Carmen Lozano, viuda de uno de los dos sargentos fallecidos, acudió por primera vez al homenaje que, en el mismo llano de Tefía donde murieron, desde 1973 el Ejército de Tierra tributa a los trece paracaidistas siniestrados. / javier melián / acfi press

El viento impide el salto paracaidista en el homenaje a los trece fallecidos de la Operación Maxorata 72

Carmen, viuda del sargento Lozano, asistió por primera vez al acto organizado por el Mando de Canarias en Tefía, donde hace 50 años tuvo lugar el accidente. Además de los fallecidos, 73 soldados resultaron heridos de diversa gravedad después de que, haciendo oídos sordos a las fuertes rachas de viento, el comandante diera la orden de que se lanzaran en paracaidas

Catalina García
CATALINA GARCÍA Tefía

Las rachas de viento -las mismas que acabaron en 1972 con la vida de trece paracaidistas y provocaron heridas a 73- impidieron en Tefía el lanzamiento desde helicóptero que iba a cerrar el acto de homenaje por los 50 años de los fallecidos en las maniobras militares Maxorata 72. Por primera vez, acudió Carmen, viuda de uno de los dos sargentos, y su hijo Javier Lozano, que sí había presenciado en tres ocasiones el homenaje y que tenía tres años cuando murió su padre.

El Mando de Canarias organizó este homenaje que recuerda -como cada año desde 1973- «el lanzamiento fatídico», como lo calificó a Luis Herrero, general jefe de la Brigada de Paracaidistas. La Operación Maxorata 72 había comenzado el 10 de abril y, para el día 11, incluía un salto en paracaidas sobre los llanos de Muchichafe, un tablero árido y expuesto a la fuerza del alisio, en Tefía, en el municipio de Puerto del Rosario. El generlal Herrero detalló que el primer paracaidista en saltar lo hizo sobre las 7.40 horas, «con un ligero retraso sobre la hora prevista, y no se notó nada raro, pero a medida que se iban lanzando, las rachas de vientos los hacían impactar contra el terreno».

Militares del Soria 9 desfilan durante el acto de homenaje en Tefía, donde se desplegó de manera simbólica un paracaidas. / javier melián / acfi press

Los testigos civiles, en su mayoría ya desaparecidos, repitieron durante años que, a pesar de las advertencias generalizadas de que se abortara el salto de los paracaidistas por el fuerte viento que ese día azotaba Tefía de norte a sur, el comandante de la maniobra replicó «mis hombres están preparados para morir». Así lo recordaba el corresponsal de TVE en Fuerteventura, Gerardo Jorge Machín, que sufió la censura militar de entonces al obligar a su cámara Tony Santana y al fotógrafo militar velar las imágenes de la tragedia y a él le dijeron que no escribiera ni una sola palabra.

Según el relato del periodista que describía que «Tefía quedó oliendo a sangre», los dos sargentos y los once legionarios fueron arrastrados por el viento durante unos tres kilómetros de piedras y más piedras. Ese trayecto fatal de los paracaidistas lo presenció el ganadero de La Laguna de Tefía, Fernando Peña, ya fallecido, quien recogió al primer paracaidista, «allí lo votaron, cerca de donde yo estaba cuidando un ganado de ovejas. Estaba vivo y, con una navajita que siempre llevaba conmigo, le corté el paracaídas y salió caminando». Menos suerte tuvo el resto. uno de ellos cayó frente a su misma casa, en el tablero de La Laguna, sin cabeza. Otros se engancharon en las higueras tras los tres kilómetros de caída y arrastre por el pedregal, uno se estampó contra la esquina de la casa de su hermano y salió ileso, «a otro lo dejé vivo pero partío y me dijo que lo dejara allí, quieto, y eso mismo hice».

Escuadra de gastadores de la brigada Almogávares VI de Paracaidistas, con el molino de Tefía al fondo. / javier melián / acfi press

La tragedia soprepasó a los escasos medios sanitarios con los que contaba Fuerteventura. Ese otro relato, el de cómo la isla se movilizó para atender a los 73 heridos de difente consideración, lo encabezaban tres médicos: Pedro Bosch, Artistide Hernández Morán y Santiago Santander, que no sabían a quien atender primero cuando los heridos llegaban a la única clínica de la isla, en el cercano Puerto del Rosario. Como sólo había una ambulancia, taxistas y coches privados se habilitaron para trasladar a los soldados y como la sangre fue lo primero que faltó, los vecinos hicieron donaciones masivas, como se destacó en el acto de homenaje con motivo de los 50 años del accidente.