Felip Ariza

Un verano sin dolencias: ni otitis, ni quemaduras solares, ni hongos...

Varios expertos nos aconsejan cómo prevenir y tratar las diez patologías más comunes de la época estival

Elena Martín López
ELENA MARTÍN LÓPEZ Madrid

Con la llegada del verano a uno se le llena la cabeza de planes. Bañarse en la playa, jugar en la piscina, broncearse, hacer turismo, leer, dormir, comer… cualquier cosa, excepto una visita a Urgencias. Sin embargo, la época estival trae consigo una serie de riesgos a los que uno puede enfrentarse fácilmente si no se protege de forma adecuada.

Hablamos de la otitis, las picaduras de insectos o animales marinos, las quemaduras solares, las bajadas de tensión, los golpes de calor, la cistitis, las intoxicaciones alimentarias, la deshidratación o los papilomas plantares. Dolencias que, en la mayoría de los casos, se pueden prevenir, pero ¿cómo? Varios expertos nos revelan sus consejos con el fin de que ninguna de estas patologías consiga aguarnos el verano.

Bajada de tensión

Durante los meses de verano, el riesgo de sufrir una bajada de tensión (hipotensión) –situación que se produce cuando el cerebro y otras partes del cuerpo no reciben suficiente sangre– aumenta. Se debe, principalmente, a la combinación de las altas temperaturas con determinados comportamientos (mayor consumo de alcohol, comidas copiosas, levantarse muy rápido cuando uno está sentado o tumbado en la piscina o la playa, deshidratación por sudar en exceso o no ingerir suficiente agua...).

Para prevenirla, lo ideal es beber agua con frecuencia, evitar las horas de mayor calor y consumir la mínima cantidad de alcohol posible. La sal es otro aliado para subir la tensión, pero se debe consumir con precaución. Si comienzan a aparecer señales como palidez, náuseas o mareo, desde la Cruz Roja recomiendan: «Tumbar al afectado en un lugar a la sombra y elevar sus piernas en 45º para favorecer la oxigenación cerebral. Si está en condiciones de ingerir, se le puede dar agua, una bebida azucarada o un caramelo. Si no se estabiliza, habrá que acudir al médico lo antes posible».

Quemaduras solares

El riesgo de exponerse a los rayos del sol son las quemaduras pues, si se repiten con frecuencia en las mismas zonas corporales, aumentan las probabilidades de desarrollar cáncer de piel. Especial cuidado tienen que tener, en este caso, las personas de tez muy clara y aquellas con muchos lunares.

Las quemaduras solares son consecuencia de que la luz ultravioleta exceda la capacidad de la melanina para proteger la piel. Por ello, «es importante resguardarse del sol mediante cremas solares y métodos de barrera (sombreros, gafas de sol…), sobre todo en las horas centrales del día», advierte Laura Quintas, miembro del Grupo de Urgencias y Emergencias de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG). Cristina Ferrero, especialista del Área de Salud de la Cruz Roja, añade que «la crema solar debe aplicarse al menos 30 minutos antes de exponernos al sol y renovarla frecuentemente, como después del baño». Otras recomendaciones son: exponerse al sol progresivamente y secarse bien al salir del agua para evitar que las gotas actúen de lupa.

Picaduras de avispas, medusas, mosquitos...

Las picaduras de insectos se pueden intentar prevenir con sprays repelentes de mosquitos. «Los cuidados básicos de una picadura consisten en retirar el aguijón, si todavía está presente (por ejemplo, si nos pica una avispa), lavar la herida con agua y jabón y aplicar hielo para evitar la inflamación. En algunos casos muy sintomáticos, será necesario la administración de corticoides tópicos, antihistamínicos y analgésicos orales. Si la persona es alérgica al insecto, habrá que acudir a Urgencias, pues puede sufrir una reacción anafiláctica», orienta la especialista de la Cruz Roja.

Si nos pica una medusa, la reacción en la piel causará dolor, quemazón y enrojecimiento. «Para aliviarla, lave la zona con suero fisiológico o, en su defecto, con agua salada (nunca con agua dulce ni orina); retire los restos adheridos a la piel con unas pinzas o doble guante; aplique frío local durante 10-15 minutos y, en caso de no mejorar o notar síntomas más intensos, acuda al puesto de socorro o a un centro de salud», señala Concha Flores, miembro del Grupo de Trabajo de Urgencias y Emergencias de la Sociedad Española de la SEMG.

Golpe de calor o insolación

«El calor lleva al organismo a intentar regular nuestra temperatura corporal mediante la sudoración y la vasodilatación de las venas, pero hay personas con más dificultad para conseguirlo, como las que tienen enfermedades crónicas, los ancianos, los menores de cuatro años, los discapacitados o las personas dependientes», explica Ferrero. Los síntomas más comunes son: mareos, calambres, dolor de cabeza, falta de apetito, temperatura corporal elevada (fiebre), piel seca y enrojecida (pero no sudorosa), fatiga, pérdida del conocimiento y pulso acelerado.

Su prevención es sencilla: «Beber agua con frecuencia, no abusar de bebidas con cafeína, alcohol o azúcar, realizar comidas ligeras, permanecer en lugares frescos y a la sombra, evitar la actividad física en las horas más calurosas del día (entre las 11-18 horas) y usar ropa transpirable y accesorios como sombrero o gorra», enumera. Dentro de casa, Ferrero sugiere «bajar las persianas en los momentos de más calor y abrir las ventanas en las horas frescas del día». Si viajamos: «ventilar bien el vehículo y beber agua en abundancia».

Otitis externa

«Se desarrolla al mantener un ambiente húmedo en el conducto auditivo y se manifiesta por picor/dolor referido al oído, que aumenta al presionar la oreja», señala Juan Jurado Moreno, responsable del Grupo de Trabajo de Dermatología de la SEMG. Para prevenirla, recomienda «usar gorros o tapones estancos y 'vaciar' el contenido de agua del conducto auditivo inclinando la cabeza, nunca con bastoncillos». Su tratamiento habitual son los antibióticos y los fármacos tópicos.

Conjuntivitis

«Cursa con enrojecimiento e irritación de los ojos, pues se hacen más visibles los vasos sanguíneos al inflamarse la conjuntiva, así como aumento del lagrimeo. Se debe al contacto de los ojos con aguas no tratadas (ríos, lagos o playas), así como con el cloro de las piscinas u otros agentes externos (arena, polen...)», detalla Javier Araiz, director científico del Instituto Clínico Quirúrgico de Oftalmología. La prevención pasa por usar gafas de bucear y quitarse las lentillas al entrar al agua. Si los síntomas no desaparecen en dos días, recomienda «acudir al médico para que nos recete un colirio o un antibiótico, no automedicarse».

Intoxicación alimentaria

Son más frecuentes en verano porque, con el calor, los alimentos se deterioran antes. Las principales complicaciones, por ejemplo, de la salmonelosis –intoxicación provocada por una bacteria que contamina los huevos o productos derivados de estos–, son la deshidratación y la gastroenteritis (diarreas, dolores estomacales, náuseas...). Ante un episodio así, la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) destaca la importancia de rehidratarse. «Tome suero comprado o un preparado alcalino casero con un litro de agua, 1/2 cucharadita de sal y 1/2 de bicarbonato sódico, dos cucharadas de azúcar y el zumo de un limón», sugiere. «Si el afectado es una persona de riesgo (menores, ancianos...) y pasadas 12 horas no mejora, vaya al médico. Cuando cesen los vómitos, realice una dieta blanda y astringente (arroz, patata cocida, caldos…). Si lo tolera, introduzca otros alimentos paulatinamente».

La prevención, por su parte, pasa por lavarse las manos antes de manipular la comida; refrigerar las sobras cuanto antes; usar cubiertos limpios al servir y, si se viaja a un lugar donde el agua no ofrece garantías, tomarla embotellada y sin hielo.

Cistitis

Suele estar causada por la bacteria Escherichia coli (E. coli), que se encuentra en el intestino grueso de forma natural, y que puede alcanzar la vejiga por diversas circunstancias. Entre ellas: la humedad, el frío, la falta de higiene e hidratación o mantener el bañador mojado durante mucho tiempo.

Según datos del Centro de Información de la Cistitis, esta infección representa el 90% de todas las infecciones urinarias en la mujer. Sus síntomas más frecuentes son: picor y escozor al orinar, deseo de micción frecuente y, en ocasiones, con escaso volumen de orina o sensación de no vaciar completamente la vejiga.

Para prevenirla, lo ideal es cambiar de bañador después del baño, utilizar ropa interior de algodón, evitar prendas ajustadas, lavarnos con jabones neutros, limpiarnos de delante hacia atrás –el 80% de las bacterias que provocan infecciones urinarias provienen de las heces–, ingerir, al menos, un litro y medio de agua al día y orinar cada dos o tres horas y, especialmente, antes y después de haber mantenido relaciones sexuales.

Hongos (papilomas plantares, pie de atleta...)

Una de las patologías provocada por hongos es el llamado 'pie de atleta', infección que afecta a los espacios entre dedos de los pies y se manifiesta en forma de erupción roja escamosa. «Suele producirse por andar descalzos en suelos húmedos y contaminados, lo que origina una maceración con inflamación y formación de grietas dolorosas», explica el doctor Jurado, de la SEMG. El tratamiento más común son las cremas o polvos antibióticos.

«Otra infección recurrente son las verrugas comunes víricas, también conocidas como papilomas plantares, lesiones que se adquieren por andar descalzos, muy duraderas y molestas», añade. Son muy comunes en la población infantil, cuyas capas de piel son más finas, y aparecen más en verano, momento en el que se suma el calor con la humedad, un ambiente ideal para estos virus. No obstante, las heridas, la fatiga o la falta de higiene también pueden ser el origen de este problema. La mayoría de los papilomas plantares desaparecen por sí solos (puede tardar más de un año), pero si son muy molestos se pueden tratar con soluciones con ácido salicílico, aplicadores de ácido fórmico o la cirugía.

Deshidratación

Es una de las causas más frecuentes de hospitalización de personas mayores de 65 años, y más aún en verano, cuando el calor provoca una mayor sudoración. Uno de los motivos es que «el envejecimiento supone una pérdida progresiva de la sensación de sed», explica Ferrero, la especialista de la Cruz Roja. «De ahí la importancia de beber agua con frecuencia (6-8 vasos al día), incluso aunque no tengamos ganas». De lo contrario, sufriremos síntomas como: boca seca o pegajosa, fatiga o debilidad, irritabilidad, mareos o vahídos, náuseas, vómitos, dolor de cabeza, estreñimiento o sequedad de la piel, entre otros.

Otra forma de consumir agua es aprovechar las frutas y verduras ricas en este líquido, como la sandía, el melón, el pepino, las fresas, las frambuesas o el apio. Lo ideal es comerlas crudas, porque al cocinarlas pierden parte del agua que contienen. Otra alternativa son las ensaladas y las sopas. En cambio, «conviene evitar las bebidas azucaradas, alcohólicas o con cafeína», dice Ferrero, quien destaca que «otros colectivos vulnerables de sufrir deshidratación son los menores de 4 años y las personas con enfermedades crónicas».