Opinión

Los afectos

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Existe una esclavitud de la tecnología. Si al final de la jornada uno piensa la cantidad de horas que ha prestado al móvil, ordenador, tableta y televisor es para preocuparse. Es verdad que estos instrumentos son casi imprescindibles hoy por hoy y que buena parte del ocio pasa por ellos. Pero nos impiden ver y disfrutar de otras cosas, más allá del cansancio que asimismo generan y que solo nos recuperamos al dormir. A este ritmo llegará un momento en el que quedarse media hora sin hacer nada y mirar al horizonte sentado en un parque se convertirá en un acto revolucionario. Se habla mucho de la democratización de Internet, creo que es una falacia. Google tiene un poder inmenso. Y hasta se especula sobre la influencia en la Red de Rusia en los últimos comicios presidenciales estadounidenses a favor de Donald Trump. Pero no hace falta ir tan lejos; ya con la cantidad de tiempo que las plataformas tecnológicas nos quitan de otros menesteres que hacíamos en la era anterior a la digitalización es, cuando menos, para reflexionar. Convendría acotar las cosas.

«Dicho en plata, el mejor regalo es pasar tiempo (de calidad) con tus hijos»

Ahora que comienza el curso escolar hay padres que se preocupan en ahorrar o, peor aún, pedir un crédito personal para comprar un ordenador portátil al chico o chica que, a lo mejor, ni es adolescente. Los progenitores se excusan o se autoconvencen que hacen el sacrificio para que el hijo pueda hacer sus deberes y estudiar mejor aunque, en realidad, lo más probable es que lo use para seguir jugando. En vez de inquietarse tanto en poner al pupilo a la última en tecnología podrían mejor ayudarles con las tareas o acompañarles al colegio en las idas y venidas.

Hay padres que para quitarse responsabilidades de encima cada tarde dejan al salir de clase a sus hijos en el sofá del salón pegados al televisor una, dos o tres horas para entretenerlos y no den la lata. Esa es la laguna que hay que cubrir y no tanto regalarle el último teléfono móvil con el que se han encaprichado porque lo han visto en un anuncio u otro compañero de clase lo ha exhibido en el recreo. Dicho en plata, el mejor regalo es pasar tiempo (de calidad) con tus hijos. Lo demás son subterfugios o formas de enmascarar otros intereses más mundanales. Hay padres (suelen ser más ellos que las madres) que para redimir su sentimiento de culpa por su ausencia cuando ven a sus hijos tiran de tarjeta de crédito y aparecen con regalos que mitiguen su no presencia. En el fondo, no sirve de nada pues con el tiempo el hijo se hará grande, tendrá criterio y actuará con sus progenitores en correspondencia a cómo lo trataron. Todas estas premisas son clásicos que nada tienen que ver con los avances de la tecnología. Y es que la sociedad o los modelos de familia podrán cambiar, y seguramente debe ser así, pero otra cosa son los vínculos, las emociones y las relaciones de confianza entre padres e hijos que obedecen a tesis naturales. Y lo saben: antes o después los afectos se ordenan por acción o por omisión.