El nieto mayor, Manuel Batista Cabrera, en la casa de su abuelo con el buzón en la puerta. El militar fue nombrado cartero de Pájara a su vuelta de la guerra porque no existían entonces pensiones de guerra. / Javier melián / acfi Press.

Pancho El Filipino, el soldado de Pájara que se convirtió en cartero

Francisco Cabrera Cabrera volvió de la contienda de Filipinas (1896-1898) con Eustaquio Gopar, cuando ya lo habían dado por muerto en Pájara. Su nieto mayor, Manuel Batista Cabrera, relata las aventuras del que luego fue cartero

Catalina García
CATALINA GARCÍA Puerto del Rosario

En la guerra de España contra Filipinas, (1896-1898) combatió y pasó calamidades sin fin el soldado majorero Francisco Cabrera Cabrera, quien al regresar todos le llamaban Pancho El Filipino y, en familia, el abuelo filipino. Nacido en Pájara, su nieto mayor, Manuel Batista Cabrera, relata sus peripecias y fatigas en ultramar, de donde regresó con Eustaquio Gopar, de Tuineje, uno de los dos majoreros que resistió 337 días en la iglesia de Baler, convirtiéndose en uno de los últimos de Filipinas.

El paso de Francisco Cabrera Cabrera por la guerra sólo resiste en la memoria de sus nietos, hoy casi todos octogenarios. Manuel Batista Cabrera (Pájara, 1934) es el mayor de los nietos. Mientras cuidaban juntos las cabras, Manuel, que hoy tiene 87 años, le oyó contar al abuelo Pancho varias veces las penurias que pasó en Filipinas, algunas de las cuales compartió con Eustaquio Gopar Hernández.

Pero Manuel no se adelanta, sino que relata la aventura de su abuelo filipino desde el principio. «El vivía en Pájara y no tenía ni silla donde sentarse, esperando que pusiera la gallina un huevo para ir a comprar aceite a la tienda». En medio de esa pobreza, que campeaba por toda Fuerteventura, le llamaron por su quinta a filas. La misma de Eustaquio Gopar Hernández, de Tuineje, y Rafael Alonso Mederos, de Villaverde (La Oliva), con los que, aparte de edad, compartía la misma falta de recursos que les impedía juntar las 1.500 o 2.000 pesetas que se pagaban para salvarse del servicio militar. «Los más humildes son los que iban a la guerra», corrobora el historiador Carlos Vera.

El relato del nieto mayor de Francisco dista de investigaciones históricas, de fechas y se va a lo esencial. «Con Eustaquio, el de Tuineje, se refugió en una iglesia vieja, sin comer, sin nada. Y, mire, como se lo estoy diciendo: comieron ratas. Se ponían a acecharlas para ver por dónde se metían, ponían por la noche una piedrita a la entrada y, a la mañana siguiente, la quitaban y salía la rata y ellos le saltaban arriba, atrapándola con una camisa. Con las manos le quitaban el cuero y se las comían, sin asar y sin nada».

Así, estuvieron «una partida de días, oyendo tiros fuera y cazando ratas». Cuando se hizo el silencio y pudieron salir de la iglesia, «pegaron a caminar hasta que los cogieron en la noche para matarlos, pero finalmente los dejaron para por la mañana y los metieron a los dos en una garita. Cuando los centinelas se durmieron, se escaparon y fueron a una playa». De esta fuga, el abuelo filipino le dio un consejo de supervivencia al nieto: «los dos caminaron de espaldas en la arena y yo le preguntaba ¿de espaldas, abuelo? y él me contestaba que era para que vieran las huellas como si se dirigieran a tierra, hasta que el agua les llegó por la cintura».

Francisco y Eustaquio localizaron una lancha y, sin remos, «¡con la manos!, sin saber dónde iban y comida ninguna. Como los iban a matar, lo mismo daba».

El abuelo filipino también le aseguró al nieto que volvió con Eustaquio Gopar a casa «de puerto en puerto hasta llegar a Canarias y saltaron por aquí cerca, por el Puerto de la Peña».

El relato del Manuel pierde crudeza con el regreso a Pájara. «¿Puso usted ya que saltaron por el Puerto de la Peña? Pues, bueno, como lo tenían por muerto por todos los años que había pasado en la guerra, el alcalde de Pájara propuso no asustar a los padres que estaban arrancando allí, en la montaña, por si acaso les diera un infarto. Entonces, se acercó a ellos y les comunicó que había llegado una carta que a lo mejor comunicaba que el hijo estaba vivo, hasta que finalmente les dijo que no había muerto y que estaba allí mismo, en Pájara».

Manuel asegura que a su abuelo lo nombraron alcalde como reconocimiento a su paso por la contienda y que, como no había pensión de guerra, «ni subsidio, ni nada, la gente se moría de hambre», le dieron después el puesto de cartero de Pájara. Lo cuenta, a veces sentado, a veces de pie, según la emoción del relato, delante de la casa del abuelo, donde tuvo que abrir una puerta en el muro y abrir un hueco en la madera a modo de buzón.

Hasta la casa del cartero, venía caminando desde Tuineje Eustaquio Gopar «a hablar con mi abuelo y a recordar. Cuando venía el día 13 de octubre, la fiesta de San Miguel, lo invitaba a ir a su casa y al revés cuando era la de Regla en Pájara». Pancho El Filipino se casó dos veces, la primera con María Lucía Dumpiérrez y Soto, de 22 años, cuando el tenía 24 años, en marzo de 1901, según el diario La Opinión.

Eustaquio (Tuineje, 1876-1863) y Francisco por lo menos volvieron vivos y pudieron contar su paso por la contienda. Peor suerte tuvo Rafael Alonso Mederos (Villaverde, 1877-Baler, 1898), el tercer majorero llamado a filas para la guerra de Filipinas, que falleció de beriberi en la iglesia de Baler.