Canarias7
Vicente Llorca

Ultramar

El archipiélago nómada

José L. González-Ruano es un antropólogo ambiental que lleva décadas indagando en el imaginario de los pueblos insulares y ofreciéndonos también viajes literarios que se adentran en la cultura de las orillas. Habla, en suma, de nosotros, insulares, y de la tierra que habitamos, islas. Trata, con loable empeño, de intentar cambiar esa mentalidad de los canarios que, como dijera César Manrique, «se caracteriza por no haber entendido nunca donde están viviendo y lo que tienen».

Recientemente se ha publicado El archipiélago nómada (Ed. Azulia), una nueva entrega literaria de José L. González Ruano, «un viaje geopoético», dice él, buscando islas y a quienes las han buscado para evitar, ojalá lo logremos, ser islas a la deriva por el océano.

«Cada isla amplía el horizonte y, a menudo, es un lugar del que nada sabemos»

Es un libro de viajes, sugerente, original, profundo. Mucho más que el tradicional relato de pasajes, vivencias y paisajes. Es un encuentro y un tránsito entre el espacio por el que viajamos, su historia y nosotros, insulares siempre.

Este viaje «libre y salvaje por las islas Canarias», como lo subtitula González-Ruano, te permite conocer de verdad Canarias, desde Alegranza, la primera isla fuera del continente europeo que vio Humboldt, hasta Orchilla, el antiguo fin del mundo, con el afán de evitar el olvido. Y lo logra, en ese andar por toda nuestra geografía insular, con las palabras, que a fin de cuentas son las que impiden que desaparezcan las imágenes, son las que las mantienen encendidas y nos invitan a avanzar y avanzar en la aventura de conocer este archipiélago, sabedores de que cada isla amplia el horizonte y, a menudo, es un lugar del que nada sabemos.

Este último libro de José L. González-Ruano es buena literatura y también un manual sobre la condición de insulares, esa tan marcada por el mar, omnipresente, que intriga, que es la prolongación del camino, pero también último recurso. Puerta de entrada y de marcha, disculpa para el aislamiento pero siempre promesa de travesía, porque, en última instancia, para los insulares el horizonte es una llamada, así lo contemplemos desde la cumbre o desde la playa, «una liberación para el isleño, un espacio sin límites, el lugar donde anima cada día la belleza de su memoria».

Esta obra es un tránsito de isla en isla conociendo las islas que hay dentro de cada una de ellas, observando la desmesura estética que derrochan estos peñascos volcánicos, historias que nos definen y también oportunidades perdidas. Es, en resumidas cuentas, una invitación a no sucumbir a la vulgaridad cotidiana, realizada con muchísima belleza, profunda reflexión y arte en la palabra.