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2030: la década más decisiva

Por qué Naciones Unidas señala esta fecha para actuar un futuro limpio y justo y marca los objetivos para lograrlo

R. Mendoza
R. MENDOZA

«No vamos a salvar el planeta; no seamos arrogantes. Solo tenemos que dejar de destruirlo». Esta reflexión lanzada por María Neira, directora de Salud Pública y Medio Ambiente de la Organización Mundial de la Salud (OMS), durante una conferencia sobre salud global resume de forma elocuente la encrucijada en la que se encuentra la sociedad actual. Llegados a este punto de desarrollo, existen evidencias científicas suficientes para afirmar que hay que elegir: o perpetuamos la especie o nuestro modelo de desarrollo. Parece obvio que la primera opción es la que se impone.

El planteamiento puede parecer excesivo. Los datos que lo avalan también lo son. Todos coinciden en señalar la actividad humana como la principal causante de un cambio climático que ya está en marcha y que, de no contenerse, puede poner en serios apuros la comodidad de nuestra estancia en el planeta Tierra.

El modo en el que nos desplazamos, producimos, cultivamos, alimentamos, consumimos, organizamos y hasta relacionamos tiene un coste tal para los recursos naturales que, de seguir el ritmo actual, conduce a un futuro poco esperanzador. En suma, no es sostenible en el tiempo; está limitado por sus consecuencias.

Todas estas acciones provocan un efecto muy específico en su ámbito, pero a la vez comparten uno, el más letal: la emisión de gases a la atmósfera que provocan el famoso efecto invernadero; esto es, el incremento de la temperatura dentro de la bóveda de protección que hace posible la vida en la Tierra.

Ellos (en especial el CO2) están directamente relacionados con ese vuelco que al que se encamina el clima. Pero para reducirlos hay que renunciar de forma drástica y urgente el consumo de combustibles fósiles, el alimento fundamental del crecimiento económico en la actualidad.

Un cambio en marcha

Este calentamiento es un hecho constatado y avanza sin freno. Ahora bien, afortunadamente hay salvedad. Si se actúa a tiempo y se cambia en algo el modelo, se podría contener la tendencia e impedir que el calentamiento alcance cotas catastróficas. Ante esta realidad solo cabe una pregunta sensata. ¿Qué margen hay para ello? Apenas una década; el plazo se estableció en 2030.

De aquí nace la Agenda 2030 y sus objetivos de sostenibilidad. ¿Pero qué sucede en esta fecha para que haya sido señalada por Naciones Unidas? Según las estimaciones iniciales del grupo de científicos dedicado a observar este fenómeno (conocidos como el panel del IPCC), de seguir como hasta ahora, 2030 sería el año en el que el planeta podría alcanzar el incremento 'asumible' de 1,5º en la temperatura global.

Esta predicción se hizo hace años, pero la situación no ha cambiado tan drásticamente como se necesitaría. Así, los expertos avisan ahora que, aunque se tomaran decisiones muy ambiciosas sobre los recortes en la emisión de gases, se podría aspirar a limitar este calentamiento a los 2º de subida. El proceso de calentamiento global está en marcha y sigue su ritmo.

Así, entre 1,5º y 2º se sitúa la horquilla de lo admisible y para ello habría que llegar a las 'cero emisiones' en 2050. De lo contrario, en 60 años la temperatura media global sería de 4 grados más. De hacerlo, si ponemos como ejemplo nuestro Mediterráneo, según el último informe de IPCC, habría más de un mes completo de olas de calor al año y casi cien días de sequía de media. El clima se expresaría en extremos: de lluvias torrenciales que desplazarían a pueblos enteros, a veranos tan tórridos que se cobrarían vidas y propagarían los incendios. Sin olvidarnos de la subida del nivel del mar, que en 2100 podría alcanzar un metro. ¿Podemos permitirnos llegar a estos escenarios?

Futuros posibles

Cierto es que estos son los más pesimistas y pueden parecer lejanos; pero las señales de lo que se avecina ya son palpables para profesionales pegados a la tierra: cocineros con menos variedad de especies disponibles como materia prima; veterinarios que ven plagas nuevas y más resistentes; agricultores adaptando sus plantaciones a los cambios de temperatura y haciendo frente a los fenómenos extremos; ganaderos que ven cómo escasean los pastos; biólogos que ven cómo los árboles se desplazan en busca de más bajas y aves que ya no emigran a lugares más cálidos porque ya están en él…

Los signos son muchos; razones hay de sobra para actuar. Los objetivos de sostenibilidad (ODS) marcados por la ONU constituyen la hoja de ruta que hace posible el cambio. Son 17 y conciben la nueva era como un todo en el que todo está interconectado. Para alcanzar un futuro más limpio éste debe ser justo; para que sea saludable debe ser inclusivo; para que sea igualitario debe ser solidario…

Por ello, la sostenibilidad como base para construir un futuro mejor tiene que ver con limar las diferencias de género en las empresas y las instituciones, pero también de iniciativas para erradicar la pobreza y llevar la educación a todos los rincones; consiste en idear cómo limitar la contaminación de los océanos, pero también de apoyar políticas que primen el bienestar de los ciudadanos; de promover una cadena de producción que no contamine, pero también de apelar a una ciudadanía consciente de las consecuencias de su forma de consumir.

Como no puede ser de otra forma, lo sostenible, esto es, crecer sin comprometer el futuro del planeta, está en el discurso de las administraciones y las empresas, pero también en sus planes de acción. Es el turno de que el mensaje cale en el ciudadano para que la transformación sean global.