Canarias7
Emilio González Déniz

Bardinia

Vacaciones sí, pero con racionalidad

Agosto es el mes estrella de las vacaciones, en el que se concentra el mayor número de personas que hacen un alto en sus trabajos cotidianos. Esto es sin duda una conquista democrática porque se aplica a todas las personas que trabajan por cuenta ajena, ya que en su origen se podía tener un tiempo de descanso en el trabajo, pero sin salario, como le sigue ocurriendo injustamente a los autónomos, que si no trabajan no cobran. Si miramos hacia atrás, vemos que esos períodos de descanso han sido históricamente asunto de los ricos, y siempre se ha relacionado con el viaje, cambiar el lugar habitual de residencia por otros de condiciones climáticas distintas.

En la antigua Roma, las familias patricias tenían sus residencias de verano, bien en las frescas montañas de los Apeninos, en las costas del Adriático o del Tirreno, o junto a un lago arbolado, que servían de refugio estival lejos de las terribles canículas de Roma; en las sátiras se habla del calor romano comparándolo a la fragua de Vulcano o a las puertas del infierno, mientras Catulo nombraba entre su profundas reflexiones personales el buen aire del verano junto al lago Garda. También las religiones han influido en los períodos de descanso en el trabajo, aunque estos fueran de un día a la semana, como el Sabbat judío, los viernes del Islam o los domingos y fiestas del guardar del cristianismo, aunque esto a veces era solo teoría, porque ya se sabe que en las tareas domésticas, ganaderas, agrícolas o marineras no hay días de descanso.

«Las que ya son costumbre universal, las vacaciones tal y como hoy las entendemos son otro invento de los ingleses»

Como muchas cosas de las que ya son costumbre universal, las vacaciones tal y como hoy las entendemos son otro invento de los ingleses, que en el dominio del Imperio Británico fueron imponiendo sus ritmos por todo el planeta. Los más viejos recuerdan que la semana laboral “inglesa” se nombraba como una utopía. Y claro, junto a las vacaciones inventaron a la vez el turismo, aunque al principio era solo para los más adinerados. Se impuso la costumbre de que, los varones anglosajones veinteañeros realizaran un viaje que podía durar incluso varios años, recorrían los países mediterráneos, especialmente Italia, adonde acudían para rememorar el esplendor del imperio de los Césares y la nostalgia del Renacimiento; vivían una experiencia mundana, se les permitían dislates que hoy serían delito y que se justificaban por la juventud, antes de volver a la Rubia Albión para sentar la cabeza y seguir las rígidas tradiciones familiares y sociales; a las ricas herederas también se les organizaban estancias en la Florencia de los Médicis o en la Verona y la Venecia en las que Shakespeare situó algunas de sus obras, acompañadas por una dama madura que hacía de carabina para guardar el fuerte. A este viaje iniciático lo llamaron “Tour”, que es el origen de la palabra “Turismo”. Así que el turismo y las vacaciones nacieron muy relacionados.

Curiosamente, el establecimiento de vacaciones pagadas surge por primera vez en la Alemania nazi y la Italia fascista. Es obvio que estas prácticas tenían objetivos políticos para conseguir, si no el apoyo, cuando menos que se mirase para otro lado mientras ellos cometían las mayores atrocidades. Cuando acabó la Segunda Guerra Mundial, las vacaciones y los viajes dejaron de ser selectivos y se convirtieron en una industria gracias al turismo de masas, que ha pasado por distintas fases, unas para mejorar y otras no tanto, pero ese es otro debate para especialistas. Desde que Brigitte Bardot apareció en las pantallas en bikini para dar la imagen de la piel bronceada que tanto predicó Coco Chanel desde los años veinte, el turismo no solo no es cosa de unos pocos, sino una actividad económica que en el caso canario resulta vital para nuestra supervivencia.

«No entiendo que servicios públicos fundamentales estén parados o en ralentí durante el verano»

Lo que sí resulta molesto y hasta irritante es que se concentren las vacaciones en un solo mes, en el que gran parte de la actividad casi se paraliza (y a veces sin casi). Hasta las cadenas de radio y televisión quitan de sus parrillas programas de interés, ponen la vela chica y se dedican a repetir contenidos o a hacer refritos. Es una falta de respeto a la gente; hay millones de personas que no se mueven de su casa, porque no todo el mundo puede viajar, y los que se mueven no lo hacen durante todo el tiempo veraniego. Y encima ningunean y hasta ofenden a la audiencia al mostrar imágenes de personajes viviendo viajes y vacaciones de ensueño. Y no queda más remedio que aplazar muchas cosas para septiembre, porque en agosto hay cierre aunque la vida siga. Supongo que podría hacerse de otra manera, escalonar el merecido descanso y no dejar a las sociedades en un estado en el que solo funcionan los servicios que tienen que ver con el turismo, y a veces hasta esos cierran, todo un contrasentido.

No entiendo que servicios públicos fundamentales estén parados o en ralentí durante el verano. Y menos aun que los dirigentes se esfumen en agosto. Es alarmante, porque las instituciones tendrían que dar ejemplo de solvencia durante todo el año. El mundo no se detiene. Lo mismo que un policía, una doctora o un bombero tienen sus descansos pero no cesa el servicio, no es lógico que los gobiernos desaparezcan o que echen el cerrojo el Congreso, algunas instancias jurídicas y vaya usted a saber qué más, porque solo nos enteramos cuando nos topamos con que hay que esperar a septiembre para resolver algo que suele ser urgente. En verano solo la fiesta está de guardia. Descanso sí, vacaciones también, turismo cómo no, pero con lógica y racionalidad.