Antigua, 1890. / C7

Puerto de Cabras, capital infeliz; Antigua, el pequeño Telde; Gran Tarajal, arteria agrícola mercantil

En el libro 'La tierra de los Guanartemes. Canarias Orientales', editado en París en 1910, el diputado y escritor Luis Morote recorre la isla «infelicísima» cuya impresión mejora desde que llega al sur

Catalina García
CATALINA GARCÍA Puerto del Rosario

Fuerteventura, a ojos de Luis Morote (Valencia, 1864 - Madrid, 1913), era en los albores del siglo XX un «pueblo que no sucumbe en la miseria». Pero para llegar a esa conclusión esperanzadora, el diputado por Las Palmas, impulsor de la Ley de Cabildos y escritor valenciano tuvo que pasar primero por la desolación del entonces Puerto de Cabras, la nada de Casillas del Ángel, Tesjuate y Ampuyenta, hasta acercarse a «el pequeño Telde» que vio en Antigua, la alegría de un baile en Tiscamanita y por fin «la arteria agrícola mercantil» de Gran Tarajal con «una bahía de fondos aplacerados».

El viaje de Morote por la Maxorata se recoge en el libro 'La tierra de los Guanartemes. Canarias Orientales', publicado en París en 1910 con portada ilustrada por Joaquín Sorolla. El escritor valenciano mantuvo lazos fraternales y políticos con el archipiélago, en concreto con Las Palmas de Gran Canaria, donde el Ayuntamiento puso su nombre a una calle y lo nombró hijo adoptivo y al fallecer acordó atender la orfandad de sus hijos con una pensión de tres mil pesetas anuales durante cinco años.

El diputado por Las Palmas y escritor desembarca en Puerto de Cabras, un pueblo de 600 habitantes según el censo oficial, de más de mil según la realidad. Allí se encuentra con el alcalde, «el médico, y singularmente mi buen correligionario el republicano federal Secundino Alonso», que les expone las necesidades de «esta capital infeliz de una isla infelicisima. Qué tal será que tienen que llevarle el agua para beber desde Las Palmas».

La impresión no mejora cuando deja atrás Puerto de Cabras en «la única tartana que hay en toda la isla, y eso porque la trajeron de Gran Canaria» y se encuentra más desolación. «Durante muchas leguas, la naturaleza no puede ser más pobre, más triste, más desolada. Diríase que aquello es la representación más acabada de la última miseria. El suelo es de ese color pardo que tiene la tierra en la Mancha, y luego no se ve un árbol ni una casa. Por no tropezar con nadie, no tropezamos ni con camellos».

El viajero, diputado y escritor valenciano pasa por Río Cabras, con «el agua encharcada, que no corriente, es salobre, infecta, inmunda. (..) Si algún caballo ó camello, por ser forastero, se arroja á beber en este río, en seguida se retira sintiendo la repugnancia de aquella agua corrupta». Pronto avista Tesjuate, del que «no sé nada, sino que es un pueblo triste como nuestro cochero, triste como nuestra mula, triste como el ambiente».

Ampuyenta, con el Hospitalito del doctor Tomás Mena ya finalizado, le mejora la impresión, aunque critica que está sin uso desde hace diez años y que los enfermos majoreros deben trasladarse a Gran Canaria.

Toda esta desolación cambia cuando Luis Morote enfila Antigua. «¡Que pueblo tan bonito! Es un pequeño Telde, con su vega rica, con sus plantaciones variadas, con su aire de prosperidad. Esto ya es otra cosa, es un mundo nuevo». Su impresión va de bien a mejor porque se tropieza con la hija de la dueña de la fonda, Concepción Cabrera, quien defiende apasionadamente a los jornaleros que están construyendo la carretera de Puerto Cabras a Antigua, para luego intentar enlazar con el futuro puerto de Gran Tarajal y que suman tres meses sin cobrar un sueldo. En la boca de la joven posadera pone que «es un abuso sin nombre, un escándalo sin excusa, sonsacar de su casa á gente miserable que aun en su miseria tendría otro modo de trabajar y de comer, ofrecerle un salario y no dárselo, (..) sin pan para llevar a sus hijos».

De allí pasa al baile ofrecido por Matías López, que tiene una casa-comercio en Tiscamanita. El diputado y escritor describe los bailes y sobre todo el duelo de coplas de las isas y las polcas para terminar concluyendo que «pueblo que baila y que rie y que canta como en la noche de hoy en Tiscamanita, es un pueblo que no sucumbe en la miseria. Donde hay alegria, hay bienestar».

Al día siguiente pone rumbo al puerto de Gran Tarajal, «¿Qué más se quiere? Una rada de un kilómetro de extensión, fondos aplacerados, playas de arena llana, orientación única porque este puerto está cerrado á toda clase de temporales, es decir la mayor suma posible de condiciones naturales. Hoy no hay nada en Gran Tarajal, nada más que lo que hizo la naturaleza, y sin embargo los barcos tocan alli sin peligro».