Un viaje de mar y montaña

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24/11/2019

Muchos de los viajeros que visitan Gran Canaria siguen creyendo en el cliché de que lo mejor que pueden hacer es tumbarse en la hamaca de un todo incluido con un cóctel en la mano, pero la isla tiene mucho más que ofrecer y el turismo, por fin, está empezando a darse cuenta.

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La jornada comienza la noche anterior. Las lluvias del invierno empiezan a camuflar con brotes verdes y las hojas caducas del otoño el horror del incendio que sufrió la Cumbre grancanaria este verano. Es allí, en lo más alto de la isla, donde se puede apreciar uno de los cielos con mejor calidad del mundo. De la mano de Astroeduca, los misterios del cosmos se van esclareciendo tanto para los expertos como para los menos duchos, emocionados al mirar por primera vez estrellas tan brillantes como Sirius a través del telescopio o la estela de hasta cuatro fugaces en solo dos horas.

De vuelta a la capital, y poco después del amanecer, ya se está en el mar. Justo en la zona de La Puntilla, en la playa de Las Canteras, toca extender la esterilla para desentumecer el cuerpo con una sesión de yoga. La monitora va dando las pautas para «saludar al sol», encender una «vela» o mecerse en una «cuna» mientras se escucha a las olas chocar contra las rocas. Terminada la sesión, ahora sí, toca bañarse.

Conocer los productos locales y hablar con sus gentes ayuda a aproximarse a su idiosincrasia

La costa ofrece tantas posibilidades que quedarse tumbado en la arena resulta la menos atractiva de todas. En la ciudad, la barra protege a la playa de las corrientes, lo que permite disfrutar con amigos o en familia de actividades tan diversas como el surf, el kayak o el snorkel y descubrir algunas de las más de mil especies que viven en nuestros fondos marinos. Tras el baño, un café a media mañana en alguna de las terrazas del paseo que se extiende hasta 3km es siempre buena opción.

A mediodía se dejan atrás las tres montañas de La Isleta para ir aumentando la altitud hacia la Caldera de Bandama, restos del último volcán activo de la isla y zona vitivinícola. Fue allí, de hecho, donde el comerciante Daniel Van Damme plantó las primeras parras grancanarias, y en el trayecto se pueden observar algunas de las bodegas más antiguas, como la de San Juan del Bocanal. Muchos expertos consideran que el vino canario está dotado de una calidad especial, fruto de la cosecha de un tipo de uva poco común y el suelo volcánico.

Un viaje de mar y montaña

La Caldera es, también, un sitio perfecto para realizar rutas de senderismo –en las que se pueden encontrar antiguas cuevas y plantas autóctonas– o para jugar al golf, ya que al lado, se emplaza el que fue el primer campo de toda España.

De camino, de nuevo, a la Cumbre, queda atrás el barrio de La Atalaya, en Santa Brígida, antigua zona locera donde las alfareras (la mayoría eran mujeres) confeccionaba la loza con una técnica manual, sin torno, levantando las piezas a base de churros de barro.

Al llegar a la Cruz de Tejeda aprieta el hambre, y un buen rancho canario ofrecido por Yolanda en El Refugio servirá para entrar en calor. Y si no, lo hará el chupito de ronmiel después del postre. En general, conocer los productos locales y hablar con sus gentes ayuda a aproximarse a su idiosincrasia.

La siguiente parada, el mirador de Degollada Becerra. A pesar del viento frío, el cielo está despejado y se aprecia el Teide a lo lejos, justo detrás del Roque Nublo, uno de los principales emblemas paisajísticos de la isla. Hasta el peñón suben numerosas personas cada día, pero solo los más hábiles disfrutan de la estampa perfecta: Tenerife, bañada por el mar de nubes, al atardecer.

Si se quiere, aún queda tiempo para hacer alguna actividad de aventura antes de emprender el sendero, organizadas desde el campamento El Garañón (rapel, escalada, tiro con arco...). Pero, una vez puesto el sol, toca descansar, y no podría haber mejor forma que con una buena copa de vino en algún establecimiento local, sea de costa o montaña, como preliminar del disfrute de la oferta de ocio nocturno. Eso sí, con denominación de origen, claro.

Un viaje de mar y montaña
El Turismo Activo, un sector en auge

En general, España se encuentra en un momento de crecimiento como consecuencia del aumento de visitantes que buscan experiencias de aventura y de ocio, y las islas no se quedan atrás. Existen 226 empresas que realizan actividades de turismo activo solo en Gran Canaria, y el 22% de las que la visitan practican alguna actividad en la naturaleza, según señaló el consejero de Turismo, Carlos Álamo, esta semana en el Congreso Nacional de Turismo Activo, organizado por Activa Canarias con el impulso del Patronato de Turismo. Según los últimos datos, este sector dejó en el Archipiélago unos 1.410 millones de euros en ingresos, un 10,2% de la facturación turística total.

El perfil de quienes buscan este tipo de actividades son, en su mayoría, de origen alemán y británico, que buscan un entretenimiento activo y vinculado a la actividad física, aunque también mueve a muchos canarios y peninsulares vinculados a la cantidad de pruebas deportivas (carreras de montaña, competiciones de surf, vela, golf, etc.) que han convertido a Gran Canaria en una perfecta cancha al aire libre. En todo caso, se trata de un tipo de visitante que beneficia a las islas en tanto que es más rentable, con una estancia superior a la media, una capacidad adquisitiva media-alta y un gasto por persona superior al del turista habitual.

Uno de los retos del sector, amén de afianzar el mercado, es enganchar al público joven, consciente de la importancia de cuidar el medioambiente y empaparse de otras culturas. Todo ello, claro, sin repetir los modelos de desarrollo turístico del sur.

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