«Me da pena que haya ejecutivos que vean el impacto social de la empresa como algo secundario»

Mercedes Valcárcel, experta en desarrollo económico sostenible, analiza el papel de las compañías en la era del cambio

A. HERRANZ

Doctora en Ciencias Económicas y Empresariales, Mercedes Valcárcel lleva años centrando su trabajo académico en innovación social, evaluación y medición de impacto, economía y emprendimiento social, RSC e inversiones sociales.

Tras participar en el evento 'Beyond Digital: De la experiencia al impacto, diseñando el camino hacia una Economía de la Transformación' impulsado por la empresa The Cocktail, Valcárcel reflexiona sobre cómo ha cambiado el panorama y qué deben medir las empresas para tener un impacto positivo.

- Lleva muchos años, antes incluso de que esto fuera una tendencia, hablando sobre el impacto positivo que deben tener las empresas. ¿Qué te lleva a plantearte estas cuestiones?

-Diría que una visión del mundo a nivel personal muy ligado a mi interés por las personas y mi vocación de conocimiento y aprendizaje continuo. Era ejecutiva de banca y, en un momento dado decidí, hacer el doctorado en temas de crecimiento económico y desarrollo sostenible, muy ligado a las finanzas sociales que habían empezado a surgir por el año 2000. Me pareció mucho más interesante dedicar mi tiempo y mi conocimiento a funciones y actividades que pudiesen beneficiar a otras personas. Las finanzas sociales me llevaron directamente a la empresa social. Mi principal descubrimiento en ese momento es que, teniendo un buen conocimiento de la actividad en los sectores clásicos, se puede tener un enorme impacto en el entorno social y en la organización interna de esas mismas entidades para mejorar su aproximación a la sociedad.

-Cuando empezó, ¿cuál era la reacción de los empresarios?

-Pensaban que yo era un marciano verde con trompetillas (se ríe), pero tenía una ventaja muy grande: llevaba 15 años trabajando en el sector financiero y los últimos 10 en posiciones directivas, lo cual me permitía hablar su lenguaje. Parece una tontería, pero uno de los mayores retos a los que se enfrentan los emprendedores sociales es que, para que la gente te escuche, tiene que sentir que estás en su nivel de comunicación, de conocimiento y que tienes la potestad para hablar con ellos. Así que, por lo menos, me escuchaban.

Sucede también el ámbito académico. La recepción fue, por un lado, de cierta extrañeza y en ocasiones de escaso interés. A una gran caja de ahorros a la que les propuse financiar proyectos sociales me dijeron que era muy interesante lo que les estaba contando, pero que en ese momento pensaban que tampoco era necesario hacerlo y que, cuando hubiera demanda, lo harían ellos internamente.

«Las grandes empresas en España además de su cuenta de resultados financiera tienen que comunicar informes adicionales del ámbito más social»

-¿Cómo ha cambiado esa visión? ¿Cuál ha sido el momento de cambio?

-Hay tres elementos básicos que han supuesto algo de ruptura, aunque el primero ya existía en el momento en que yo empecé: en España vende muy bien si es algo que viene del mercado anglosajón, especialmente de Estados Unidos. Cuando yo hablaba, me miraban con otros ojos si decía que los profesores de Harvard habían dicho tal o cual cosa. Ese fue el primer paso sobre el que sujetar las cosas.

El segundo ha ido siempre muy ligado a la comunicación de los temas. Inicialmente se llamaba Responsabilidad Social Corporativa, luego criterios ambientales, sociales y de buen gobierno… Al final, las grandes empresas en España además de su cuenta de resultados financiera tienen que comunicar informes adicionales del ámbito más social. Empezaron a entrar en aquellos ámbitos que les era más fácil de implementar y donde pensaban que iban a tener más impacto. Además del eje comunicación y el eje regulación (la Unión Europea está avanzando a toda velocidad con los temas de la taxonomía), el tercer elemento es la gente. Se ha producido un cambio significativo en las prioridades de los profesionales españoles y las generaciones más jóvenes, que priorizan mucho más la conciliación y el encontrar un sentido y disfrutar del trabajo.

A nivel personal, esto es genial porque es un poco cerrar el círculo: yo empecé por las personas y, al final, las propias personas están presionando, priorizando estos elementos y contribuyendo a que se acelere su implementación.

-¿Por qué cree que las empresas están ahora más predispuestas a evaluar el impacto que tienen?

-La medición en las empresas está muy ligada a su forma de trabajo. La propia contabilidad la contabilidad no es más que un sistema de medición. Eso es positivo para todos los temas sociales, porque se replica este modelo a los temas de sostenibilidad, con indicadores que permitían hacer el seguimiento. Es cierto que las empresas muestran solo los indicadores que les interesan, pero es muy interesante ver cómo va a evolucionar en los próximos años. En la parte financiera hay muchas estimaciones de valor que están estandarizadas y asumidas por todo el mundo. En la parte social todavía no hay un nivel de madurez que permita un estándar en las estimaciones de valor, pero es un camino que habrá que recorrer. Llegaremos a ese punto, y espero que más en el corto o medio plazo que en el largo plazo.

No hay que volverse locos con las mediciones. Ir a modelos muy complejos dificulta la comprensión y facilita ocultar lo que no quieres que se vea.

«En sostenibilidad, las empresas muestran solo los indicadores que les interesan, pero es muy interesante ver cómo va a evolucionar en los próximos años»

-¿Qué se debe medir?

-El primer punto importante de la medición es que realmente esté ligada a tu estrategia; es decir, la medición no puede ser un elemento externo y ajeno, sino que tiene que ser un elemento que te ayude a la gestión del día a día. Por eso es un producto muy sectorial, pero todos los temas de impacto social tienen que ir muy enganchados a la realidad porque, si no, son una cosa ajena que no va a tener mucho sentido y va a tener un seguimiento mucho más complicado para los propios actores de la empresa y para comunicar a terceros.

Hay que mirar nuestros procesos productivos y ver en qué elementos se puede generar más impacto, a corto plazo y a largo.

-¿Se puede llegar a aspirar a ser una empresa sin impacto negativo?

-Sí. De hecho, hay empresas que no tienen impacto negativo y muchas que buscan no maximizar su impacto positivo de forma recurrente. Las empresas sociales, de hecho, tienen como misión generar impacto positivo social. En España está ya en trámite parlamentario el aprobar esta denominación legal, que permitirá crear sociedades de beneficio e interés común.

-Algo que antes se hiciera y que hoy nos extrañe que se permitiera.

-La comunicación. Hay cosas que la gente ya no dice bajo ningún concepto. Se nota mucho en los temas de diversidad (de género, de edad…), pero también de responsabilidad empresarial. El poder generar impacto social positivo es una parte intrínseca de las empresas. Me da mucha pena que siga habiendo ejecutivos que lo vean como algo secundario, cuando es una suerte estar en empresas donde puedes permitirte el lujo de hacer este tipo de actividades y de tener estos impactos.

-Algo que haya conseguido y de lo que esté especialmente orgullosa.

-Nunca fui consciente, y cada vez doy más valor, al tiempo que dedico a la docencia. Me siento muy orgullosa de que algunas de las personas que han compartido cursos y clases conmigo estén contribuyendo muy activamente a que cambien las cosas.

«En España está ya en trámite parlamentario el aprobar esta denominación legal de 'empresas social', que permitirá crear sociedades de beneficio e interés común»

-¿Algún logro inesperado?

-Seguramente esto mismo, el impacto que tiene la docencia, porque vengo de un perfil muy ejecutivo y los impactos que he conseguido han sido de forma directa. El poder de la investigación y la docencia para el cambio para mí ha sido una sorpresa bastante inesperada.

-¿Qué le gustaría conseguir?

-Es cierto que siempre me pongo objetivos concretos a las cosas, pero en este caso no me he planteado que me gustaría conseguir. Para mí es un camino, no una meta, pero me gustaría que todas las empresas (o la mayoría) piensen siempre en el impacto y en las necesidades de las personas antes de tomar cualquier decisión.