Juan Moreno Martín, en un momento de la entrevista, en el interior del propio bar. / juan carlos alonso

El Boya echa el ancla en El Pajar

El hijo del fundador del mítico bar, Juan Moreno, ya tiene una calle en el pueblo que le acogió en 1956. El reconocimiento coincide con el 70 aniversario de este negocio

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO San Bartolomé de Tirajana

Tenía solo 14 años cuando Juan Moreno Artiles el Boya llegó a El Pajar, en San Bartolomé de Tirajana. Venía de Telde y le costó adaptarse, no tanto, quizás, por su apego a Arauz, en Los Llanos, donde vivía, sino por lo que para él significaba su abuela Josefa, la mujer que lo crio tras la muerte de su madre y que le marcó para siempre.

Pero su padre, Domingo, le mandó llamar. Necesitaba otra mano para el bar que había fundado unos años antes, en 1952, hace justo ahora 70 años. Juan bajó, se quedó y triunfó. Hoy su negocio es una referencia. «El que no ha estado, lo ha oído nombrar. Se ha hecho un nombre en la isla».

«Me siento totalmente de El Pajar»

«Me siento totalmente de El Pajar, llevo más años aquí que en donde nací», cuenta Juan. «Aquella aventura mía de cuando llegué con 14 años se ha convertido en mi vida; aquí está mi mujer, Inmaculada Zerpa, ella es también de la zona, y aquí hemos criado a nuestros hijos».

Ese arraigo ya es tan profundo que hoy Juan y su bar Playa-El Boya son parte de la historia con mayúsculas de este pueblo sureño. Y su gente, sus vecinos, también lo perciben como algo suyo. Tanto, que promovieron que el Ayuntamiento le pusiera su nombre a una de sus calles.

Inmaculada Zerpa y Juan Moreno, bajo la placa con el nombre de la calle. / C7

«Uno no está acostumbrado a estas cosas, lo veo y no me lo creo, porque yo lo que he hecho es trabajar, y si creen que he hecho algo que merezca que una calle lleve mi nombre, pues mira, me siento muy halagado y querido». Su hijo Óliver, a su lado, le mira orgulloso. Todavía se emociona cuando recuerda que el día que descubrieron la placa, hace apenas unas semanas, el barrio en peso les quiso acompañar.

Tanto sacrificio ha merecido la pena

«Sabemos cuánto sacrificio y esfuerzo hay detrás, porque ha sido muy duro levantar todo esto –lo dice mirando al bar-, pero al final también te das cuenta de que ha merecido la pena. Vino siendo un niño, con 14 años, y mira el legado que ha dejado. Todo el mundo le respeta y le tiene cariño».

Y es que Juan no lo tuvo fácil. María Jesús Artiles Flores, su madre, falleció cuando él apenas tenía dos años y fue su abuela, Josefa Martín Valerón, hermana del fundador de la mítica panadería teldense de Valerón, la que le enseñó a vivir.

Además, a su padre entonces le veía poco. Era marino y pasaba largas temporadas en El Pajar. «Venía a faenar aquí abajo y volvía a Telde por las fiestas de San Juan, de San Gregorio o de Pascuas, eran los famosos viajes, los marinos varaban los barcos, subían 15 o 20 días y volvían. Eso lo hacían los hombres, las mujeres se quedaban en Telde».

En la foto superior, la familia posa con Juan Moreno junto al monolito colocado en el paseo marítimo. Debajo, foto antigua de Juan Moreno, sentado, y su padre Domingo, detrás de la barra, junto a dos clientes. Al lado, retrato de Josefa Martín Valerón, abuela de Juan y todo un referente en su vida. / C7

La familia de Juan era humilde, como tantas en la época, y le tocó trabajar desde niño. «Empecé desde los 10 años, desde 1952. Trabajaba despachando en una tienda de la calle Ramón y Cajal, en El Chinero». Estuvo varios años, de ahí que empezaran a conocerlo con ese mote. «Era como un hijo de ellos». ¿Y los estudios? Los básicos. «Iba de noche 'aca' don Manuel Cárdenes, un par de horas». Y cuando estaba en El Chinero, una vecina, de los Cáceres, le daba también clases al mediodía.

Vista general del bar desde el lado que mira al mar. / Juan carlos alonso

Pero en estas que su padre, Domingo Moreno Martín, le reclama. Ya necesitaba ayuda para aquel pequeño negocio que montó en 1952 en El Pajar. «Tuvo la iniciativa de traerse unas garrafas de vino que vendía entre los marineros. De una primera garrafa pasaron a ser dos, luego tres, y así fue evolucionando, empezó a venir mi hermano Domingo y después me llamó a mí». Sus clientes por entonces eran gente de aquí. «Se hizo famoso por el pulpo en salsa».

Juan llegó a El Pajar el 16 de junio de 1956

Así las cosas, Juan tuvo que dejar El Chinero. Fue en diciembre de 1955. «Mi padre me sacó de allí para venirme para abajo, pero como yo no quería ir, por mediación de mi abuela, me quedé 6 meses más». Eso sí, no estuvo quieto. Trabajó en otra tienda, la de Donato, en la misma calle, hasta que el 16 de junio de 1956 le tocó partir. Tiene grabada la fecha. No pudo resistirse más.

Y nunca más volvió. Entonces todo quedaba más lejos. «Iba cuando todo el mundo, por Navidades, o por San Juan o por San Gregorio». Recuerda que había un coche de hora, el de Melián, que salía por la mañana y volvía por la tarde. Si no, aprovechaban los camiones de los plátanos o los de la cementera.

«Mi padre era el que llevaba la cocina, y yo despachaba y llevaba el mostrador, porque siempre hubo un bar y una tienda, como ahora. Cuando mi padre se marchaba para Telde, me quedaba y me metía yo en la cocina».

Galería.

Así aprendió hasta que un buen día le tocó coger el testigo. En 1968 su padre, alma mater de todo aquello, cumplió 65 años y le pasó el negocio a Juan. Y aquí sigue desde entonces. A sus 80 años no se ha retirado. Ya no acude al bar todos los días, pero se mantiene activo. Esta es su casa y aquí están los suyos. Le ha dedicado su vida, 66 de sus 80 años.

Solo cerraba los viernes santos

Recuerda que no cerraba nunca, solo los viernes santos. «Deseaba que llegara ese día y hacía un mundo de él, pero no me daba para nada. Lo compartía con mis hijos y mi mujer». Y sus jornadas eran de sol a sol. «Empezaba a las 5 de la mañana para servir a los trabajadores de la fábrica y a los camioneros que venían a buscar cemento, y no cerraba hasta la noche». No tenía tiempo ni para el carné de conducir. Se lo sacó pasados los 30 años.

Tiene tres hijos y una hija, y todos tienen sus estudios, pero todos han colaborado también con el negocio familiar. «Todos echamos una mano, esto nos dio lo que tenemos y cuando hay que apechugar, apechugamos todos. Todos hemos pasado por aquí, y mis hijos han venido a mejorar lo que había. Han estado aquí de pequeños, compatibilizaban los estudios, trabajaban en verano, así que conocen el negocio desde la raíz», explica Juan.

Es más, la estirpe continúa. Una nieta, con 21 años, se ha sumado a la plantilla. Es ya la cuarta generación del bar Playa-El Boya. Está dada de alta y lo compatibiliza con sus estudios.

Un momento de la fiesta que la familia organizó para conmemorar con el pueblo los 70 años del bar. / C7

El bar suma ya 70 años, un aniversario redondo que la familia quiso celebrar con el pueblo al que tan ligado está. Aprovecharon el mismo día de la nominación de la calle para compartir una fiesta con sus vecinos. «El negocio siempre ha tenido ese contacto familiar con el barrio. Los problemas del pueblo son nuestros problemas, hemos crecido a la par, estamos muy agradecidos a El Pajar», apunta Juan.

No en vano, calcula que el 90% de sus empleados han sido del barrio. Y hasta algunos de sus proveedores son de la zona. «Hay tres familias que nos siguen suministrando desde sus abuelos o bisabuelos», apostilla Óliver. Hace muchos años que Juan, el bar y este pueblo van de la mano. Y ahora, con una calle a su nombre, ese vínculo será eterno. El Boya echa el ancla para siempre en El Pajar.

Mote

El Boya le viene de muy atrás. Ya se lo decían a su abuelo, que era el tío de todos los que estaban en El Pajar, porque le decían Tío Paco el Boya viejo. A su hijo, al mayor, Pancho, le llamaban el Boya chico. Y a Juan le tocó heredar el mote, que al final, también se lo puso al bar.