Palmeral de la Madre del Agua, en el barranco de Ajuy. / J.F. Olivares

Réquiem por el palmeral majorero

Eduardo Fránquiz Alemán, experto en Medio Ambiente y en palmera canaria, alerta de la regresión de los palmerales, con especial hincapié en el de Las Peñitas y la Madre Agua, a los que considera santuarios de la Phoenix canariensis a proteger como BIC

Catalina García
CATALINA GARCÍA Puerto del Rosario

El palmeral de Phoenix canariensis majorero «se está muriendo»: es el primer diagnóstico de Eduardo Fránquiz Alemán, experto en medio ambiente y en palmera canaria. Para más señas, la comparación de fotografías de hace 20 años con las actuales y los datos fehacientes, confirman «una regresión y una nula regeneración natural en su biología y ecología de sus ecosistemas».

Fránquiz Alemán, también consultor medio ambiental, coincide con otros expertos en que la palmera canaria como especie nació en Fuerteventura. «La palmera canaria surgió de un tipo de palmera del genero Phoenix existente en el continente africano, probablemente de los Oasis del Rio Draa, y cuyo material genético llegó a la isla más cercana al continente, Fuerteventura, apenas 200 kilómetros del continente». De ahí la importancia del palmeral de las Peñitas, en el barranco de Buen Paso, en el municipio de Pájara y dentro del Parque Rural de Betancuria, «que pueden ser lo que nos queda del origen de la palmera canaria en todo el resto del archipiélago».

Junto con el palmeral, más que diezmado, de la cercana Madre del Agua, el experto considera a las Peñitas como santuarios de la Phoenix canariensis. «La importancia del palmeral de Las Peñitas está en sus caracteres genético. Probablemente algunas de estas palmeras son descendientes de las originarias de la especie Phoenix canariensis».

A lo que se suma que es «sólo un pequeño reducto del que debió ser el gran palmeral majorero, cuyo bosque natural de Phoenix canariensis comunicaba la Vega de Río Palmas, las Peñitas, Madre Agua, Ajuy, Mezque, Pájara, Toto, Agua de Bueyes, Casillas Morales, la Corte, el barranco de la Torre, Antigua, Valle de Santa Inés, Llanos de la Concepción, etc. Todo gracias al macizo de Morro Velosa que, con su desaparecido bosque termófilo asociado a la Phoenix canariensis, servía como sistema de hidratación y refrigeración del gran palmeral que cohabitaban en los fondos de sus barrancos».

Palmeras del barranco de Buen Paso, en Las Peñitas. / J.F. Olivares

El grado de deterioro de estos santuarios vegetales es tal que, da fe Fránquiz y las fotos, existen «múltiples de ejemplares centenarios muertos y no cerrando su ciclo biológico en un ecosistema equilibrado. Apenas existe regeneración natural, los suelos están muy alterados por lo que la planta no puede equilibrar su proceso nutricional». A esto añade la deshidratación del suelo por sobre explotación de los acuíferos y la excesiva deforestación de los bosques asociados a los oasis de palmera canaria para un aprovechamiento maderero en siglos pasados.

En los últimos años se ha añadido una gran amenaza en todo el archipiélago que en Fuerteventura también se da: las plagas y enfermedades letales para la palmera, como Diocalandra frumenti, Thielaviopsis paradoxa y el Fusarium oxiosporum. «Estas amenazas asociadas a las malas prácticas culturales y a un modelo de gestión que pone en situación de vulneración no solamente a la planta, sino también a la seguridad de las personas», subraya el experto. Las zonas urbanas, sobre todo las zonas turísticas, están totalmente infestadas de estos patógenos, «y lo peor de todo es que esta situación la están trasladando al medio rural y al natural, añadiendo a la grave crisis de decaimiento de los palmerales, produciendo otra afección irreversible más».

Hay que considerar también la alta hibridación que padece la palmera canaria con la especie Phoenix dactylifera en Fuerteventura y la elevada tasa de palmerales naturales antropizados en el medio urbano y rural, «probablemente la más alta de toda Canarias».

Rosa del Coronel, detras de la Casa de los Coroneles, en La Oliva. / J.F. Olivares

Eduardo Fránquiz no se olvida de lo que llama las grandes gigantes, esto es palmeras canarias superiores a los veinte metros de altura, que han ido desapareciendo en distintos pueblos majoreros. «Con el abandono progresivo de la actividad agraria, la conservación de los palmerales rurales está desapareciendo. No cabe duda la importancia que tiene para nuestro paisaje singular estos elementos vegetales, aislados o conformando pequeños grupos, debiendo tener el trato de palmeras y palmerales monumentales y singulares, conllevando una gestión diferenciada en su conservación». La necesidad conservación de la actividad agraria es parte de la cadena de la conservación de estos palmerales rurales.

El experto en palmera canaria se ha reunido con los responsables políticos y técnicos de la Consejería de Sostenibilidad Ambiental del Cabildo. «Nos consta su preocupación por la situación crítica que vive actualmente nuestra palmera, que requiere coordinar medidas de conservación».