Alejandro Quecedo. / Virginia Carrasco

«El cambio climático ya está aquí y no se puede evitar»

Alejandro Quecedo del Val es uno de los 400 jóvenes que ha llevado las exigencias climáticas de la juventud a la ONU

José A. González
JOSÉ A. GONZÁLEZ Madrid

Con apenas 20 años, Alejandro Quecedo del Val (Briviesca, Burgos) se ha convertido en uno de los activistas españoles más internacionales. De su pueblo natal a la sede de Naciones Unidas, Quecedo ha pasado de observar las aves de los montes castellanos a hablar cara a cara con los principales dirigentes mundiales. El joven burgalés ha sido uno de los 400 jóvenes seleccionados para llevar las exigencias de la juventud en cuanto a cambio climático a la ONU. «Los gobiernos están desconectados de los problemas de la calle», denuncia. Antes de volver a casa, el activista hace una parada en Madrid para presentar su último libro 'Gritar lo que está callado' (Editorial Conatus).

¿Cómo recuerda su primer contacto con la naturaleza?

Fue en un campamento que organizaba WWF en las Hoces del Río Riaza (Segovia). Allí está una de las colonias de buitre leonado más grandes de Europa y yo salí enamorado de las aves. A mitad del campamento, nos llevaron al muladar y vimos un grupo de cientos de buitres y fue simplemente increíble.

¿Y cuándo se dio cuenta de que estamos ante un problema real con la naturaleza?

Los números siempre estaban ahí y lo que pasa es que, por nuestra condición cultural, estos nos resbalan. De alguna forma era consciente, pero no era sensible a la problemática. Creo que me empecé a percatar del problema real cuando estaba colaborando con SEO/Birdlife. Me di cuenta, porque cada vez me era más fácil identificar pájaros, pero cada vez contabilizaba menos y me preguntaba por qué estaban desapareciendo. Además, haber estudiado con una beca en Noruega me ha permitido conocer de primera mano testimonios de personas que han sufrido el cambio climático en primera persona. Me han dicho: «La isla de donde vengo no tiene futuro. Mis hijos no van a poder ver donde están enterrados sus padres». Ese es un momento en el que ves que el sufrimiento de esta gente es bastante más real que los números que nosotros conocemos. Y los números que nosotros conocemos, probablemente, se traduzcan en un futuro no muy lejano a ese sufrimiento que está teniendo esta gente.

Ha dicho que ha estudiado fuera, ¿hay más conciencia ambiental en el mundo educativo?

Al nivel en el que yo estoy estudiando, quizás no tanto, porque yo me encamino más por ciencias sociales y las humanidades. Lo que sí es cierto es que hay distintas sensibilidades, por ejemplo, en el caso de Noruega. Ellos tienen un concepto totalmente distinto que el nuestro con una importante presencia de la naturaleza en sus vidas. Ahora bien, luego también te encuentras con la paradoja de que el principal producto que exportan es el petróleo. Entonces es como algo paradigmático, pero, desde luego, hay muchas lecciones que podemos aprender de ellos.

Esa sensibilidad por la naturaleza, entiendo, que provocó que sea más natural tener una conversación sobre el cambio climático, ¿no?

Sí, sí. Pero creo que, hoy en día, también en España es algo normal tener una conversación de este tipo, sobre todo, cuando tienes personas que están sensibilizadas. Quizá no sea una conversación que se haga de motu proprio o que haya un deseo de llegar a una conversación sobre cambio climático. Lo que sí que hay es una reacción, porque si tú sacas la palabra cambio climático, todo el mundo va a tener una reacción, quizá, más positiva, más negativa, más preocupada o menos preocupada. Pero, todo el mundo tiene consciencia de que tenemos que hacer algo porque realmente es urgente.

¿Y cuándo hablaba a la gente de su entorno? ¿Qué decían?

Yo era el loco de los pájaros (risas) y es una afición que muy pronto aprendí a vivir para mí mismo. Evidentemente, cuando salía con mis amigos no me ponía hablar de los pájaros de una forma que ellos se ponían a hablar del fútbol. Lo interesante fue que de repente, una vez cuando estuve en la ONU y regresé, la gente empezó a preguntarme: «oye, y eso de los pájaros... ¿entonces es cierto que están desapareciendo?» (risas).

Titula el libro 'Gritar lo que está callado'. Ha estado en cumbres del clima, en la ONU. ¿Qué es lo que le gustaría gritar a la gente que nos gobierna?

Es interesante que hayas escogido ese grupo en específico, porque el problema de la gente que nos gobierna es que tiene la ciencia para saber, probablemente, mejor que tú y que yo cuál es el problema al que nos estamos enfrentando. Lo que primero que hace falta es la conciencia y creo que dice mucho también de nuestros sistemas de gobierno, en el sentido de que en buena medida están desconectados de los problemas de calle. No se pueden hacer transiciones ecosociales desde un despacho y decidir dónde vamos a poner un parque de molinos eólicos, sin saber siquiera cuál es el valor ecológico que puede tener esa sierra. Además, hay un problema de valentía, de tener las soluciones encima de la mesa y no hacer nada. A nivel tecnológico, sabemos de sobra qué es lo que podemos hacer y lo que no podemos. Pero hay una falta de valentía, de dar una vuelta al timón y marcar un rumbo.

Han pasado varias cumbres del clima y no les hacen caso en sus reivindicaciones. ¿Ve hastío o cansancio en los jóvenes?

Lo que veo es un cambio de estrategia y que se está produciendo poco a poco. Muchos jóvenes decidimos no ir a la COP 26, porque se está dando una discriminación deliberada de las narrativas. Coordino un grupo de la UNESCO para la creación de la Red Mundial de Juventud de Acción Climática y antes del evento teníamos aprobadas unas diez actividades. Unas semanas antes de la cumbre nos llegó una notificación de que se cancelaban ocho de esos diez eventos, porque consideraron que se estaba politizando excesivamente la cumbre. También hubo delegaciones como la de Jóvenes de Togo que les cancelaron la financiación para poder ir a la cumbre. Por eso, no hubo tanta involucración de la juventud como por ejemplo, en la COP25.

Estando dentro, viviendo y conociendo qué ocurre, ¿qué le diría a los más jóvenes?

Que son soberanos de su futuro. Vivimos un momento en el que la juventud puede estar históricamente liberada. Podemos tener tantas perspectivas, conocer fotografías, vídeos de primera mano en cualquier rincón del mundo, etcétera. Tenemos que utilizar todo eso en auto construirnos a nosotros mismos y creo que esto es algo que muy pocas veces se ha visto. Tenemos la capacidad para autoconstruirnos humanamente como realmente queremos y, sobre todo, para mí lo más importante, hacer frente a la crisis ecosocial, porque hay que luchar frente a ella, creo que no cabe ninguna duda. Creo que los datos están ahí y todo el mundo tenemos un imperativo ético y moral de luchar contra ella. Ahora lo que nos falta es tener consciencia de que esa lucha tenemos que hacer también de ella un punto de inflexión para empezar a construir el futuro que queremos.

Habla de crisis ecosocial y que centrarse en crisis climática es ser simplista, ¿estamos a tiempo de revertirla?

Siempre ha habido un gran problema narrativo, que es ¿cómo podemos evitar el cambio climático? El cambio climático ya está aquí y no se puede evitar. Los 200 muertos de las inundaciones de este año en Alemania y en Bélgica ya han perecido, igual que fallecen 8 millones de personas por contaminación o las especies que desaparecen son ejemplo de todo lo que está pasando. Ahora bien, tenemos margen de mitigarlo, tenemos margen de construir comunidades resilientes a todo ello y evitar que esta catástrofe se convierta en un apocalipsis. En cuanto a la crisis ecosocial, me parece que sí que hablar de crisis climática. El cambio climático, últimamente, es un acelerador de otras crisis que ya tenemos, biodiversidad, contaminación, deforestación o alteración de nuestros ecosistemas. Y si el cambio climático tiene un potencial destructivo tan amplio, es porque se interconecta y está operando en un medioambiente que ya de por sí está absolutamente destruido por nuestro modelo productivo.