Pedro García, en el Mar Menor. / Europa press

Pedro García, el guardián del Mar Menor

Premio Nacional de Medio Ambiente, este naturalista encarna los valores de lucha que necesitan los entornos naturales amenazados

Jacob Petrus
JACOB PETRUS

Es naturalista, conservacionista y ecologista, pero sobre todo es una persona a la que no le gusta que la etiqueten. Pedro García es un geógrafo «de campo y de mar», actualmente director de la Asociación Naturalista del Sureste peninsular (ANSE), una organización social, autónoma e independiente, sin ánimo de lucro, que persigue la divulgación, el estudio y la defensa de la Naturaleza y el Medio Ambiente en el sureste de nuestro país.

Con cerca de 1.000 socios, ANSE es la cuarta asociación naturalista y ecologista más antigua de España, y tras 45 años de lucha se mantiene en plena forma, con numerosos proyectos y campañas en la actualidad, que incluyen iniciativas ciudadanas para detectar la muerte de aves por electrocución, la recuperación de 3.000 hectáreas de humedales para proteger a la Cerceta Pardilla, el pato más amenazado de Europa, o la tan farragosa conservación del Mar Menor.

Precisamente, la creación de una red de reservas naturales y la protección de un buen número de espacios naturales emblemáticos entorno a la laguna salada más grande de todo el continente le ha servido a Pedro García para recibir el Premio Extraordinario de Medio Ambiente 2022, otorgado a principios de junio por la Ministra para la Transición Ecológica y Reto Demográfico, Teresa Ribera, quien aseguró que el galardón reconocía «una forma distinta de hacer las cosas».

Desde la base, desde la tierra

«Para cambiar las cosas, hay que hacerlas desde la base, desde la tierra, sobre el terreno, para situarte en el lugar de los otros, avanzar en conservación y plantear proyectos concretos, siempre desde la credibilidad». Este es el estilo de Pedro García, que predica desde que tiene opinión, desde que con 18 años se apuntó a su primera asociación naturalista en Cartagena, para trabajar posteriormente como técnico de la administración local y dedicarse por completo desde hace seis años a su labor en ANSE.

Según este ecologista, las provincias del sureste peninsular comparten problemas medioambientales similares: la ocupación del territorio a golpe de desarrollo urbanístico y de infraestructuras, el crecimiento de la agricultura intensiva bajo plástico y de regadío, o los efectos del cambio climático, con una reducción y modificación de las precipitaciones, o con una pérdida de la línea de costa por erosión, con afección a viviendas e infraestructuras.

«Los primeros años fueron más duros en la reivindicación, ahora lo es en lo político, con una apuesta actual por el desarrollismo de siempre, impulsado por la administración y los grupos económicos, los más poderosos e influyentes», dice.

Pero crecer a base de autovías, líneas de Alta Velocidad o complejos turísticos es un discurso que ya no cala igual en la población. «La gente pregunta cuándo se va a regenerar la bahía de Portmán o la Caleta del Estacio, cuándo se va a recuperar el Mar Menor», sostiene.

Una inquietud de las nuevas generaciones

Un cambio en la opinión pública que García constata más bien poco en los sectores de población más mayores, pero sí muy evidente entre los más jóvenes, que más allá de las acciones individuales, quieren un entorno medioambiental mucho más protegido, pero sin saber cómo actuar para conseguir ir un poco más allá.

«Hay un gran sentimiento de frustración», ha detectado este murciano, porque dos de las manifestaciones más numerosas en la historia reciente de la Región de Murcia han sido en defensa por el Mar Menor, una en Cartagena y la otra en Murcia capital, pero «no han tenido una respuesta política, incapaz de reaccionar ante una situación tan grave como la que vive la mayor laguna salada de Europa».

En agosto de 2021, un episodio de anoxia (falta de oxígeno en el agua) provocó la muerte de miles de peces y crustáceos, que agonizaban en la orilla, «con la boca abierta, subiendo a las piedras para salir del agua, intentando sobrevivir».

Para Pedro fueron 12 días de sensaciones intensísimas, desde la rabia a la desolación, tras ver como la gente caminaba en 'shock' mientras los servicios de limpieza retiraban los animales muertos, o con recuerdos muy dolorosos, como «la mujer que recogía peces con un salabre acompañada de sus nietos. Al verme se puso a llorar, recordando cuanto tiempo había escuchado que eso iba a pasar. Cosas así te dejan seco, sin palabras», recuerda.

Se ha tenido que morder la lengua en infinitas ocasiones, desahogarse en solitario, se ha agarrado a la esperanza de que hubiera una reacción, después de que «la naturaleza nos escupiera a la cara, nos devolviera un bofetón descomunal, uno en 2019 y 2021, diciendo… ¡A ver si espabiláis!».

El riesgo de politizar el cuidado del medioambiente

A pesar de todo, Pedro García es optimista ante los bajos niveles de oxígeno y las altas temperaturas detectadas hace un par de meses, que activaron todas las alarmas ante la posibilidad de que este verano se repitiera un episodio de alta mortandad en el Mar Menor.

«La eutrofización (sopa verde) es menor, las aguas estaban más claras en invierno, hay más macroalgas en la orilla, ha crecido el cabello de ángel en el interior de la laguna... La capacidad del Mar Menor para sorprendernos todavía no ha terminado».

Controlar los nitratos y sedimentos que arrastran las ramblas desde los campos de agricultura intensiva y mantener el nivel del acuífero son fundamentales para conseguir un buen estado de salud del Mar Menor, pero sobretodo es «que exista un Comité Científico y de Participación Social no politizado, empoderado, que recupere la credibilidad ante la sociedad», reivindica.

Para Pedro García, el Mar Menor es «un ejemplo brutal de como se puede politizar un problema medioambiental hasta hacerlo imposible de resolver y desanimar a cualquiera que haya querido a contribuir a la búsqueda de esa solución».