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¿Por qué unos se pierden siempre y otros nunca?

¿Por qué unos se pierden siempre y otros nunca?

La capacidad de orientarnos es una tarea compleja que fascina a los científicos y que la tecnología ha permitido estudiar en más profundidad

Carlos Benito

Miércoles, 3 de julio 2024, 23:03

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En realidad todo el mundo se ha perdido alguna vez, pero esta verdad general abarca dos experiencias extremas. Hay gente que no se pierde prácticamente nunca: los vemos caminar con seguridad por ciudades extrañas, por complejas redes de metro que no conocen, por senderos campestres que no parecen conducir a ningún sitio y al final llegan a su destino con puntualidad y sin desvíos, como si su mente hubiese seguido todo el tiempo unos inequívocos raíles de tren. Y hay gente que se pierde con una frecuencia preocupante, que da la vuelta a una esquina y ya ha olvidado el camino de regreso, que se equivoca de itinerario en su propio barrio, que para avanzar de A a B recorre antes todo el abecedario. Y lo peor, claro, es que esos dos perfiles conviven a menudo en una misma familia y se contemplan con extrañeza, incapaces de entenderse el uno al otro.

A los científicos siempre les ha interesado mucho la orientación y su reverso oscuro, la desorientación, porque es un rasgo que nos diferencia de los animales (a peor:a algunos habría que vernos migrando por los aires o por los océanos, a ver dónde acabábamos) y pone en juego complejas funciones cerebrales. De hecho, el descubrimiento de las células de lugar y las células de red, dos tipos de neuronas implicadas en el funcionamiento de nuestro GPS mental, valió a sus autores un Nobel compartido en 2014. Los últimos años han alentado las investigaciones en este campo, ya que la tecnología permite seguir con precisión los itinerarios de las personas y también someterlas a pruebas virtuales, igual que antes se soltaba a ratas por enrevesadas redes de pasillos. He aquí algunas conclusiones sobre por qué a algunos una línea recta les parece un laberinto y a otros les ocurre todo lo contrario.

Acostumbrados a la cuadrícula. Como ocurre en tantos otros atributos de nuestra personalidad, también en este influye en alguna medida la herencia que hemos recibido de nuestros padres, pero su peso resulta mucho menos relevante que nuestras experiencias y los lugares donde hemos crecido y donde residimos. Un estudio que contó con más de cuatro millones de participantes de todo el mundo, realizado a través de un videojuego diseñado para ello, comprobó que las personas que viven en el campo se orientan mejor que los urbanitas, pero también descubrió que el tipo de trazado de las calles influye: los habitantes de ciudades 'cuadriculadas' (Nueva York es un ejemplo emblemático, con sus cruces perpendiculares) se desenvuelven peor que los de entornos más caóticos, menos propensos al ángulo recto, como pueden ser muchos de nuestros cascos antiguos.

A no perderse también se aprende. Múltiples trabajos científicos lo sustentan. Los residentes de los países nórdicos obtienen mejor media en las pruebas, algo que podría deberse a la popularidad del 'orienteering', es decir, la orientación como práctica deportiva. Otro rasgo interesante y que rompe estereotipos es que, precisamente en esas sociedades con más igualdad entre sexos, la diferencia entre hombres y mujeres a la hora de orientarse prácticamente no existe, mientras que en las naciones más restrictivas con las mujeres, donde estas se mueven con menos autonomía, sí se detecta una brecha muy apreciable. La capacidad de construirse un mapa mental se localiza en el hipocampo cerebral, y un popular estudio con taxistas de Londres demostró que tienen más desarrollada esa área que quienes no dedican su jornada laboral a trazar y recorrer rutas. Tenemos, pues, la capacidad de aprender a orientarnos mejor, pero esto trae también una contrapartida negativa, la triste posibilidad de 'desaprender': confiarse siempre al GPS acaba acarreando un empeoramiento de nuestras facultades.

La personalidad y el estado de ánimo influyen. Lo que llamamos orientación abarca dos tareas principales que en realidad son muy distintas: una es crear el citado mapa mental, una representación abstracta de nuestro entorno y de nuestra ubicación en él, mientras que la otra consiste en reconocer un camino mediante la identificación de hitos significativos. Lógicamente, las personas con más tendencia a distraerse pueden flaquear en ambas tareas. «Es una espada de doble filo, porque también tiene sus ventajas, pero el caso es que no somos muy buenos en mantener nuestro pensamiento en el aquí y ahora, nuestra mente tiende a saltar de lugar en lugar y de tiempo en tiempo. Cuando tenemos esos lapsus, nos perdemos, y creo que eso es más frecuente en situaciones de emoción o estrés», ha explicado el neurocentífico británico-canadiense Colin Ellard. Al hacer un recorrido que no conocemos bien, conviene adquirir la rutina de detenerse de vez en cuando, echar la vista atrás y hacernos una 'fotografía mental' del tramo que acabamos de recorrer.

Cuando orientarse es imposible. Para algunas personas, orientarse es simplemente una tarea imposible: existe una condición denominada desorientación o agnosia topográfica, que consiste en la incapacidad de dar forma a esos necesarios mapas mentales. Suele producirse a consecuencia de algún daño cerebral, pero en raras ocasiones también se da en personas que no sufren ningún trastorno ni deterioro cognitivo, y en ese caso se identifica con las siglas DTD (por su nombre en inglés, Developmental Topographical Disorientation). «Los individuos afectados –explica el profesor Giuseppe Iaria, que fue quien describió este desorden– se pierden a diario, incluso en los entornos más familiares, como su barrio, el edificio donde han trabajado durante muchos años o, en casos extremos, su propia casa».

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