a casa de su madre de 90 años para ayudarla y grabó un vídeo en las redes sociales para alertar de lo que estaba ocurriendo y pedir que se les evacuara: «Mientras vestía con mi hermana a mi madre nos acordamos de la residencia de mayores y salí corriendo a ayudar, allí me encontré a un coche de Protección Civil y llamé a un vecino que tiene guagua, nos fuimos todos al barrio de Acusa. Esa noche fue la primera evacuación, volvimos por la mañana», evoca Juanate.

En la segunda ocasión que se vio obligada a dejar el municipio, pasó tres días fuera de su vivenda, «me fui porque no podía ver la televisión ya que la tengo por cable, tampoco tenía internet». No olvida cómo cogió el coche y se fue por la carretera del Carrizal de Tejeda: «Vi la dimensión de todo aquello y es una sensación que no se puede describir con palabras, es como una especie de desolación».

La tercera vez que tuvo que ser desalojada recuerda que el calor era extremo y que sentía muy fuerte el olor a quemado: «Estaba en una entrevista radiofónica diciendo que no entendía cómo la residencia todavía no había sido desalojada». Por suerte, la Cruz Roja atendió a todas esas personas. «Camino a La Aldea recuerdo que el fuego ya estaba llegando a la carretera», dice Juanate, quien declara que fue una semana la que pasó sin poder volver a ver su casa y a su negocio.

En 2019 se recuperó gracias a la venta de lotería de Navidad que puso en el restaurante. Pero después de ese año nadie se esperaba que una pandemia llegaría para cambiar los hábitos de toda la sociedad. Sin quererlo, un año más se vio afectada por causas ajenas: «Como todos, estuvimos cerrados tres meses, pero de lo que se trataba era de tener una actitud positiva, así que busqué fortalezas y conseguí que me distinguieran como destino seguro frente al covid». Después de dos años de superación confiesa que 2021 «está siendo muy duro, porque los aplazamientos han venido ahora. Además, lo que hago los fines de semana es para cubrir los seguros sociales, los sueldos y los impuestos».

«Se veía todo ardiendo»

Valleseco fue otro de los puntos más afectados por los incendios. Sus vecinos tienen grabados esos días. «Fue un gran susto, se veía todo ardiendo, pensábamos que nos iba a llegar, pero al mismo tiempo teníamos la esperanza de que no ocurriera», expone una vecina y propietaria de la tienda más antigua del municipio, Elisabeth Arencibia, quien tuvo que dejar su casa en dos ocasiones; la primera se quedó con un hermano y la segunda se trasladó a su otra vivienda en Teror. «Lo recuerdo y se me pone la piel de gallina, no sabías lo que iba a pasar», indica mientras atiende detrás del mostrador de su negocio a una señora. Su tienda lleva cien años abriendo las puertas a los vecinos que acuden a comprar frutas y verduras; la sacó adelante su abuelo y despues pasó a manos de su padre: «Antes habían más por la zona, pero se han ido jubilando». Elisabeth resalta que se trata de un trabajo que requiere mucha dedicación, «desde la mañana hasta por la noche estás pegada, es una esclavitud».

«Lo peor fue el desalojo que vivió el pueblo, las llamas llegaron muy cerca de Lanzarote», comenta Juan Domínguez, quien trabaja en la gasolinera de Valleseco. «Fue horrible, a todos los vecinos los llevaron a Teror, yo me quedé en casa de mi hija en Arucas, pero la gasolinera no cerró, seguimos trabajando para servir a los coches de protección civil. Fue muy raro, pasábamos horas sin ver a nadie», cuenta Juan.

Santiago Guerra, de 85 años pasea por los alrededores de la gasolinera y relata que lo pasó con «angustia, a muchos se les quemaron las ovejas». Este vecino pide que los campos se mantengan limpios, «antes no había fuegos porque se limpiaba todo, hasta una zarza».

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